Guardianes de la verdad Areíto

A doña Cristina Roque de Despradel

Irrumpir en ‘La periferia de la historia’. Autobiografía de Carmen Elisa Despradel Imbert

Cristina Roque de Despradel

Cristina Roque de Despradel

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CHIQUI VICIOSO

Cuando una mujer decide escribir su historia, su autobiografía, es una celebración, una fiesta. Y lo es, porque ha logrado romper el cinturón de castidad de los viejos tabúes masculinos que se disfrazan de “pudor”. Un “pudor” que obligó a muchas mujeres a escribir con seudónimos masculinos, o permanecer silentes, como inteligentes observadoras de la realidad circundante, o mudas copartícipes en los grandes eventos de la humanidad, su país o familia.

Esas mujeres son prototipos de absoluta inteligencia, algo que les permitió sobrevivir aún en las más peligrosas de las contradicciones. Nuestro país esta lleno de ellas. Fueron las esposas e hijas de los altos funcionarios del trujillato, modelos de discreción, gracia y extrema astucia.

Cito como ejemplo a Doña Cristina Roque de Despradel, miembro de una familia opositora al régimen famosa por sus tres hermanas educadoras, fundadoras del Colegio Santa Teresita, que acogió solidariamente a los hijos e hijas de los opositores al régimen. Minetta Roque, de las tres la más reconocida, no tuvo tiempo para escribir sus memorias, pero es venerada por la intelectualidad que ayudó a formar y que supo sortear su oposición a Trujillo y no morir en el intento.

Toda mujer que logra escribir su verdad, su autobiografía, es una fiesta y es lo que sentimos cuando leímos “En la Periferia de la Historia”, de Carmen Elisa Despradel Imbert, pionera de la televisión puertorriqueña, quien a sus 94 años decidió narrar su vida, plagada de hechos extraordinarios que nunca fueron periféricos, y al hacerlo, contar a su vez el origen y desarrollo de la televisión boricua.

En su autobiografía, Carmen Elisa narra tres experiencias durante su infancia santiaguera, que la marcaron para toda la vida. Ser testigo de la exhibición del cadáver de Enrique Blanco, temprano opositor de Trujillo, a quien desfilaron por toda la ciudad como advertencia. Carmen retrata a su abuela, otra dominicana excepcional, cuando para consolarla le pide que no se entristezca, que en el hospital “lo van a remendar”.

La matanza de los haitianos, que asumió ingenuamente como simple traslado a la frontera, mientras su abuela repartía café con leche y pan a los ancianos y niños haitianos, acarreados en las guaguas, que luego se enteró fueron asesinados a palos y cuchilladas en el Masacre, para “no malgastar balas”.

Y el asesinato gradual de la familia Perozo, particularmente del último hijo, a quien conocía desde niño, que la dictadura esperó que cumpliera 18 años para exhibirlo camino al cementerio, por el pueblo y luego fusilarlo.

No todo es tragedia en estas memorias. Está también el retrato de las tradiciones santiagueras, las fiestas familiares, el rol de los colegios en la formación de las “señoritas de sociedad” y las prácticas de cortejo.

Puerto Rico es el Edén donde esa muchacha curiosa e inquieta que sigue siendo Carmen Elisa, florece. Allí gracias a la compositora Sylvia Rexach, entra a la naciente TV borinqueña y se convierte en la gran dama dominicana de la TV boricua.

En esta sección de la autobiografía comienza el desfile de figuras preponderantes de la TV hermana, que a nosotros demandaría una investigación. De los nombres citados reconocimos a los jovencísimos Walter Mercado, Rita Moreno y Chayanne, así como el relato de su paso por la bohemia y las tertulias literarias, con figuras como Niílita Ventós. adversaria de Julia de Burgos hasta su muerte, Curioso que Carmen la presente como alguien que no hablaba como escribía. Una faceta interesante.

Es en este período donde Carmen Elisa conoce a Rómulo Betancourt, con quien establece una estrecha amistad y a otras figuras importantes de la historia dominicana, entre ellos su primo Segundo Imbert, con quien almorzaba los domingos, a quien recomendó no creer en la oferta de Trujillo de regresar, algo que le costaría la vida.

Carmen Elisa narra que un día se apersonó a su casa una figura impresionante frente a la cual su madre reacciono casi con temor. Se trataba del general Alfredo Victoria, connotado sicario del régimen de Trujillo caído en desgracia. Su madre le otorgó asilo por una semana que luego se extendió a siete meses, durante los cuales Carmen pudo atisbar en el alma de ese hombre atormentado por sus crímenes, que le enseño matemáticas.

Y, es en ese período donde Carmen evoluciona de la periferia al protagonismo histórico, ya que ella y su esposo, Henry Paredes, fueron quienes agenciaron el avión para el regreso al país de don Juan Bosch, a quien acompañaron. La delegación llegó a Santo Domingo en plena Guerra de Abril, a riesgo de ser ametrallados al aterrizar, acción que refleja su valentía y determinación, algo más, mucho más, que la mera observación periférica de los hechos.

“En la Periferia de la Historia” es un libro rico en anécdotas costumbristas, sobre las prácticas sociales provinciales y su condicionamiento femenina. También es rico en historias sobre Trujillo y su círculo más cercano, ya que su padre, Arturo Despradel Pennel, era canciller de la república.

Dice Carmen Elisa que “mi familia paterna encumbró a Trujillo en el poder, pero mi familia materna lo ajustició”. Entre esas dos contradicciones Carmen Elisa supo navegar y sobrevivir para contarlo.

Ojalá que esta autobiografía estimule a las mujeres que aún no se atreven a contar sus historias, a arriesgarse.

Hoy conocemos a Anna Frank por su diario, y a través de ella, los horrores de la vida cotidiana bajo el nazismo. Conocemos a Simone de Beauvoir y su lucha por ser ella misma con su “Lo quiero todo de la vida”. Nos asomamos al África de una aristócrata danesa, Isaak Dinesen, en Out of África, o África Mía; a la Praga de Milena, la amante de Kafka, a través de sus memorias; a la Inglaterra victoriana de Jane Austen; al destino de las esposas de literatos brillantes, como Octavio Paz, en las memorias de Elena Garro; a la biografía de otro Puerto Rico con “Cuando era puertorriqueña y casi una mujer”, de Esmeralda Santiago; al terrible rostro de México, en los testimonios de Elena Poniatowska; y las peripecias del poder político en USA, con la autobiografía de Michel Obama.

Porque las autobiografías, como la de Carmen Elisa Despradel Imbert, son el mejor retrato de la época en que se gestaron, una mirada de mujer a la Historia.

Sobre el autor

Chiqui Vicioso

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