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Galíndez: Novela histórica que explica sus artificios (3/4)

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“Los grandes relatos”, escribe Jean Ricardou en Problèmes du nouveau roman, “se reconocen por el hecho de que la ficción que ellos proponen no es otra cosa que la dramatización de su propio funcionamiento” Seuil, 1967, p.178). Toda obra literaria explica sus mecanismos sin recurrir a referencias extraliterarias. En Galíndez, de Vázquez Montalbán (Editora Taller, 1990, 346p.), abundan las explicaciones textuales.

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Muriel Colbert, al justificar el interés de su investigación y rechazar la proposición del profesor Norman Radcliffe —presionado por la “Compañía”— para que la abandonara, le hace entender su identificación con el personaje que investiga y, además, da la clave de todo el texto: “Ya no sería una tesis, un ensayo o un trabajo científico, sino una novela y no estoy en esa labor” (p.74). La historia de sus averiguaciones, La ética de la resistencia, sin embargo sería pues, según podemos colegir, la novela. Tesis universitaria que saca a Galíndez del olvido, contrariamente a lo que dice Radcliffe en su carta, “en España y en el país vasco, Galíndez es un perfecto desconocido” (p.71). Esa es la función de la escritura: actualizar e igualmente generar otra investigación, la de la Compañía —la CIA— y que convierte tanto a Muriel como Radcliffe en “sospechosos”.

Como en toda investigación “objetiva”, Galíndez es visto de diferentes ángulos. No se puede tener una imagen definida del individuo, como explica Muriel a Ricardo: “En la película se cuenta un mismo hecho mediante distintas apreciaciones de diferentes testigos y el espectador ha de hacer el esfuerzo de elegir una de las versiones o ir reuniendo elementos de una y de otra. A mí me ocurre con Galíndez” (pp.85-86). Es exactamente lo mismo que resulta cuando terminamos la lectura de la novela: no se tiene una opinión única, determinada, del personaje. Se tiene una versión “histórica” de su tragedia.

Podríamos resaltar numerosas explicaciones textuales, simples guiños. La palabra Novela es frecuente. Tanto por Muriel como por el narrador que se empecina en recordar que se trata de una novela: “Estás sorprendida porque los hechos pueden resumirse, de la misma manera que el argumento de cualquier novela cabe en quince líneas y eso en las novelas que tienen argumento” (p.286). Como si la investigación fuera la novela. Ella reaviva el relato de la tragedia de Galíndez y al mismo tiempo la historia de esa investigación, La ética de la resistencia, como he dicho, es la escritura que condena a muerte.

Las explicaciones del texto en Galíndez aparecen hasta en la lengua misma. Algunas palabras tienen necesidad de explicaciones a causa de la regionalización del vocabulario de la lengua española. Especie de meta-lenguaje. Las palabras dominicanas, como “chalina”, por ejemplo, son explicadas al lector; y “zascandil” que, a juzgar por la insistencia del narrador, parecería en desuso.

Ni el vocabulario ni el ritmo del español de los personajes dominicanos, sin excepción, corresponden a los de los dominicanos. Ese es un handicap si la lectura se hace desde el punto de vista dominicano. Esa no es la lengua de Trujillo, por ejemplo. La utilización de la segunda persona del plural no es empleada ni siquiera en América Latina. La introducción de palabras locales en el vocabulario de esos personajes, a pesar del enorme esfuerzo del organizador del texto por imitar el habla dominicana, es insuficiente.

Sin embargo, el narrador, consciente de esa limitación, se preocupa por su texto y la hace manifiesta: “Le hacía falta nuestro propio vocabulario. Ello me trajo a la memoria ese maravilloso libro que escribiera don Ramón Emilio Jiménez, El Lenguaje dominicano” (p.231).

Para el lector dominicano, Galíndez navega entre la ficción y la historia. Los personajes tanto ficticios como reales interactúan naturalmente y pertenecen a la misma “historia”.

Quien conozca la historia contemporánea de la República Dominicana no vacilaría en clasificar de histórico el thriller Galíndez de Vásquez Montalbán. Particularmente porque muchos de los personajes figuran con sus nombres reales. La interacción entre personales reales y ficticios permite al narrador el efecto de realidad que busca toda historia novelada: los personajes reales sólo figuran cuando la historia los necesita.

Trujillo, ser desarrollado como personaje, aparece durante el “juicio” a Galíndez. Fue quien ordenó el secuestro. Presencia necesaria para que la “historia” sea verosímil.

De Galíndez no tenemos una visión única. Muriel Colbert se da cuenta de que cada personaje tiene su versión de Galíndez: “y te encuentras con todos los Galíndez posibles: el duro ejecutor de la República, el zascandil de Ayala, el noble patriota de los exiliados vascos, el hombre secreto y lúcido de Emilio González, el súper agente taimado del libro de Unanúe, este chevalier servant que te ha descrito Lucy Silfa y probablemente Jesús era todos estos posibles tipos y ninguno de ellos” (p.274). El personaje que da el título a la novela ha devenido también, por mitificación de sus coetáneos: un un personaje de ficción.

Si ese lector eventual no conoce la historia dominicana de los últimos 75 años, con excepción de Trujillo y del mismo Galíndez, los demás personajes no superan los límites de la ficción. Las referencias históricas detalladas dan otra dimensión a la lectura. Vázquez Montalbán, en tanto organizador del texto, evita muy sutilmente que los personajes reales, al apoderarse de su ficción, la transformen en una crónica criminal.

Lo que precede puede ser ilustrado por los personajes José Israel y Lourdes Cuello. Actuantes, como lo entiende Vladimir Propp. Su función en la novela permite el avance del relato. Es José Israel Cuello quien proporciona a Muriel la preciosa documentación histórica sobre el caso Galíndez; es esa pareja la que proporciona a la investigadora una idea de la nueva sociedad y del mundo intelectual y cultural dominicanos; también quienes podrían proporcionar informaciones a Ricardo sobre la desaparición de Muriel Colbert para dejar abierta la novela. Y, al mismo tiempo, esos personajes reales crean la ambigüedad propia de las novelas llamadas históricas: que el lector no sea capaz de discernir entre la “Historia” y la ficción. Y viceversa.

Sobre el autor

Guillermo Piña Contreras