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Guerrilla 1J4 e impacto asesinato de Kennedy

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El presidente John F. Kennedy asumió su cargo en los Estados Unidos el 20 de enero de 1961 durante la denominada “Guerra Fría”, cuya repercusión belicista se manifestó en los procesos de descolonización y las guerras de liberación nacional del tercer mundo. En efecto, salvo la cuestión de Berlín, los principales conflictos en ese momento se encontraban en Laos, Cuba y el Congo. Poco antes, el 6 de enero de 1961, el líder soviético Nikita Khrushchev pronunció un discurso sobre las “guerras de liberación nacional [que] comienzan como levantamientos de los colonizados contra sus opresores y se convierten en guerras de guerrillas”. El 8 de diciembre de 1961, a Kennedy le presentaron un informe final titulado “Elementos de una estrategia estadounidense frente a las guerras de liberación nacional”, en el que se sugiere “hacer arreglos institucionales para asegurar una atención continua al problema [de las guerras de liberación] en los niveles más altos de gobierno”.

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Basado en ese informe, Kennedy firmó “la Directiva 124 del NSAM en enero de 1962, estableciendo un alto comité coordinador bajo el nombre de Grupo Especial (Contrainsurgencia)”. Dicho comité adoptó un “enfoque más integrado de la lucha contra la subversión, combinando acciones represivas de carácter militar o de seguridad y medidas más constructivas de carácter político, económico o social”. Este grupo estuvo presidido por el general Maxwell Taylor e incluía a representantes del Consejo de Seguridad Nacional, la CIA, el Departamento de Defensa, el Departamento de Estado, la Agencia de Información (USIA) y la Agencia Internacional de Desarrollo (AID). También participó Robert Kennedy, hermano del presidente, lo que evidencia la importancia y prioridad política que dicha administración proporcionó al tema. Su propósito consistió en coordinar la respuesta de Estados Unidos ante las insurrecciones subversivas en el mundo buscando generar conciencia dentro del gobierno federal y garantizar recursos para implementar programas interinstitucionales que previnieran y neutralizaran estos movimientos.

A los fines de reforzar el Grupo Especial, se designó al funcionario del Departamento de Estado, Charles Maechling Jr., para redactar un documento estratégico titulado “Política de Defensa Interna en el Exterior” (OIDP), el cual fue asumido como la doctrina oficial de la contrainsurgencia, marcando una ruptura con la línea implementada por el Pentágono y una parte de la CIA, luego del fiasco de Bahía de Cochinos. En el documento se establecieron cuatro fases para revertir la llamada “amenaza insurreccional”: “evaluación de la situación, adopción de medidas de emergencia, represión militar-policial, y finalmente reformas estructurales para resolver las causas profundas de la insurrección”. Ciertamente, esta estrategia generaba un dilema en torno a cómo lograr que gobiernos aliados pero soberanos aplicaran fielmente un programa diseñado por Washington. Esta tensión se manifestó claramente durante el gobierno de Juan Bosch, cuando Estados Unidos enfrentó los límites prácticos de su nueva doctrina pues al líder del PRD no lograron subordinarlo.

La tensión entre el departamento de Estado y el Pentágono aparece retratada meridianamente en el documento que justifica porque “El 14 de Junio debe irse a las montañas” elaborado antes de la muerte de Kennedy por Rafael “Pipe” Faxas, quien durante la etapa clandestina, según el Dr. Roberto Cassá, fuera “la persona de mayor desarrollo político en la organización”. Para Pipe “los golpes y contragolpes, elecciones y nuevamente golpes en América Latina” se explicaban por las contradicciones en el imperialismo norteamericano entre “el Pentágono y el Departamento de Estado, uno apoyando los golpes de Estado y manejando los militares y el otro propiciando las democracias representativas, la alianza para el progreso, el CIDE, etc”. Desde su perspectiva, el avance “de las cincuenta y tantas nuevas repúblicas y los movimientos de Liberación Nacional” así como “el fortalecimiento de un país socialista en pleno continente, faro y ejemplo para nuestros países” fue lo que llevó al “imperialismo a adoptar nuevas tácticas políticas”.

A su juicio, “Bosch era el mejor representante de la nueva democracia representativa en América Latina. Quizás el único hombre que podría retrasar el proceso revolucionario en Santo Domingo. Pero nuestra rancia oligarquía y las Fuerzas Armadas no comprendieron sus sutiles métodos anticomunistas. El Pentágono tampoco y esto bastó para materializar el golpe del 25 de septiembre”. Coincidiendo con Maechling Jr., cuyo documento “subraya la importancia de la acción indirecta, para que el mayor esfuerzo antisubversivo recayera sobre el propio gobierno local, mientras EE. UU. brindaría apoyo y asesoramiento” a los fines de evitar “el descrédito del intervencionismo estadounidense y la imagen de imperialismo, a diferencia de lo sucedido con las experiencias de las antiguas potencias coloniales europeas”, Pipe nos sorprende al señalarnos con una claridad meridiana que “analizando el momento desde el punto de vista político-militar podemos señalar que podemos ser bloqueados, y lo estamos desde el tiranicidio, ello no implicaría un desembarco de marines”.

Ese último dato es revelador porque permite comprender la valoración adecuada que tenían los catorcistas sobre la realidad geopolítica, adelantándose en el análisis a los factores que provocaron la invasión de 1965, argumentando antes de la desaparición de Kennedy, que el despliegue de tropas yanquis no se produciría en el país “por dos razones la primera una situación internacional y la segunda un desembarco aglutinaría al pueblo en una lucha contra un invasor extranjero lo cual precipitaría la lucha”. No obstante, la realidad cambió. En el libro Partisanos y centuriones; una historia de la guerra irregular en el siglo XX, Élie Tenenbaum nos explica el impacto del magnicidio ya que “con la repentina muerte de Kennedy el 22 de noviembre de 1963, la dinámica presidencial de empoderamiento de la guerra irregular también se desvaneció. Esto permitió a las instituciones volver a un enfoque mucho más convencional”, ya que ese hecho trágico marcó “la sentencia de muerte para este cosmopolitismo estratégico desarrollado lejos de los conflictos, en la comodidad de bibliotecas y salas de conferencias”.

A partir de ahí, arrancó una contraofensiva global por parte del Pentágono que tomó a Santo Domingo y al 1J4 en particular, como uno de sus principales puntos de mira. En ese sentido, el asesinato de Kennedy constituyó un pilar fundamental en la victoria de las fuerzas represivas (apoyadas por el imperialismo) contra el 14 de junio. Dice Fidelio Despradel en sus Memorias que, en su último encuentro con Polo Rodríguez en la UASD, este le mostró sus “aprehensiones en relación con la acción que estábamos emprendiendo. Le preocupaba el asesinato del presidente Kennedy y la posibilidad de que el gobierno norteamericano le diera todo su apoyo al débil gobierno del Triunvirato. En boca de Polo, que era el más lúcido y radical miembro de aquel equipo de hombres que acompañábamos a Manolo en la dirección del 14 de Junio, aquellas palabras eran sintomáticas”. De igual forma, Roberto Cassá señaló que “las dudas de Tavárez Justo se reforzaron con motivo del asesinato del presidente norteamericano John F Kennedy ya que auguraba que en lo inmediato los golpistas dispondrían de mayor capacidad de maniobra”, tal como sucedió en diciembre de 1963.

Sobre el autor

Amaurys Pérez Vargas

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