Arquitectura
Hermann Broch: arquitectura, acción y conocimiento
Hermann Broch (1886-1951) es considerado uno de los más grandes escritores alemanes, nominado al Premio Nobel en 1950

FÁBRICA DE TURBINAS AES–PETER BRHRENS–BERLIN 1909.
Hermann Broch (1886-1951) es considerado uno de los más grandes escritores alemanes, nominado al Premio Nobel en 1950. Nació en Viena en el seno de una familia judía de industriales, continuó con el negocio familiar durante gran parte de su juventud, a los cuarenta años se dedicó a la literatura, la filosofía y el estudio de las matemáticas. Tras la ocupación de Austria por los nazis emigró a Estados Unidos. Entre sus obras más importantes recordamos la trilogía Los sonámbulos (1931-32), la Muerte de Virgilio (1945), Los inculpables (1950). Paralelamente a sus obras de literatura, escribió una notable producción de ensayos. Uno de los ensayos más interesante es “Erkennen und Handeln-Essays”, Zurich, 1955.
La lectura de este escrito en mis tiempos de estudiante de Estética y Filosofía en Venecia me impactó. El análisis de Broch a su época vista con una reflexión sobre el estilo de la arquitectura de su tiempo, nos pone a reflexionar sobra la arquitectura de nuestro tiempo.
Broch es un atento crítico de los fenómenos de la modernidad y en particular del totalitarismo político que viene visto por él, como instrumento final de una decadencia que no logra imponer el propio sello, el propio estilo. A partir de este horizonte problemático que arrastra la modernidad, Broch articula su actividad de escritor y de atento intérprete del modernisno. En el ensayo “Erkennen und Handeln Essays”, Broch plantea desde el principio una crítica radical a la arquitectura funcional como no-estilo de una edad del horror. Broch después de sufrir, según sus pensamientos, la modernidad y su política, acepta el exilio y se convierte al catolicismo, más tarde desarrolla los aspectos más profundos y místicos de sus ideas.
Entremos en los pensamientos de Hermann Broch:
Quizás el horror de la época es más claro y evidente en su arquitectura. Cada vez que me toca pasear por las calles, regreso a casa con un terrible cansancio, no necesito ni siquiera observar las fachadas de las casas, esas me disturban hasta sin mirarlas. Muchas veces corro a refugiarme en algún edificio moderno indicado como interesante. Pienso que el edificio gótico de los Almacenes Comerciales Werrheim en Berlín de Alfred Messel (1853-1909) (que es seguramente un buen arquitecto), ese edificio tiene para mi algo de cómicamente irritante y pesante. Mi fastidio es tanto que no me complacen ni siquiera los edificios neoclásicos, si bien yo amo muchísimo la generosa claridad de la arquitectura de Friedrich Schinkel (1781-1841).
Estoy convencido que en ninguna época precedente el hombre haya probado un tal sentido de náusea y de repugnancia frente a las formas arquitectónicas y que este privilegio haya sido reservado a nuestra época. Durante el periodo Neoclásico, construir fue una actividad natural, y quizás las nuevas construcciones ni se notaban, como no se nota necesariamente un árbol apenas plantado y aun cuando se notara se tenía una sensación de algo bueno y adherente a la naturaleza. Goethe saludaba con este espíritu las nuevas construcciones de su época. No hablo con sentimentalismo ni recuerdo con nostalgia las épocas pasadas.
No, detrás de la náusea y el cansancio está la convicción que nada es más importante para una época que su estilo, y sobre todo su estilo arquitectónico. Una época se puede definir tal sólo cuando presenta un estilo propio.
Ninguno podrá negar que la nueva arquitectura (escribe Broch), sea por el nuevo material (cemento), sea por la incapacidad de sus creadores, se distingue radicalmente de aquella del pasado, la nueva arquitectura, ha perdido o mejor dicho ha negado conscientemente (y forzadamente) un factor que encontramos en los estilos anteriores: la ornamentación. Sin dudas que esta ausencia de la ornamentación puede ser considerada y celebrada en cierta manera como una mejoría y podríamos decir que construimos en modo correspondiente al material que nos permite evitar todo accesorio ornamental. Sin embargo, en el Gótico y otros periodos, ¿no construyen adecuando sus técnicas y expresiones arquitectónicas al material que utilizaban? Quien considera la ornamentación un accesorio no tiene las ideas claras sobre la lógica interna de aquello se llama construcción.
Con la nueva arquitectura, las formas ornamentales no se pueden obtener eclécticamente ni menos inventar artificialmente sin caer en el grotesco de muchas obras del modernismo de Van der Velde.
Al final lo que queda es una profunda inquietud que acompaña la conciencia que el actual estilo (que no es un estilo) represente solo una advertencia, una especie de índice revelador de la condición de la época, un misterioso síntoma al No-Espíritu de esta No-Época. Solo verlo y pensarlo me cansa, quisiera no abandonar nunca mi habitación.
Broch dá una importancia fundamental y espiritual al estilo arquitectónico de una época, la arquitectura, dice Broch, supera la poesía, la ciencia y hasta la religión. Lo que perdura por siglos es la obra figurativa que es testimonio de la época y de su estilo. No se trata solo de duración material. El estilo arquitectónico no solo tiene que ver con la arquitectura o las artes figurativas, es algo que penetra igualmente todas las expresiones de la vida de una época. La mala arquitectura me mantiene encerrado en casa con la angustia que se siente “delante del nada”, porque todo lo que hacemos, lo hacemos para anular, para superar el tiempo y esta manera de superar el tiempo se llama espacio. Hasta la música que se mueve únicamente en el tiempo, logra transformar el tiempo en espacio. Podemos decir sin grandes riesgos, que los pensamientos se desarrollan en la dimensión espacial, que el proceso de pensar no es otra cosa que una combinación de espacios lógicos poli-dimensionales y complejos. Si esta teoría es justa, se necesita atribuir a todas las manifestaciones que se refieren al espacio, una importancia y una perceptibilidad que no puede atribuirse a ninguna otra actividad humana.
Broch analiza cómo un hombre común percibe el arte y el estilo arquitectónico, por ejemplo, habla de un hombre que se ocupa de tejidos y afines, el análisis de Broch es si es posible que este hombre común pueda sensibilizarse con el estilo de los Almacenes Comerciales Werrheim en Berlín del arquitecto Alfred Messel o de la Fábrica de Turbinas AES de Peter Behrens de 1909 en Berlín. Seguramente el hombre común preferiría una villa bien decorada y cargada de ornamentación. Para Broch, en su época existió una separación neta entre el hombre común y los artistas, Broch sostiene que en épocas anteriores existía mayor comprensión y conocimiento.
En fin, Broch en estos escritos dos de las preocupaciones más importantes del filósofo y novelista austríaco son el fenecimiento de la cultura occidental y la crisis de los valores propia de nuestro tiempo, crisis que se debe a la pérdida de contacto con lo trascendente
Este ensayo de Hermann Broch de 1955 nos deja un momento de reflexión sobre la situación actual de la arquitectura, pensando en la metáfora de Broch del paseo por la ciudad nos impresionamos de la transformación negativa que esta sufre cada día. Zonas residenciales, algunas concebidas como ciudad jardín vienen modificadas radicalmente y transformadas en cortinas verticales de cemento, donde muchos vivimos en aparta-mentos, quiere decir apartados de los viejos jardines y la ciudad.