Literatura
Homenaje a Franklin Mieses Burgos: una teoría de la literatura particular
Todo texto literario es una teoría implícita de la literatura. Un poema, un cuento, una novela, una pieza de teatro...

Todo texto literario es una teoría implícita de la literatura. Un poema, un cuento, una novela, una pieza de teatro...
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Franklin Mieses Burgos era, sin temor a exagerar, un conversador fascinante. Infatigable. Hablaba de la Poesía Sorprendida durante horas como si el tiempo se hubiera detenido en la época gloriosa en que los poetas que se agrupaban en torno a la revista La Poesía Sorprendida (1943-1947), burlaban la censura de la dictadura evocando al hombre universal, así como cuando, en los inicios del gobierno de Trujillo, junto a Héctor Incháustegui Cabral, Manuel Llanes, Juan Bosch y Manuel del Cabral se reunían en casa de Rafael Américo Henríquez. A esas tertulias espontáneas, por la importancia que tomaron luego sus asistentes en la literatura dominicana, se les considera, sin razón, un grupo literario. En realidad, el nombre le viene de Fabio Fiallo que había bautizado la habitación de Puchungo Henríquez, como llamaban sus amigos al poeta Rafael A. Henríquez, “la Cueva”. Todo porque Henríquez dormía de día y salía de noche. Como las culebras.
En casa de Franklin Mieses Burgos la historia literaria dominicana de mediados del siglo XX era contada de viva voz. Así como su teoría de la literatura explícita pasaba a través de sus conversaciones y anécdotas. Para él la literatura —en particular la poesía— era el motor de la Historia.
En efecto, sostenía, sin el más mínimo escarnio, que la Guerra Civil española, por ejemplo, tenía sus orígenes en una antología poética publicada durante los años de la República española. Un poeta excluido despertó el ánimo del conservatismo español, y Franco, como los moros, invadió a España y sucedió lo que todos conocemos. Esa era una imagen que no debía tomarse al pie de la letra, pero que le servía para mostrar el poder de la poesía.
Durante los meses de la Revolución de abril de 1965, según el poeta, su casa fue el escenario de importantes reuniones políticas del Estado-mayor revolucionario, y de los diplomáticos de la OEA en vista de un “arreglo” pacífico. Era poeta. Había permanecido en su residencia de la Espaillat 52 durante los meses del conflicto bélico. Lo buscaban y se reunían en la “Casa de la Poesía”, porque el Estado tiene necesidad del poema.
Todo texto literario es una teoría implícita de la literatura. Un poema, un cuento, una novela, una pieza de teatro, etc. son al mismo tiempo una teoría, por lo general implícita, de lo que ellos representan. A saber, cada uno de esos “géneros” literarios. En Mieses Burgos su teoría literaria explícita se encontraba en sus conversaciones y anécdotas.
Para dar una idea del conocimiento del sentido de las palabras, contaba que una tarde Rafael Américo Henríquez preguntó a Pedro Henríquez Ureña la acepción de una palabra. Henríquez Ureña no respondió enseguida y, en un diccionario que tenía a su lado, buscó y les leyó a los presentes los diferentes significados del vocablo. Una eminencia como Henríquez Ureña, insistía Mieses Burgos, buscaba en el diccionario para hacer comprender a los compañeros de Rafael Américo Henríquez, que hay que consultar el diccionario. De la misma manera repetía, casi como una consigna, a todos los que le visitaban: “Picasso antes de desdibujar, dibujaba perfectamente”. A buen entendedor...
Distinguía la poesía “buena” de la poesía “bonita”. Era una manera de no herir susceptibilidades. Estaba al alcance de todos los que escribían versos. Tenía la costumbre de pasearse por la calle de El Conde todas las tardes. Sus paseos se veían interrumpidos por muchos “poetas de adentro”, de esos que escriben con las tripas. Los leía porque era sobre todo generoso, y les decía que sus versos eran bonitos, luego precisaba a sus colegas literatos, que él había dicho “bonitos, no buenos”.
Hace un tiempo leía un ensayo sobre Alexandre Dumas en Les superchéries littéraires dévoilées de Joseph Quérard. El título mismo de ese trabajo anuncia su objeto. Se trata de demostrar que toda la obra de Dumas es una superchería, un enorme plagio. Esa acusación es exagerada y casi personal. Quérard no había comprendido el sentido de la reescritura en el autor de El Conde de Montecristo, quien repetía con frecuencia: “El hombre de genio no roba, conquista”.
Si hago mención de Dumas es porque Mieses Burgos repetía con frecuencia esa frase. Lo hacía porque había comprendido que la literatura es una eterna conquista, o si se quiere, una eterna reescritura. Verbigracia su poema “Las dos rosas”.
Por lo general, sus reflexiones, si se toman en primer grado, pueden parecer ligeras, pero en realidad son más profundas de lo que parecen. En una ocasión nos explicaba que si algunos versos de Rubén Darío y de Amado Nervo se parecían no era porque uno hubiera plagiado al otro, sino porque leían los mismos libros y pertenecían a la misma época. En una palabra, tenían la misma cultura. Esa observación no estaba desprovista de sentido. Todo lo contrario.
Lamentablemente nunca pudimos grabar sus conversaciones. Recuerdo que le propuse que utilizáramos una grabadora para la entrevista que figura en Doce en la literatura dominicana, pero no aceptó. Responder por escrito. La magia de la oralidad desapareció. El extraordinario humor de su personalidad.
En la conferencia en que de Manuel Rueda, febrero de 1974, presentó las bases teóricas de la poesía pluralista. La explicación del pluralema Con el tambor de las islas, naturalmente, impresionó la asistencia. En medio de las discusiones que siguieron a la conferencia sobre el pluralismo, Mieses Burgos, que había seguido de cerca la carrera artística de Rueda, con la mayor seriedad dijo: “¡Manolo, lo bueno de tu pluralema es que nos salvamos de los declamadores!”. Ocurrencia que no carecía sin embargo cierta lógica: en efecto, planteaba un problema a los declamadores; no se trata únicamente del énfasis y el ritmo de la lectura del poema que pusieran, sino también de cuál verso del pluralema escogería.
Hay quienes dicen que Mieses Burgos se quedó en la Poesía Sorprendida. Es cierto. Para él esa debía ser la poesía. No tenía por qué negarla. ¿Acaso dejó André Bretón de ser surrealista?