Imperio norteamericano, militares República Dominicana y el MR-1J4

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La semana pasada indicamos que en los relatos historiográficos dominicanos se suele subestimar el rol estadounidense en la contención armada y socioeconómica de cualquier proyecto revolucionario en esta media isla. Se recuerda que el 7 de junio de 1961, a los pocos días de llevarse a cabo el ajusticiamiento de Trujillo, el presidente John F. Kennedy celebró una reunión en su oficina en donde señaló que había tres posibilidades en orden descendente de preferencia para el país: a) Un régimen democrático decente; b) Una continuación del régimen de Trujillo c) Un régimen Castrista. De acuerdo con sus criterios, se debía “apuntar hacia el primero, pero realmente no podemos renunciar al segundo hasta que estemos seguros de que podemos evitar el tercero”.
Esta política seguida por el presidente Kennedy se vio fuertemente reforzada tras la crisis de los misiles en octubre de 1962, la cual radicalizó la estrategia hemisférica de seguridad y contrainsurgencia de los Estados Unidos en la región, cuya administración estaba tajantemente decidida a no permitir el establecimiento de otra Cuba en el continente. Esa determinación de contener la llamada «subversión cubana» llevó a Washington a “duplicar su ayuda militar a América Latina, de 60 millones de dólares a 130 millones de dólares anuales entre 1962 y 1965”. La base del Comando Sur en Panamá “se convirtió entonces en uno de los principales lugares de difusión de la nueva doctrina contrainsurgente” siendo la famosa Escuela de las Américas, a partir de 1963, la sede en donde “más de 20.000 oficiales latinoamericanos fueron entrenados en la guerra contrasubversiva”.
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En el documental titulado Bosch: presidente en la frontera imperial, del laureado cineasta René Fortunato, se destaca la participación del mayor general Miguel Atila Luna, jefe de la Fuerza Aérea Dominicana entre otros oficiales dominicanos en los entrenamientos que recibieron las fuerzas armadas latinoamericanas en doctrinas contrainsurgentes. A partir del gráfico que señala el mapa por países sobre la asistencia militar de Estados Unidos en América Latina se establece que un total 124,820 efectivos fueron entrenados por Estados Unidos durante el período 1950–1998. Esto nos da una idea de la importancia que los norteamericanos le asignaron a la República Dominicana a principios de los años 60, en cuya etapa tuvimos que haber sobresalido entre los primeros países de la región.
En lo concerniente al financiamiento de los cuerpos policiales locales en tareas de vigilancia y represión, no fueron pocos los oficiales latinoamericanos que viajaron a la Academia Interamericana de Policía en Fort Davis, en la zona del canal, coordinada por la Oficina de Seguridad Pública (OPS), para formarse “en métodos de policía, inteligencia e interrogatorio que se harían tristemente célebres en los años siguientes”. Si miramos las experiencias guerrilleras en América Latina, constatamos que, salvo el caso cubano que tomó por sorpresa a los propios norteamericanos, ningún otro proyecto revolucionario triunfó en aquella década y ciertamente no fue por falta de coraje, organización o apoyo popular, sino por una combinación de factores en los que resalta la superioridad numérica, tecnológica y logística de los ejércitos nacionales, así como la injerencia norteamericana en favor de las fuerzas represivas locales.
Sobre esa superioridad militar, tal como sucedió con la guerrilla del 1j4, en América Latina se llevaron a cabo verdaderas campañas de exterminio de focos guerrilleros sustentadas en técnicas de inteligencia, infiltración y guerra psicológica transmitidas por los Estados Unidos en sus manuales y escuelas militares. Por el 1J4, siguiendo los datos ofrecidos por Raúl Pérez Peña sabemos que cerca de 200 personas, divididas entre 114 guerrilleros y 85 colaboradores estuvieron “involucrados en el soporte a los frentes armados”. Por el otro lado, de acuerdo con una estimación especial de inteligencia nacional elaborada por el Departamento de Estado en Washington, el 17 de enero de 1964, tenemos que “la fuerza total de las fuerzas militares y de seguridad dominicanas era de 28,100”. Estos efectivos estaban distribuidos de la siguiente manera: “10,500 en el ejército, 1,700 en el centro de entrenamiento de las fuerzas armadas, 3,700 en la fuerza aérea, 3,100 en la marina y 9,100 en la policía nacional”.
El documento agrega que “las fuerzas de seguridad de la República Dominicana son considerablemente más capaces y están mejor equipadas de lo que suele ser el caso de un pequeño país latinoamericano”. Sin profundizar en los detalles, sobre la cantidad y el tipo de armas que empuñaron los catorcistas, lo mínimo que se puede decir es que estas fueron muy inferiores a las que poseían los militares por lo que salta a la vista la desigual correlación de fuerzas entre ambos bandos. En la próxima entrega abordaremos el significado de las palabras del presidente Bosch al Dr. Emilio Cordero Michel: “el golpe de Estado es contra ustedes”, pronunciadas en un contexto de guerra sucia continental que llevó a la persecución de movimientos y líderes revolucionarios.