Guardianes de la verdad Areíto
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Por JUAN CARLOS MESTRE

No hay otro lugar para la creencia y lo reflexivo del existir de la condición humana que la heredad ancestral de la imaginación, esa casa sin puertas donde los huéspedes del lenguaje entran y salen para renovar el encargo de sus vidas, el de hacerse cargo de la condición del otro como destino de su propia vida.

Todo poeta es una isla rodeada por el oído marino de otras islas. Esa asamblea de infancias de la tierra que dialogan con el espíritu del mundo, las promesas de salvación ante la futuridad del fracaso, la inmanencia de la idea de la muerte sobre todos los dones de la percepción que revelan en el vidente las correspondencias entre la belleza, la felicidad, el amor y la finitud.

José Mármol representa, literalmente, al poeta con el aura del vaticinador, el ser que hecho de lenguaje adivina la revelación de los signos previos al nombre de las cosas, el pensamiento identificatorio de la estima antes de hacerse cuerpo, la intuición del razonar filosófico previo al devenir del concepto.

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No otra ha sido la tarea de la poesía en las iluminaciones del mundo y la desvelación del gran misterio de la existencia. Todo en su obra es paráfrasis del alumbramiento, la salud de un bien que desciende sobre los abismos donde el imaginador construye la casa moral de las palabras.

Hay en esta poética de José Mármol, como en una interminable epifanía, una reveladora presencia de cuanto constituye la materia espiritual del texto poético, la unidad nunca escindida entre persona y vida, el sentido unísono de la voz interior y las dicciones de la exterioridad crítica, el paisaje único del paraíso perdido donde se funda la infancia del saber ontológico y el sabor nucleario del lugar de la memoria.

Sabe nuestro poeta, como escribió Roland Barthes -para quien la experiencia de amor no escapa a su relación con el lenguaje, de lo que podría deducirse que el amor, esa radical afinidad sin linde entre los seres no existe fuera del lenguaje-, que el discurso amoroso es hoy una extrema soledad, lo que arrastrado por su propia fuerza en la deriva de lo inactual no le queda más que ser el lugar, por exiguo que sea, de una afirmación; una tentativa, como afirmaba Octavio Paz, por recobrar nuestra mitad perdida; la isla dividida de José Mármol, aquel instante entre las especies del sentido, la primacía de lo sensible en que la vocal se arrulla y se cierran los labios y ya nada se dice ni ha quedado por decir.

De la figuración del cuerpo de la hermosura, entre los signos de la seda y el hierro, la delicadeza del azar y el sino de lo efimeral, bella palabra aunque esté en desuso, como la barcarola que entona el marinero sobre las aguas temporarias de cuanto fue suyo, fluye esta escritura con las sales del abismo y de la pérdida, los óxidos del activo del recuerdo como única recompensa del deseo, la perdurable plenitud de la más viviente nostalgia ante el vacío: el amor como la veraz semiótica de la naturaleza humana.

Es el amor reconciliando los tránsitos por la existencia frente a las ambigüedades del finalismo de la muerte, la empatía del erotismo conjurando el estrago, lo amatorio reconstruyendo el paraíso del cuerpo del lenguaje con las aceptaciones cómplices, mutuas, recíprocas, del habla. Y también el anhelo de cuanto inalcanzable, de cuanto indecible forma parte de las realidades del cuerpo dual de la escritura y la persona, esa aspiración del persigo una forma que no encuentra mi estilo que escribiera Rubén Darío, hecha aquí, sin idealizada expresión, sin sublimación alguna, objeto lingüístico y melódica sustancia de la paradójica materia intangible de lo poético. Ese lugar, este libro, profano, civil, sagrado, donde no hay dogmas ni preceptiva, sino la súbita presencia de una lejanía en la que se corporeiza la fugacidad de los días sembrados de relámpagos.

José Mármol es una voz imprescindible en la poesía de nuestro tiempo, un poeta arraigado en la anhelante patria de la lengua castellana en la que, de manera tan singular como brillante, funda la condición pasional de su ya amplia obra, nominaciones que amplían el horizonte de los significados de la literatura dominicana y por extensión también de la nuestra. No se trata solamente de la ventura de un inevitable don, el suyo como poeta y filósofo, sino de la integración en el discurso del eclecticismo de la modernidad crítica, el abordaje bajo nuevos parámetros de la función de las poéticas en la sociedad contemporánea, la resistencia que ofrece el poema ante las patologías sociológicas del consumo y la consecuente globalización de la desigualdad.

La poesía ha dicho nuestro poeta, es un ser siendo, para lúcidamente añadir: el poema, en cambio, es un hecho concreto de lengua y cultura, en cuya pluralidad de sentido y multivocidad se registran, y quedan trascendidos, el individuo creador, la sociedad, la lengua-cultura y la época que le vieron nacer.

Como un conjuro de amor, este libro, esta antología personal, Invitación al vuelo, extiende sus alas sobre la inevitable felicidad de quienes son reconocidos como iguales ante el rostro y la responsabilidad de su otro, ese principio humanista de hacerse cargo de los dañados por la tragedia, en tantas ocasiones estructural del mundo. En toda circunstancia es el grito del amor, su empatía con los violentados por la carencia bajo la intemperie de las estrellas, el que nos señala indubitablemente en sus poemas el camino de la ética, una ética de la acogida y la aceptación, la apología de la fraternidad, el elogio, en suma, del amor como cualidad absoluta y absolutoria de la condición humana.

Acaso no sea otra su consigna, acaso ningún otro su precepto, la intensidad del sentimiento amoroso como resolutiva anunciación de la bendición de las aguas sobre las heridas del cuerpo colectivo del mundo, las personas, la luz de sus sombras, el aire que respiran los amantes y que ya fue respirado por otros entre las multitudes del sueño y los desterrados de amor en las grandes asambleas del estrago. Amor y realidad: el dichoso azar de las realidades, el deseo, para decirlo con sus propias palabras, la insoportable inconsistencia de lo ardido.

Este es un libro en llamas, el tacto de un fuego que no dejará cenizas. Un libro que vuela hasta el lugar donde el amor también es juego, hielo caliente en la fiebre de los oxígenos morales de la mujer y del hombre.

No sé, no sé qué más que lo dicho con el titubeo de estas sílabas podría decir para saludarte con fervor, querido José Mármol; no soy lamentablemente un filólogo, no soy afortunadamente un crítico, sino un lector cómplice y amigo. Lo escribió Quiñones de Benavente allá por el siglo XVII, y lo repito yo ahora: Yo soy un hombre, señores, porque no puedo ser dos, yo soy un hombre, en efecto, válgame Dios quién soy yo.

No lo sé, hasta las palabras me desobedecen, tal vez un testigo al pie de la indecible belleza del amor, alguien ante la desnuda verdad de este libro, esta casa habitada por la ebriedad de la gracia, desbordante de vértigo, es decir el ruido sagrado de las criaturas y la lozanía del ángel, la reencarnación de la pitonisa en cada poema construido según la idea de un cuerpo. Asma es amor, repetía Gonzalo Rojas a cuesta con sus jadeos griegos cuesta arriba del Torreón del Renegado. Asma es amor, ciertamente, enfermedad sin cura para los impacientes del aire y las criaturas que viven como José Mármol en la invitación al vuelo. Poco placer encontrarán aquí los elegiacos, emboscados entre las taciturnas arrugas de la noche. Este es un libro solar, pletórico en lo matinal de la esperanza con la que se reinaugura cada día el fervor ante la contemplación del mundo. Poesía, poesía pura, qué sabré yo, Paul Valéry, sobre el gran juego de la naturaleza, poesía impura, por eso es sacra, como el pez de un dios inscrito sobre los mármoles o la conciencia de la oriunda de Lesbos en el hemisferio de los manglares.

No lo sé decir de otra manera, amigo José Mármol, el poeta es un buscador que ignora lo que encuentra. Es a otros a quienes corresponde abandonar su sombra y volver a habitar el paraíso perdido del cual fue desterrado y que él restituye y ofrece, ese paraíso que es lenguaje, acaso primera nostalgia del origen, del amor y la poesía.

Termino, lo haré con una certeza, permítanme esta sola y única certeza, el amor libera, el amor es el Gran Todo, lean este libro extraordinario, su palabra nueva, sus analogías y correspondencias con el esplendor y la tragedia de los giratorios amantes en las albas del mundo. Hay otro amanecer tras el amor de la escritura, aunque la alondra de Shakespeare ya cante en el granado y en la rama más alta de la noche anide en su inmortal silencio el ruiseñor de Keats. Lo solía repetir un hombre literalmente mágico, que publicó muchos de sus libros en esta misma casa, Rafael Pérez Estrada: Volar es el resultado de una intensa pasión, nunca de su práctica. ¿Entienden ustedes porque he hablado así de este poeta en el amor, poeta en vuelo, José Mármol?

Juan Carlos Mestre

Este texto fue leído íntegramente por su autor como presentación de la obra antológica de José Mármol, editada por Huerga & Fierro en 2023, como parte central del acto de puesta en circulación, efectuado en la librería Huerga & Fierro, en Madrid, el 19 de enero de 2024.

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