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Juana De Ibarbourou y su relación con la República Dominicana

La cultura, en ese momento, operó como un territorio de compensación simbólica

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En el libro “De Cestero a nuestros días. Cien años de relaciones diplomáticas entre la República Dominicana y la República Oriental del Uruguay” (Santo Domingo, 2025), del diplomático y académico dominicano Ramón Dionicio Ditrén Flores (1964), se rescata un episodio apenas registrado por la historiografía diplomática dominicana: el nombramiento de la poeta uruguaya Juana de Ibarbourou (1892–1979) como agregada cultural honoraria de la embajada dominicana en Uruguay, mediante el Decreto número 215, del Triunvirato de la República Dominicana, emitido en 1963.

Este acto, aparentemente menor, cobra una densidad significativa cuando se sitúa en el contexto político en que fue producido: los meses posteriores al derrocamiento del presidente constitucional Juan Bosch, ocurrido el 25 de septiembre de ese mismo año, y la instauración del gobierno colegiado encabezado por Emilio de los Santos, Ramón Tapia Espinal y Manuel E. Tavares Espaillat.

La cultura, en ese momento, operó como un territorio de compensación simbólica. Desprovisto de legitimidad democrática, el nuevo régimen necesitaba construir gestos que atenuaran su fragilidad política ante la comunidad internacional. La designación de una figura literaria de prestigio continental —reconocida como “Juana de América”, voz canónica de la poesía latinoamericana— puede leerse como una estrategia de diplomacia cultural orientada a suavizar la ruptura institucional y proyectar una imagen de continuidad civilizatoria. No se trataba de una misión política en sentido estricto, sino de una representación simbólica que apelaba a la autoridad moral de la cultura como espacio supranacional.

El contexto uruguayo reforzaba esta operación. Uruguay vivía aún bajo un sistema colegiado relativamente estable, heredero de una larga tradición institucional, aunque ya comenzaban a manifestarse tensiones económicas y sociales que desembocarían en la crisis de la década de 1970. En ese escenario, Juana de Ibarbourou representaba un emblema nacional, y no solo un puente cultural hacia el resto de América Latina. Asociar su nombre a una misión cultural dominicana suponía un intento de inserción simbólica en un espacio de legitimidad regional, apelando al prestigio de la literatura como capital diplomático.

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Este tipo de nombramientos honoríficos revela una concepción de la cultura como instrumento de política exterior blanda, en un momento en que Centroamérica y el Caribe eran observados con suspicacia por la inestabilidad política recurrente. El decreto no buscaba solamente efectos administrativos concretos, sino producir sentido: mostrar que, aun en medio del quiebre democrático, la República Dominicana se reconocía como parte activa del circuito cultural latinoamericano.

Uno de los aportes más reveladores del libro de Ditrén Flores es la reconstrucción de las redes intelectuales que sustentaron este gesto diplomático. La figura de Juana de Ibarbourou no aparece aislada, sino vinculada a interlocutores dominicanos de peso, en particular Joaquín Balaguer, con quien habría mantenido correspondencia durante años. Estas cartas, poco conocidas hasta ahora, revelan una relación basada en el intercambio literario, el comentario crítico y el reconocimiento mutuo, más allá de las diferencias ideológicas o de contexto.

En una de esas misivas, la poeta envía un poema para ser leído y comentado; la respuesta, minuciosa y analítica, confirma que no se trataba de una cortesía superficial, sino de un diálogo intelectual sostenido. Este dato resulta crucial para comprender el sentido profundo del nombramiento honorífico: no fue un acto improvisado ni puramente protocolar, sino la culminación de una relación previa entre campos culturales y políticos que se interceptaban en el espacio latinoamericano.

La figura de Ibarbourou, consagrada desde temprano como una de las grandes voces poéticas del continente, representaba una instancia de legitimación estética. Su nombre condensaba una tradición humanista, una sensibilidad lírica y una imagen de América Latina como espacio cultural compartido. Nombrarla agregada cultural honoraria de una embajada implicaba reconocer esa autoridad simbólica y, al mismo tiempo, apropiarse de ella como parte de una narrativa diplomática.

Este episodio invita a reflexionar sobre el papel de la cultura en la construcción de la imagen internacional de los Estados, especialmente en momentos de crisis interna. La literatura, lejos de ser un ornamento, actúa aquí como un dispositivo de mediación política. El gesto analizado por Ditrén Flores puede entenderse como un intento de “limpiar la imagen” de la nación, no mediante el ocultamiento, sino a través de la exhibición de vínculos culturales prestigiosos que desplacen la atención del conflicto político inmediato.

Asimismo, el caso revela que las figuras literarias de dimensión continental operan como nudos de una red emblemática que trasciende fronteras nacionales. Ibarbourou no era únicamente una poeta uruguaya, sino una voz americana, capaz de ser convocada por distintos proyectos culturales y políticos. Su nombramiento, aunque honorario, pone en evidencia la circulación de capital cultural en la región y la manera en que los Estados intentan inscribirse en esa circulación para reforzar su legitimidad.

El episodio documentado en este libro constituye una entrada privilegiada para analizar la intersección entre diplomacia, literatura y poder en América Latina. Más allá de su carácter anecdótico, revela una concepción de la cultura como espacio de reparación simbólica, donde la palabra poética intenta suturar las fracturas de la historia política.

En ese espíritu, la obra de Ditrén Flores permite reflexionar sobre los vínculos históricos, institucionales y culturales entre la República Dominicana y la República Oriental del Uruguay, incluso en aquellos períodos en que no existieron relaciones diplomáticas formales.

Más allá de los acuerdos formales, ambas naciones han tejido una relación sostenida por la literatura, el pensamiento y la sensibilidad artística. También los poetas y escritores Tulio M. Cestero, Max Henríquez Ureña, Osvaldo Bazil, Ricardo Pérez Alfonseca, Antonio Fernández Spencer, entre otros, desempeñaron funciones diplomáticas en ese país sudamericano.

Juana de Ibarbourou ocupa un lugar especial, como una de las grandes voces poéticas de América Latina, cuya relación de amistad con la República Dominicana constituye un hecho de alto valor simbólico, y también es una afirmación del poder de la poesía como puente entre culturas. La figura de Juana de Ibarbourou, reconocida y celebrada con honor y afecto, encarna una relación basada en el respeto mutuo, la admiración intelectual y la cercanía humana.

El valor del libro de Ditrén Flores radica en su capacidad para iluminar una relación poco explorada pero profundamente significativa entre la República Oriental del Uruguay y la República Dominicana, una relación que no se limita a los marcos diplomáticos tradicionales, sino que se articula desde la literatura y el pensamiento sensible.

Ditrén Flores no solo documenta vínculos, sino que los interpreta, los resignifica y los proyecta hacia el presente, recordándonos que América Latina se ha construido también desde estas complicidades intelectuales silenciosas.

El libro adquiere así un carácter testimonial y reflexivo, ofreciendo al lector una cartografía cultural y política de más un siglo de relaciones diplomáticas, donde Uruguay y la República Dominicana dialogan desde la palabra escrita y la memoria compartida.

El embajador Ramón Dionicio Ditrén Flores reafirma que las verdaderas relaciones entre los pueblos no se miden únicamente por tratados o fechas oficiales, sino por la permanencia de las ideas, la circulación de los afectos y la vigencia de una tradición cultural que sigue pensando el futuro desde la empatía y la conciencia histórica, constituyendo una valiosa herramienta de estudio para los interesados en estos temas, que aúnan los lazos de amistad entre los pueblos de América Latina.

Sobre el autor

Plinio Chahin