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La representación danzante, cultura y movimiento en Santo Domingo y Puerto Rico

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Las fiestas han sido actividades sociales que más representatividad han dado a la cultura caribeña. Al escribir sobre Puerto Rico, un sevillano trashumante entre San Juan y Sevilla, el doctor Angel López Cantos (Fiestas y juegos en Puerto Rico, siglo XVIII, 2008) dijo que son esas actividades las que ayudaron a unir al pueblo puertorriqueño. Esto debido a la falta de población. Según el censo de Lando (1530), la población negra en Borinquen era mayor que la población blanca: “De acuerdo con la información de Lando, mientras la población de propietarios españoles era de sólo 333 personas (el ocho por ciento del total), la indígena sumaba 1, 553 (el 37 por ciento) y la africana 2, 284 (55 por ciento)”, (Scarano: 2008, 154).

Pedro Francisco Bonó describe las prácticas festivas y danzarias de una comunidad dominicana. Posiblemente la mirada sea muy contemporánea al escritor que la describe. Podemos pensar existían ya para 1830 y las ubicamos en el norte del país en lo que es hoy San Francisco de Macorís. En “El montero” (1856) inscribe en las letras las costumbres de los habitantes de Matancitas y cada una de sus palabras está impregnadas de un significado inédito en la incipiente literatura romántica.

El primer acercamiento es a la sala de la casa. Esta es rústica, mejorada, ataviada; el suelo irregular ahora está liso y húmedo. Habían sacado jigüera, calabaza y bateas. Y aparecían para las fiestas las barbacoas, o bancos campesinos; en las mesas en el centro de la sala engalanadas con manteles blancos posaban los utensilios. El día de la boda, los monteros unían la mesa al baile. Aquí aparece el lechón “trinchado en una yagua verde” (82). Sancocho y otros manjares sirven y el licor en honor a los novios es acompañado del ruido del choque de los vasos; las botellas van de un lado a otro; junto a los cumplidos se celebra a los recién casados.

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Entrada la noche llegaron los músicos y organizaron el fandango. Traían dos ‘cuatro’, un ‘doce’, un ‘tiple’, tres “güiras’ y una tambora (82). Se bailaba ‘sarambos’ y guarapos. “Se estaba castañeteando en las ondulaciones de un fandanguillo” (ibid.). “El fandango, mucho más rápido que el bolero, se acompañaba de voz, guitarra y castañuelas… La coreografía estaba basada en giros circulares y aproximaciones de ambos bailarines” (Bernarda Jorge, 2011, 41). Las fiestas campesinas podían terminar, como esta, en grandes pendencias, con los cuchillos y machetes al aire, como el honor y la honra en el corazón de los campesinos.

Fray Inigo Abbad y Lasierra dice que los bailes constituyen una de las diversiones más apreciadas de los criollos puertorriqueños. Rara vez faltaban a una invitación danzaria. A las que acudían ‘por centenares’ (Acevedo, 66). “El que da el baile convida a sus camaradas, corre la voz por el territorio y acuden… de todas partes, aunque no sean llamados” (ibid.). Los asistentes saludan con cantos a los dueños de la casa, quien les da licencia para entrar. Con el saludo rompen la distancia marcada por tiempo en que no se veían. En la sala tienen “banquillos… y hamacas” colgadas en los que se sientan las mujeres. Los hombres se quedan de pie o en cuclillas.

Dice el benedictino que salen a bailar de dos en dos. Dan vueltas por la sala con un compás acelerado. Hacen ruidos con el taconeo en la casa de pilotes a la que han subido. Las mujeres en el inicio hacen un performance que termina con el reconocimiento de los hombres que les coronan con sus sombreros. Luego al final, les dan la gala. Un regalo que en Santo Domingo (San José de Ocoa) podría ser artículos de diversos géneros o dinero (Tejada, entrevista). “Durante el baile salen algunas esclavas con fuentes de masa hecha de harina, leche y miel, frascos de aguardiente y tabaco para fumar… Cuando se cansan se echan a dormir en las hamacas o se entran al cuarto interior a las barbacoas, con más libertad y satisfacción…” (67).

Y remata fray Iñigo: “Son más generales y de mayor concurso estos bailes en tiempo de Pascuas, Carnestolendas, fiestas de pueblos o con motivo de alguna boda, cuya celebridad comienza dos meses antes.” (ibid.). Traigo a colación estas dos descripciones de fiestas porque corresponden a los criollos en una etapa, en el caso de Puerto Rico, de mestizaje. La presencia de “esclavas”, no queda sociológicamente clara. Posiblemente se refiera a negras que vivían en segmentos poblacionales menos mezclados. Y realizaban el papel subalterno de cocineras. Aunque no existieran unas relaciones de explotación esclavista entre ellos.

Nótese que estos grupos podían ser emigrantes canarios. Que se mostraban con cierta distancia a los grupos negros. Estas fiestas eran distintas a lo que se llamó en Puerto Rico música de bomba o los ritmos africanos. Pero notamos la presencia de la exclamación ¡Bomba! en la tradición repentista. Lo que podría demostrar el nivel de hibridez de los grupos que en Puerto Rico eran más separados.

Dice López Cantos que la palabra fandango, se la tomaba como sinónimo de baile de blancos. Ya casi a principios del siglo XVIII, el cura de La Aguada fue acusado de “que un día fue a un fandango” (85). El cronista se refería al fandango como un baile hispano que en Puerto Rico era como decir el baile nacional. Se bailó en los festejos de jura de Isabel II. Aunque otros investigadores dicen que el fandango es música de las Indias, que llega a España.

Entre los instrumentos para interpretar la música popular en Puerto Rico, en las crónicas se habla de las maracas, el güiro, el ‘tiple’, el guitarrillo de cinco cuerdas. Anota López Cantos que el cuatro, “que tiene cinco cuerdas dobles, colocadas dos a dos, se templa como la bandurria y se toca como esta” (89).

Muchas de las fiestas están establecidas por el orden oficial y religioso. Lo que marca el tiempo festivo a con las actividades de jubileo o gozo de los gobernados o con las festividades de ayuno, reconocimientos y fiestas más particulares. Cada cultura aporta la suya y luego vemos cómo las prácticas de distintos grupos. Entre Santo Domingo y Puerto Rico acusan un pasado oficial parecido. Pero a la vez, junto a la presencia de migraciones o grupos africanos muy diversos.

“En bailes de Puerto Rico” (“El Gíbaro”, 1849) escribe Manuel A. Alonso sobre los bailes de garabato. Los conceptualiza como bailes de origen hispánicos y mezclados con la cultura de los indígenas. En las cadenas y fandanguillo ve una degeneración de la seguidilla y el fandango; lo mismo ve en el sonduro y el zapateo. Un elemento de mucha importancia es la presencia del ‘seis’. Una música popular que se encuentra en Sevilla cuando los niños cantaban o bailaban frente a la catedral, en fiesta de Corpus (97). De este baile agrega: “El ‘seis’, aunque en rigor deben bailarle seis parejas, yo he visto muchas más: se colocan las mujeres frente a los hombres en hilera, cruzan varias veces, zapatean un poco en ciertos compases marcados por la música, y terminan valzando, lo mismo que en la contradanza. Era el baile que más gustaba (99).

Había ya bien establecida una elite social que gustaba de una música que lo distinguiera de la gente de abajo. De aquellos que trabajan con sus manos en la labranza o en las ciudades y que, por su situación social, eran impedidos a entrar en los bailes de salón.

Sobre el autor

MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN

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