La vida cotidiana bajo la tiranía de Ulises Heureaux 2

Ulises
La vida cotidiana en Santo Domingo en el último cuarto del siglo XIX parece la perturbación de los aires de modernidad de un período amplio que se encuentra con los primeros años del siglo XVII. Muchas prácticas entonces se alejaron en la vetusta ciudad de Santo Domingo. El dominicano seguía siendo, como en los primeros años de la colonia, un desconfiado de la clase política. Por sus edificios, la capital parecía hablar de una gloria muy lejana que apenas ciertos historiadores de la época no comprendían como nosotros ahora.
El país era una ruralía. Pero en los parques capitalinos, la gente del campo parecía de una extrañeza increíble. Los veían entrar a la capital a vender sus frutos vestidos de unos mamelucos de fuerte azul y el collin en la cintura, su amplio sombrero y su pipa. Mientras el capitaleño quería vestir de levita, bastón y bombín. Ese deseo de ropa nueva nos caracteriza. En carta a un amigo pide a Pedro Francisco Bonó mandaba a confeccionar un traje en París (Demorizi, 1980). Lilís le escribe a Luperón y luego a Betances para que le diligencien uniformes a sus tropas en la capital gala (Balcácer, 1982).
Dice Virgil Díaz (“Lilís y Alejandrito”, 1955) que Alejandrito Woss y Gil al regresar de un puesto diplomático en Inglaterra fue increpado por Lilís por su atuendo extranjerizante. “Señores –dijo a sus ministros– vean al freresito Alejandro, yo no lo conocía, si lo que parece es un blanco inglé” (130). Estaba vestido de “un traje gris ratón, que es tono de los caballeros de gusto refinado, sombrero de fieltro Stetson, una caña de Malaca legítima. Una guayabera como usaban ya los políticos habaneros que querían acercarse al pueblo. Algo parecido cuentan de Peña Batlle en palacio, modificado por el dictador Trujillo al llevar una habanera en lugar de completo que mandaba la etiqueta. En los tiempos de antes, un campesino no tenía zapatos y usaba alpargatas. Bosch cuenta lo que hacían al llegar a La Vega con los únicos zapatos apartados en el cuello del caballo. Mientras los pueblistas se mofaban. Las alpargatas hicieron su historia en los bailes en que sonaron los tiples, los cuatros y el tambor.
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El dominicano tenía su propia vida nocturna. Muchos relatos hacen presente la relación entre el día y la noche. O los tiempos cuando no había electricidad y la ciudad era un espacio peligroso e indefinido, de ahí la historia del Tapao. La clase media tenía fiestas donde no podían entrar los negros y mulatos. En ellas se bailaban danzas, pero lo que cautivo a la gente de abajo parece ser la polka traída por un circo de maromeros, de mujeres… y de animales exóticos.
Virgil Díaz narra cómo tocó el entusiasmo de la gente cuando la polka entró hasta en las bandas de música militares. No sin la recriminación de los gobernantes, por ser esta música traída por maromeros saltimbanquis. La gente de bien y los visitantes se quedaban en hoteles-pensiones, entre los que se destacan el Hotel Francés, que primero estuvo en la casa Del Cordón y luego en la del Tesorero Real. Allí visitaba la gente de “campanita” y los que disfrutaban del gobierno (que es lo mismo que del presupuesto de la Res-pública). Fue fundado por un galo llamado Musié Filipó que llevaba un “chaleco de mono viejo” que nunca dejó de usar; exhibía un reloj de níquel y cadenas de grandes quilates. Se distinguió por servir de su barrica el mejor vino de borgoña.
Al dominicano le gustan las bebidas fuertes. Y sobre todo el romo malo. También han parecido los químicos cerveceros que han disfrazado el romo de cebada. Los enfrían y los venden haciendo del romo un deporte nacional. No es algo nuevo. Cuenta Virgil Diaz que el ron de caña “Toribio” era el más vendido y celebrado. Desde entonces nos hemos dado la fama de tener el mejor ron de la Bolita del Mundo. Hay una carta de Betances en la que pide muestras de nuestra sensacional participación en la fábrica de bebidas espirituosas para una exhibición en París (Ojeda y Estrade, 2017): “El ron Toribio era destilado de melao de caña de azúcar con una gradación muy fuerte… capaz de tumbar a un Cíclope” (Díaz, ibid.).
Cuenta que en una fiesta en la legación dominicana para celebrar nuestra independencia se brindó unos cócteles que eran parte de “un equipo báquico”, de una toxicidad fulminante y trágica. “A las tres de la mañana el conjuro desorbitado… de Ron Toribio, dejó la fiesta diplomática en una especie de manicomio “bajo la influencia de la Luna Nueva”. Las embajadoras bajan las escaleras de la embajada sin zapatillas y gritaban “¡Oh my God!… no more cocktail Toribian” … (122).
El gusto por los cafés populares, los espacios nocturnos sin puertas eran ya famosos. “El Vaticano” era un restaurante donde los letrados y políticos se reunían en la Ciudad Romántica. Allí llegan extranjeros más o menos notables. Era famoso por sus platillos de palomas y carite en escabeche. Por allí pasaban los noctívagos de la ciudad y también el presidente Alejandro Woss y Gil. Cestero en “Ciudad Romántica” escribe sobre los barrios bajos y de los menos bajos o de clase media. Quienes podían “elegir una casa” en la que abundaba la luz, las sillas bien alineadas. Las madres en las murmuraciones. Las muchachas pasean alrededor de la sala de brazos de los galanes: “pequeñas, pálidas, vestidas con sencillez no desprovistas de elegancia [y] en las pupilas el fuego de las pasiones que las uncen al esposo como esclavas voluntarias o les permiten esperar años…” (81). Y agrega: “cuando la danza desgrana sus notas voluptuosas, las manos se oprimen, los cuerpos se acercan, pero la honestidad femenil y el recato del caballero velan las brasas…” (ibid).
No pasaba lo mismo en los bailes públicos extramuros. Allí se ayuntaron parejas ebrias de licor y lujuria: “Los cuerpos se mueven con sabios ritmos de prostíbulos”; ya en la linde de Galindo hacen presencia los palos con su cuero de chivo que no deja de herir con sus gritos las maduradas y el coladero de estrellas que tapizaba el cielo de la Primada. Se escuchan los ecos de África con frenéticos movimientos, de parejas que se enlazaban, sin que lo diga el narrador, en los ritmos de los viajeros al Caribe, zapateando el piso…
Mientras en el caldero de hierro chirría la grasa de cerdo, se sirven cervezas, ron, quesos y frituras. Toca a las puertas del apetito las empanadas de yuca que arrancan de la tradición indígena como el zapateo, de la hispánica. Las carnes picadas, huevos, aceitunas y pasas son los ingredientes de una práctica culinaria que se está perdiendo, como también se pierde la palabra cativía. A la medianoche hace su entrada en el escenario extrarradio el sancocho, “el santo más popular del dominicano”: un caldo espeso, gallina o pavo (a veces hurtados a los vecinos) trozos de plátanos, ñame, yuca, auyama, batatas, mazorca de maíz… Y concluye el autor de “Ciudad romántica” con esta ironía: “Plato rico, que los señores académicos de la lengua, no han saboreado nunca” (82).