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La Locura: Reflexiones sobre amor, arte y belleza

La belleza y la filosofía, como explica el Filósofo Umberto Galimberti, (inspirándose en Aristóteles), nacen del asombro y del dolor,

El sacrificio de Isaac – CARAVAGGIO 1603 – UFIZZI (FLORENCIA)

El sacrificio de Isaac – CARAVAGGIO 1603 – UFIZZI (FLORENCIA)

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En el Simposio, Platón dice que los enamorados que pasan la vida juntos tienen cosas que decir que no pueden decir. Hay una insuficiencia de lenguaje que no puede estar a la altura de lo que sienten los enamorados. El amor es un acontecimiento de locura. Los griegos atribuían la locura al mundo de los dioses; allí también vivían los hombres, mundo que estos luego abandonaron. La razón vino después, fue Platón quien nos la enseñó. Hablamos y pensamos como nos enseñó Platón, de forma lógica. 

Antes no era así, Homero, por ejemplo, hablaba analógicamente, a través de símiles. Partiendo del principio de no contradicción, respetado en el mundo de la racionalidad, pero no en el de la locura, basta con irnos a dormir y tenemos un colapso de la conciencia, luego viene el sueño, que es el comienzo de la locura, en el sueño puedo ser espectador y actor al mismo tiempo, algo que no es posible debido al principio de contradicción. En el sueño no hay ningún principio de aleatoriedad, porque el efecto puede convertirse en causa, y las categorías de espacio y tiempo no se aplican. Los dioses viven “de este lado” del mundo racional. Zeus, rey de los dioses, es también trueno, relámpago, lluvia. Incluso la religión cristiana no está libre de esta irracionalidad: Dios, para probar la fidelidad de Abraham, le pide que sacrifique a su hijo Isaac, pero luego el ángel le detiene el brazo. El danés Soren Kierkegaard, filósofo cristiano, reflexiona: o Dios es omnisciente, y por tanto no necesita probar la fidelidad de Abraham, o no lo es, pero si no lo es, no es Dios. Así razonan los humanos, y Dios no es humano, no sigue las reglas de la razón (“Timore e Tremore” Kierkegaard, Mondadori, 2003). La locura, aunque divina, no es inaccesible al ser humano.

Los enamorados que pasan la vida juntos no saben lo que quieren el uno del otro. Ciertamente no es por los placeres carnales que permanecen juntos durante tantos años, está claro que los enamorados tienen cosas que decir que no pueden decir.

No solo en el amor, sino también en el arte, para ser reproducido, requiere locura. Una locura que proviene de lo “divino” dentro del artista. Para crear algo, la razón por sí sola no basta, hay que sumergirse en la propia locura y así iniciar el fenómeno de la inspiración en un estado de entusiasmo. Hay que buscar un dios dentro uno mismo, él es el autor. Es la locura la que crea las obras de arte. La historia del arte está llena de artistas con situaciones mentales, Según Goya, la imaginación es la base de toda creación, si esta se deja al delirio de manera descontrolada, sin el apoyo de la razón, dará lugar a monstruos y elementos inexistentes, sin embargo, si la razón está activa y se une a la imaginación, en una unión íntima entre regla y genio, se crea un instrumento con un poder inagotable.

A los veinticinco años (1845) Gustave Courbet pintó “el desesperado”. Un autorretrato que nos mira con los ojos muy abiertos y atormentados, las mejillas rojas, la cabeza entre las manos inclinadas hacia nosotros, una combinación de genio y locura, retratándose como un “loco”, en un momento de exaltación, a merced de las emociones. Mucho se ha escrito sobre la salud mental de Vincent van Gogh, sus hospitalizaciones en un hospital psiquiátrico, las neurosis que lo afectaron y que lo llevaron al suicidio, uno de los episodios más conocidos es el corte se su oreja izquierda, una herida que el mismo se infligió tras una furiosa discusión con su amigo pintor Paul Gauguin, episodio representado en su obra “Autorretrato con la oreja vendada” de 1889. La dimensión catártica del arte que encontramos en Van Gogh también la vemos en la obra de Edvard Munch, conocido sobre todo por “El Grito”, un cuadro que se ha convertido en una imagen icónica, interpretada por muchos como la representación de cómo el mundo hace sentir al hombre moderno, con ganas de gritar mientras nadie a su alrededor está dispuesto a detenerse a escuchar su tormento. La existencia de Munch estuvo dominada por el dolor, la tuberculosis y la enfermedad mental. El español Salvador Dalí, paranoico por naturaleza encuentra su desahogo en la pintura, que define como un proceso de “paranoia crítica”. Una herramienta de liberación de obsesiones.

Muchos escriben poesías, pero solo quienes entran en la dimensión de la locura y logran expresar las metáforas de la dimensión humana son capaces de producir obras de arte. La obra de arte es fruto de la locura. Stendhal tuvo una crisis frente a un cuadro en el Museo de los “Uffizi” (Florencia), y a partir de ahí se descubrió que esa sensación era un síndrome. Sin embargo, muchos de nosotros miramos cuadros y al salir exclamamos: ¡Qué bonito! La belleza es perturbadora, nos pone en crisis, provoca trastornos internos. La palabra “bello” debería eliminarse. Solo quienes tienen una crisis frente a una obra de arte entran en contacto con ella.

El deseo para Platón es un componente esencial del amor que no puede existir sin una carencia. Deseamos lo que no tenemos, y lo que tenemos lo disfrutamos. En el amor, quien huye primero gana, porque crea una carencia y, por tanto, aumenta el deseo.

Una antigua anécdota describe los “desiderantes” o soldados que pasaban la noche bajo las estrellas (sidera) esperando el regreso de sus compañeros en batalla de allí posiblemente la etimología del “deseo” o la falta de sus esperados compañeros, El amor se sitúa entre la parte racional y la parte irracional (locura) y sirve para traducir las palabras de los hombres a los dioses y, al mismo tiempo, para interpretar el lenguaje irracional de los dioses para los humanos. El amor no es una relación entre tú y yo, sino entre mí y mi lado irracional, posible gracias a ti que lo permites. En cada hombre hay una parte femenina y viceversa. Cada uno de nosotros es hombre y mujer, según nos lo dicta la psicología y la biología. Para comprender que es una mujer y en qué piensa, un hombre debe hablar con su lado femenino, y viceversa. La subordinación funciona con la complicidad de los subordinados. El hombre necesita hablar con su lado femenino para comprender lo que piensa una mujer. Los matrimonios sólo funcionan si el otro se percibe como algo distinto y no como algo propio. El amor es ese trabajo de comprensión. En el Simposio de Platón, Aristófanes, recuerda que el hombre, separado en dos partes por Dios, solo puede recomponerse en la relación sexual. En ese momento, el hombre regresa con dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas. Regresa a la antigua unidad de lo que era el hombre original.

Existe un paralelismo entre la belleza y el amor, (Le cose dell’amore, Galimberti, Feltrinelli, 2013) porque ambas escapan de la lógica del propósito y la utilidad. Ni el amor ni la belleza se pueden planear: sucede. No dependen del cálculo ni de la voluntad, surgen con la fuerza de lo inesperado. La inutilidad del amor y la belleza es lo que los hace esenciales. Vivimos en una sociedad que hace todo en términos de beneficio, fuerza y eficiencia. El amor y la belleza, precisamente porque no sirven para nada, sirven para todo. No se puede tener una acción ética que no sea bella y no se puede tener una belleza que no sea ética.

Vivimos inmersos en un sistema tecnológico que ha hecho de la utilidad el criterio supremo de todo valor. La palabra “funciona” se ha convertido en la palabra clave de nuestro presente. La tecnología busca solo la eficiencia, no responde a las preguntas: ¿funciona para qué? ¿Funciona con qué fin? La tecnología no tiene un objetivo ni una meta, busca el aumento de poder, el perfeccionamiento de los medios. Vamos hacia la reducción de nuestra vida a un engranaje impersonal. En ese panorama, lo inútil se descarta, pero la belleza, precisamente por ser inútil, se opone a esa lógica. Esto demuestra que hay experiencias que son valiosas no por lo que producen, sino por lo que hacen que suceda en nosotros.

La belleza y la filosofía, como explica el filósofo Umberto Galimberti, (inspirándose en Aristóteles), nacen del asombro y del dolor, no son dos caminos separados, sino dos dimensiones entrelazadas que acompañan toda experiencia auténtica. La belleza es lo que complace cuando lo ves, sin concepto ni propósito. Sin embargo, recuerda Galimberti, esa inmediatez, que parece tan natural, no trae paz: trae perturbación. Citando a Thomas Mann, cuando expresa que “la belleza hiere” (Muerte en Venecia). Y esa herida no es una caricia: es un golpe que desestabiliza, es un encuentro que deja huellas. La idea de belleza como herida es radical porque rompe la imagen pacífica asociamos a ella. No es un ornamento, sino un trauma que nos obliga a repensar nosotros mismos. La belleza exige el sacrificio del ego. No podemos poseerla, sólo podemos acogerla. La belleza no es un bien que se acumula, sino un acontecimiento que nos trasciende. No consuela, no protege, ni garantiza seguridad. Inquieta, desafía. Es un símbolo, nunca se muestra plenamente, sino que siempre trasciende, en exceso. Es un puente entre lo visible y lo invisible, entre lo finito y lo infinito.

Sobre el autor

George Latour Heinsen

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