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Memorias entre el mar y la montaña: una obra que se lee con deleite y asombro

Memorias entre el mar y la montaña, crónicas de Puerto Plata y sus almas, de Héctor Gaud, es un libro que se disfruta desde las primeras páginas

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Memorias entre el mar y la montaña, crónicas de Puerto Plata y sus almas, de Héctor Gaud, es un libro que se disfruta desde las primeras páginas. Más que una obra complicada o experimental, es un relato cercano, sincero y lleno de vida, donde la memoria personal del autor se mezcla con la historia cotidiana de Puerto Plata y su gente.

La narración tiene un marcado tono autobiográfico y una narración ágil que se deja leer con facilidad. Gaud cuenta su historia sin adornos innecesarios, pero con la sensibilidad suficiente para que el lector sienta que camina por esas calles, entra a esas escuelas y reconoce a los personajes como si fueran parte de su propio vecindario.

Cuando el autor se incluye a sí mismo, aparece como un muchacho inquieto y travieso, envuelto en aventuras juveniles atrevidas y desafiantes, propias de una generación marcada por la rebeldía y el deseo de dejar huellas. Sin embargo, la obra no se limita a evocar recuerdos personales: reconstruye la memoria colectiva de toda una época y de un modo de vida que hoy está a punto de desaparecer.

El autor habla con franqueza, sin idealizar el pasado. Presenta a las personas tal como eran: con virtudes, defectos, manías y ocurrencias. Aparecen personajes llamativos del ambiente pueblerino, algunos presumidos, otros excéntricos, otros entrañables. También surgen historias de amores clandestinos, chismes de barrio y episodios que formaban parte del comentario cotidiano, todo narrado con humor, ironía suave y cierta nostalgia.

Uno de los mayores aciertos del libro es que convierte al barrio en un personaje colectivo. La calle aparece como lugar de encuentro, la escuela como espacio de formación y la familia como núcleo de identidad. La iglesia, la música, las playas y las montañas completan un ambiente que define toda una época.

Gaud combina recuerdos personales con historias que reflejan la vida social y familiar del Puerto Plata de mediados del siglo XX: la disciplina escolar, la solidaridad entre vecinos, las travesuras infantiles, los parques, los cines y también momentos profundamente conmovedores, como la muerte de su padre. Por eso, el libro no es solo autobiográfico; es, en realidad, el retrato de una comunidad completa.

En algunos pasajes, la forma de narrar recuerda la capacidad de Juan Bosch para convertir escenas sencillas en retratos humanos memorables. Gaud logra algo parecido: toma situaciones aparentemente pequeñas y las llena de significado, mostrando cómo vivía la gente común.

Por su carácter costumbrista, el libro también evoca —guardando las distancias— obras como Cosas añejas de César Nicolás Penson, en el sentido de rescatar un mundo que ya no existe físicamente, pero que sigue vivo en la memoria colectiva.

Desfilan numerosos personajes de todos los sectores sociales, lo que da al relato un aire muy auténtico. Entre ellos sobresale José Ponce, un cantautor ambulante conocido por toda la ciudad, que recorría las calles cantando a cambio de algunas monedas, especialmente por las noches. La manera en que el autor lo describe, con sus ropas gastadas, su instrumento precario y su peculiar apariencia, muestra la habilidad de Gaud para retratar figuras populares sin burla cruel, sino con una mezcla de realismo y compasión.

Escrito desde un fuerte y vivo afecto colectivo y familiar, en esta obra se percibe que el autor ama profundamente a su gente y a su tierra. Los personajes no son simples nombres: representan una época, una forma de convivir y unos valores comunitarios que se han ido perdiendo con el paso del tiempo.

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Cada figura encarna un tipo social reconocible: la maestra respetada, el comerciante del barrio, el vecino consejero, el personaje pintoresco, los amigos de infancia. Gracias a esta galería humana, la obra trasciende la anécdota personal y se convierte en un testimonio valioso de la vida pueblerina dominicana.

Merece mención especial el homenaje implícito a las mujeres —madres, abuelas, maestras y trabajadoras— cuyo esfuerzo sostuvo la vida familiar y social. El libro subraya su fortaleza y su papel central en la comunidad sin caer en discursos grandilocuentes.

El prólogo, escrito por Mayra Mota de Gaud, destaca la extraordinaria memoria del autor, capaz de recordar nombres, lugares y detalles con notable precisión. Según ella, este libro revela a un narrador que, animado por su entorno cercano, puede seguir aportando historias reales para preservar la memoria de su pueblo y transmitirla a las nuevas generaciones.

Aunque usted no sea de Puerto Plata ni haya vivido en esa ensoñadora ciudad, esta lectura lo conectará con el pasado del lugar de donde proviene. Encontrará personajes, escenarios, vivencias y experiencias que, sin duda, despertarán recuerdos de su infancia. Situaciones semejantes aflorarán a su memoria y lo llevarán a ese pasado nostálgico e inolvidable que todos, en algún momento, necesitamos reconstruir para sentir la vida con mayor intensidad y sentido.

En conjunto, Memorias entre el mar y la montaña es una obra entrañable, fácil de leer y profundamente humana. No pretende impresionar por su complejidad, sino por su autenticidad. Y lo logra. De manera inevitable al lector le queda la sensación de haber visitado un tiempo y un lugar donde la vida transcurría con sencillez, cercanía y sentido de comunidad. Una lectura que conmueve, entretiene y, sobre todo, deja huella.

Sobre el autor

Tomás Gómez Bueno

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