Octavio Paz, crítico de los sistemas totalitarios
DIÓGENES CÉSPEDES
En otro texto titulado Aniversario español, del 19 de julio de 1951, discurso pronunciado en París durante un acto organizado por un grupo de republicanos españoles, Paz rehíla y amplia con más coherencia y violencia crítica, las ideas expuestas en el artículo anterior sobre Rufino Tamayo. También se centra su crítica en contra de los sistemas totalitarios, al describir su funcionamiento.
Pero la misma crítica que he dirigido después a Paz la reitero aquí: él carga más el dado en contra del totalitarismo soviético que en contra de los sistemas sociales de Occidente, los cuales, aunque en su variante de la democracia representativa, difieren de las dictaduras civiles o militares latinoamericanas, del fascismo y del nazismo, no por eso dejan de ser la realización de la ficción teórica del Contrato social donde el signo y el Soberano son homólogos y aplastan por igual al sujeto y al poema . De lo que se trata, pues, es de describir, analizar y criticar el funcionamiento de ambos sistemas sociales. Situar su especificidad y plantear una opción, sin importar que sea utópica.
Me parece que Paz comienza a plantear en Aniversario español esta utopía, aún con toda la crítica que uno pueda dirigirle. Utopía que será prácticamente la misma que expuso 30 años después en El ogro filantrópico. Luego de hacer una apología introductoria de la gesta fallida del 19 de julio de 1936, él repite la misma teoría lingüística del signo que debilitará su concepción del sujeto y el poema: la confusión entre lenguaje, lengua e ideología.
Primado de la lengua y el signo por encima del discurso: Durante unos meses vertiginosos las palabras, gangrenadas desde hacía siglos, volvieron a brillar, intactas, duras, sin dobleces. Los viejos vocablos bien y mal, justo e injusto, traición y lealtad habían arrojado al fin sus disfraces históricos. Sabíamos cuál era el significado de cada uno. (Ibíd., pp. 278-279). El sentido de cada uno de estos vocablos no nos es dable ni lo tomamos sino porque están arreglados, en cierto orden, dentro de un discurso donde también están la ideología y la pertenencia social al ser actividad de un sujeto. Pero esto no puede quedar en lo implícito, tal como se queda en el discurso de Paz.
Según Paz, la especificidad del levantamiento español contra el golpe de Estado a la República residió en la espontaneidad de la respuesta popular y en la participación de un personaje que nadie había invitado: el pueblo. Esta concepción del pueblo que Paz opondrá radicalmente al concepto de masa (el cual es el instrumento favorito del político), es la historicidad misma del discurso, pues si bien la actividad de lo colectivo anuló las jerarquías de los jefes, no es menos cierto que lo social (sinónimo de ese pueblo en armas) no anula al sujeto.
Uno y otro están en relación dialéctica. Este caso ejemplar de España muestra, a mi ver, la imposibilidad de triunfar de toda revolución. Por lo cual ella es mito y utopía; y esa utopía sería la lucha permanente, como en esos tres años de guerra civil, sin jefes, sin Estado, sin poderes centrales o locales: es decir, la contradicción indefinida.
Pero incluso si la revolución triunfa, es también fracaso porque en el plano social es imposible mantener por mucho tiempo esa contradicción indefinida. Desde el momento en que una revolución termina al tomar el poder, se instalan las jefaturas y el nuevo poder se convierte en una razón política orientada al mantenimiento del orden. La vida se congela. Surge el partido de la revolución (un significado que funciona en lugar del signo), el cual impondrá a sangre y fuego la razón del lenguaje y el poder, es decir, la razón de Estado por encima de toda consideración.
Los nuevos príncipes serán los amos del lenguaje, el poder y la verdad. Puede imponer una unidad-verdad-totalidad semántica e ideológicamente diferente a la del viejo orden derrumbado, pero unidad-verdad-totalidad al fin y al cabo. Su efecto político es el mismo en todo sistema social. En la espontaneidad, la cual no es programa o plan previo ni en política ni en poesía, está cifradazo el fracaso. El esquema universal del poder no admite improvisaciones ni espontaneidades, como tampoco admite lo múltiple. Si así fuera, él no sería el más acabado de los instrumentalismos. ¿Es, entonces, una utopía histórica que a los sujetos no les queda otra alternativa en cualquier sistema social que no sea la lucha en contra de la unidad-verdad-totalidad de todo poder?
Es decir, que los sujetos están obligados a orientar su política a la conquista de una pluralidad indefinida de las instancias de poder. Porque es ineludible que mientras haya sujetos, existirá lo social y fatalmente (por lo histórico de la proposición) la sociedad tiene que darse una forma de organización política. Donde existe una forma de organización política, tiene que haber jefes. Por eso una forma de lucha como la del pueblo español inscribía de antemano su fracaso: Las organizaciones populares, los sindicatos, los partidos y eso que la jerga política llama el aparato fueron desbordados por la marea. En lugar de que otros, en su nombre y con su sangre, hicieran la historia, el pueblo español sepuso a hacerla, directamente, con sus manos y su instinto creador. Desapareció el coro: todos habían conquistado el rango de héroes. (Ibíd.., p. 279)