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Pedro Henríquez Ureña: crítico de arte

Henríquez Ureña comprendió que el arte moderno exigía nuevas categorías críticas.

Pedro Henríquez Ureña

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Pedro Henríquez Ureña es recordado, con justicia, como filólogo, ensayista, pedagogo y gran humanista de Hispanoamérica. Sin embargo, una dimensión menos explorada, aunque decisiva para comprender la amplitud de su pensamiento, es su formación y ejercicio como crítico de arte en sentido amplio: de la música, la danza, el teatro y las artes escénicas en general. Esta faceta se forjó especialmente durante sus estancias en Estados Unidos —en particular en Washington y Nueva York— y en otros centros culturales del continente, donde entró en contacto directo con la modernidad artística y con las nuevas formas de sensibilidad del siglo XX.

Nueva York fue para Henríquez Ureña una escuela viva. Allí no se enfrentó únicamente a bibliotecas y universidades, sino a una ciudad atravesada por el espectáculo, el ritmo, la diversidad cultural y la experimentación estética. La música sinfónica convivía con el jazz naciente; el teatro clásico europeo se alternaba con propuestas modernas; la danza rompía los moldes académicos. Este entorno obligó al intelectual dominicano a ampliar su mirada crítica y a comprender el arte como fenómeno social, histórico y sensorial, no solo como texto o partitura.

Pedro Henríquez Ureña

Su aproximación a la crítica artística nunca fue impresionista ni puramente subjetiva. Henríquez Ureña abordó el arte desde una ética del rigor y una conciencia histórica. En la música, por ejemplo, no se limitó a describir estilos o emociones, sino que atendió a los procesos culturales que daban origen a nuevas formas sonoras. Supo reconocer en la música moderna —incluidas las expresiones populares— una manifestación legítima de la vida urbana, del mestizaje y de las tensiones sociales. Para él, la música era una forma de pensamiento sensible, una manera de organizar el tiempo y la emoción colectiva.

En el teatro, Henríquez Ureña encontró un espacio privilegiado para observar la relación entre arte y sociedad. Su interés no se centró únicamente en el texto dramático, sino en la puesta en escena, la actuación, el gesto, el ritmo y la recepción del público. Comprendió el teatro como un arte total, donde convergen palabra, cuerpo, música y espacio. En Nueva York pudo asistir a representaciones que rompían con el naturalismo tradicional y exploraban nuevas formas expresivas. Esa experiencia enriqueció su comprensión del drama moderno y lo llevó a valorar el teatro como un laboratorio de ideas y sensibilidades.

La danza, por su parte, representó para Henríquez Ureña una revelación del cuerpo como lenguaje. Frente a una tradición intelectual que privilegiaba lo verbal, él supo reconocer en el movimiento una forma de escritura efímera, cargada de sentido. La danza moderna, con su ruptura de las formas clásicas, le permitió pensar el arte como liberación de estructuras rígidas y como búsqueda de autenticidad expresiva. Esta apertura no fue superficial: se integró a su visión humanista, donde el cuerpo y el espíritu no están escindidos.

La condición de Pedro Henríquez Ureña como crítico de arte se explica también por su capacidad de integrar la experiencia estética a una visión orgánica de la cultura. No concibió la crítica como juicio aislado ni como reseña ocasional, sino como una forma de conocimiento que articula sensibilidad, historia y ética. En su trato con la música, la danza y el teatro, se advierte una atención constante al modo en que las artes modelan la percepción colectiva y educan la sensibilidad social.

Henríquez Ureña comprendió que el arte moderno exigía nuevas categorías críticas. Frente a la aceleración urbana, la fragmentación del público y la emergencia de lenguajes híbridos, su crítica evitó tanto la nostalgia académica como el entusiasmo acrítico. Supo leer la novedad sin sacrificar el criterio, y evaluar la tradición sin convertirla en dogma. Esa posición intermedia le permitió interpretar el arte como proceso, no como canon cerrado.

En particular, su mirada sobre las artes escénicas destaca por la atención al cuerpo y al tiempo. Percibió que la modernidad desplazaba el centro de la experiencia artística hacia lo efímero, lo performativo y lo sensorial. La danza y el teatro le ofrecieron claves para pensar una estética del movimiento, del ritmo y de la presencia, elementos que luego trasladó a su comprensión más amplia de la cultura americana.

Como crítico de arte, Henríquez Ureña ejerció una función civilizadora en el mejor sentido: ayudó a formar públicos, a refinar la percepción y a vincular el goce estético con la responsabilidad intelectual. Su crítica no dictó sentencias definitivas, pero dejó criterios duraderos. En ese gesto, reafirmó su lugar como uno de los grandes mediadores culturales de Hispanoamérica, capaz de pensar el arte no como ornamento, sino como una forma esencial del pensamiento humano.

Como crítico de arte, Henríquez Ureña evitó el elitismo. Aunque poseía una sólida formación clásica, no despreciaba las manifestaciones populares ni las nuevas formas culturales. En Estados Unidos entró en contacto con una sociedad donde la cultura de masas comenzaba a redefinir el consumo artístico. Lejos de condenarla de manera automática, intentó comprender sus mecanismos, sus riesgos y sus potencialidades. Su mirada fue analítica, no moralista.

Esta experiencia fue fundamental para su pensamiento continental. Al observar la vida artística norteamericana, Henríquez Ureña pudo comparar modelos culturales, entender la relación entre industria, arte y público, y reflexionar sobre el lugar de Hispanoamérica en el concierto moderno. No se dejó deslumbrar ni rechazó de plano. Aprendió. Y ese aprendizaje se tradujo en una crítica lúcida, capaz de distinguir entre valor estético, moda pasajera y manipulación comercial.

En otros espacios —México, Argentina, el Caribe— continuó ampliando esta formación crítica. Su contacto con intelectuales, artistas y movimientos culturales diversos reforzó su idea de que el arte no puede separarse de su contexto histórico. La música, el teatro y la danza le interesaban no como objetos aislados, sino como expresiones de una sensibilidad colectiva. Esta concepción lo aleja del crítico puramente técnico y lo acerca al pensador cultural.

Henríquez Ureña entendió que el crítico de arte tiene una responsabilidad ética. No debe dictar gustos ni imponer dogmas, sino ofrecer herramientas de comprensión. Su escritura crítica se caracteriza por la claridad, la mesura y la profundidad. No busca el escándalo ni la sentencia tajante. Prefiere el análisis cuidadoso, la contextualización, la comparación. Esa actitud revela una concepción humanista de la crítica: servir a la cultura, no servirse de ella.

En el fondo, su labor como crítico de arte está íntimamente ligada a su proyecto mayor: organizar el imaginario cultural de Hispanoamérica. Al comprender las artes escénicas y musicales de la modernidad, pudo pensar con mayor amplitud el lugar del arte en la sociedad americana. Supo que una cultura viva no se sostiene solo en libros, sino también en sonidos, gestos, cuerpos y escenarios.

Pedro Henríquez Ureña no fue un crítico de arte especializado en una sola disciplina, sino un intérprete integral de la cultura. Música, danza y teatro fueron para él lenguajes complementarios de una misma búsqueda humana. Su legado en este campo no reside en una teoría cerrada, sino en una actitud: rigor, apertura, sensibilidad histórica. Gracias a esa actitud, su pensamiento sigue siendo una referencia indispensable para comprender el arte como expresión viva de la experiencia americana.

Así, el crítico de arte que se formó en Estados Unidos y en otros escenarios del continente es inseparable del gran humanista que pensó Hispanoamérica. En ambos casos, se trata del mismo gesto intelectual: comprender, ordenar y dignificar la creación humana en todas sus formas, sin jerarquías arbitrarias, con lucidez y con responsabilidad cultural.

Sobre el autor

Plinio Chahin