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Pese a lo dicho por Mao Zedong: El derecho a la palabra tiene que prevalecer

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La libertad de palabra está consagrada como uno de los derechos fundamentales de la persona. Así ha sido consignado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por Naciones Unidas en 1948. Leamos el segundo “considerando” del preámbulo:

“Considerando que… se ha proclamado, como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias…”

El presidente Mao Zedong (1893-1976), antes transliterado Mao Tse-Tung, fue el fundador de la República Popular China y escribió un sinnúmero de libros, artículos y conferencias para expresar sus concepciones acerca de cómo transformar un inmenso país pobre en una nación en vía de desarrollo. En el recinto de la Universidad Autónoma de Santo Domingo se ha repetido persistentemente una cita del líder chino: “Quien no investiga no tiene derecho a la palabra”.

Miles de muchachos que propugnaban una sociedad abierta y democrática refutaron las ideas de otros amparados en esa sentencia maoísta. Pocos leyeron los libros de Mao, pero todos aprendieron esa frase tajante y de orientación totalitaria. He aquí la expresión en su contexto: “Todos aquellos que se encarguen de un trabajo práctico deben investigar las condiciones en las bases. Semejante investigación se hace especialmente necesaria para quienes tienen conocimientos teóricos, pero no se hallan al corriente de las condiciones reales; de otro modo, no podrán vincular la teoría con la práctica. Quien no ha investigado no tiene derecho a hablar”.

En alguno de sus escritos (Investigación y estudio, Obras escogidas, tomo III) el propio Mao admitió los riesgos de la afirmación: “Aunque esta afirmación mía ha sido ridiculizada como empirismo estrecho, hasta la fecha no me arrepiento de haberla hecho; al contrario, sigo insistiendo en que sin haber investigado nadie puede pretender el derecho a hablar”.

La investigación no es un trabajo común ni simple. Las universidades, por ejemplo, pueden tener doscientos servidores docentes y solo diez investigadores y en unos casos ninguno. Hay investigaciones a fondo, de las cuales se obtienen libros pesados y hay investigaciones someras como las que hace un periodista en torno a un hecho para redactar su reseña.

A diferencia de Mao, creo que quien no investiga mantiene su derecho a la palabra, limitado obviamente. Puede hablar, aunque no toque honduras. Quien no investiga está destinado a repetir lo que otros han comprobado. De eso están llenos el sistema educativo, el parloteo político y los diálogos de la gente común. Los periodistas también afirmamos hechos que no hemos comprobado, sino que alguien nos ha comunicado.

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¿Cuántos hemos visto el acta de nacimiento de Juan Pablo Duarte? Yo no la he visto, pero he dicho y escrito decenas de veces que nació el 26 de enero de 1813. Tampoco he comprobado en los libros de bautismo de la parroquia Santa Bárbara que el fundador de la República Dominicana fuera bautizado allí. Si me apegara al dictado de Mao Zedong no tendría derecho a afirmarlo.

Hay un conocimiento almacenado que todos debemos recibir por vía de la primera enseñanza, sin investigación, pues ni siquiera el maestro puede comprobar que el sol es el centro del sistema solar, pero debe repetirlo ante sus alumnos porque otros lo investigaron. Isaac Newton descubrió la Ley de la Gravedad y todos lo damos como cierto, aunque nunca hayamos pasado cerca del manzano que le sirvió al sabio de punto de partida.

Nadie puede ni pretende restar valor a la investigación. Un columnista de periódico se somete frecuentemente a pequeñas indagaciones para sustentar su escrito, aunque lo que predomine en el artículo sean sus opiniones. Con frecuencia es preciso consultar libros o publicaciones periódicas para referirse a hechos del pasado.

La confusión que tenemos los dominicanos con el auténtico nombre de uno de los padres de la patria puede resolverse con una investigación, pero no todo el mundo tiene que acudir a revisar archivos y libros para comprobarlo. Bastará con que un profesional competente de las ciencias sociales lo haga y asegure que no se llamó Ramón Matías ni Matías Ramón, sino Ramón.

En el año en que nació Mella (25 de febrero 1816), el santoral católico festejaba el 24 de febrero a San Matías, celebración que en 1969 fue movida para el 14 de mayo. Quizá sus padres quisieron llamarlo Matías Ramón y al patricio le gustara la idea, pero no lo bautizaron así. Un historiador me dijo que el acta de nacimiento no ha aparecido, se conoce la partida de bautismo en la cual fue nombrado Ramón.

¿Tengo derecho a repetir que Mella solo llevaba el nombre Ramón?

En realidad, no lo he investigado, sino que he creído en quien lo ha hecho. El ejercicio que acabo de hacer en el planteamiento anterior, quizá se corresponda con lo que Mao consideraba enfocar los problemas metafísicamente. La metafísica es buena para la poesía, pero no para la ciencia.

En todas las ciencias, la investigación es una función muy elevada y digna de encomio, pues es la vía de aportar conocimientos desconocidos y soluciones a problemas que laceran la integridad de los seres humanos. La posición extrema respecto de la investigación concebida por el presidente Mao y asumida por miles de seguidores ingenuos contraviene un derecho intrínseco de las personas y menosprecia la divulgación de saberes tenidos como verdad. De ahí que no sea provechoso el tan repetido dicho del líder asiático, quien dirigió su país desde 1949 hasta 1976, cuando murió.

En lo que se puede estar totalmente de acuerdo con el pensador oriental es en que “En la valoración de nuestro trabajo, es unilateral considerarlo o todo positivo o todo negativo. (…) No es cierto que todo sea bueno; todavía existen deficiencias y errores. Tampoco es cierto que todo sea malo; pensar así también contradice los hechos…”

El derecho a la palabra es inalienable, tiene que prevalecer.

Sobre el autor

RAFAEL PERALTA ROMERO

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