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Sélvido Candelaria: producto del mágico realismo michero

Ha sido repetido varias veces, siempre con razón, que cada hombre es el producto del ambiente en el cual nace y crece, de la gente que conoce, de los libros que haya leído y hasta de la música que repetían en el bar de la esquina próxima a su casa. Gabriel García Márquez describe una serie de fenómenos asombrosos

Sélvido Candelaria, el autor de ¡Boom

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El escritor colombiano, al recibir el Premio Nobel de Literatura, el 10 de diciembre de 1982, recordó ante el plenario de la Academia Sueca que el navegante florentino Antonio Pigaffeta, quien acompañó a Magallanes en su primer viaje a América, dijo haber visto en estos pueblos cerdos con ombligo en el lomo, pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en la espalda del macho y otros extraños fenómenos como alcatraz sin lengua con picos que parecían cucharas. Contó el navegante citado por el nobel colombiano, que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mulo, cuerpo de camello, patas de cuervo y relincho de caballo. Dijo que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron un espejo de frente y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón. Quizás todo esto sea producto de la imaginación del marino florentino y por momento de la comprobada fertilidad mental del autor de Cien años de soledad.

Sin embargo, de lo que no nos cabe duda es de que aquí mismo, en nuestra porción de isla, ocurren hechos singulares que parecen surgidos de similares fantasías, los cuales justifican la alegada existencia del llamado realismo mágico latinoamericano. El autor de la novela ¡Boom!, que hoy se presenta al público es, sin dudas, como ente creativo, el producto de la cultura y hábitos del entorno donde creció, un pueblo pequeño recostado de una cadena de montañas que forman parte de la Cordillera Oriental y limitado por un espejo marino verdeazul que separa a Miches de Samaná, atrapando entre ambos junto a Sabana de la Mar, una bahía espléndida.

Hablo de ocho calles paralelas al mar que corren de este a oeste y que aún se mantienen casi inalterables cruzadas de otras diez u once que transitan retorcidas de norte a sur terminando, estas últimas, todas en el mar o en la montaña según la dirección que se siga. Como en todos los pequeños pueblos, en Miches siempre hubo una iglesia y su cura, un parque que solo se veía habitado los domingos en la noche cuando la banda de música del municipio tocaba el concierto acostumbrado, la gallera municipal, principal entretenimiento de los varones adultos del pueblo, tres burdeles ocupados por pobres mujeres que en vez de lujuria provocaban pena y un síndico que bien podía haber venido de ser agricultor, pescador o cobrador de guagua.

En Miches ocurrían hechos muy particulares. Les contaré algunos solo para ilustrar a la audiencia de las fuentes que indefectiblemente pudieron alimentar la esencia imaginativa y la personalidad creativa del autor: A mi tío Pilo Peralta se le impidió de por vida acceder a la gallera porque en un arrebato compasivo se tiró a la valla y separó un gallo de otro al cual el primero le tenía clavada la espuela. Pilo gritó: “Carajo y van a dejar que ese animal mate a ese otro”.

Machiche era un pescador y trabajador de fincas de cocos y solía, al iniciar sus jornadas, cuando no llevaba “metura” para el almuerzo, tirar un anzuelo a la laguna y en la medida en que alguna mojarra u otra especie quedaba atrapada, en lugar de sacarla del mar como es la lógica costumbre, procedía a amarrar el cordel de pescar de un árbol hasta que le fuera útil.

Miguel Cabrera un buen señor que, de vendedor ambulante de telas, mutó a ser juez de paz, sacó un enorme revólver en plena audiencia frente a un joven abogado llegado de la capital. El jurista representaba en un proceso de accidente vial a la compañía aseguradora puesta en causa. El letrado alegó que el tribunal y, en consecuencia, el juez, no eran competentes para conocer el caso. El juez asumió la excepción de incompetencia como un agravio personal y blandiendo el arma de reglamento expresó: “Este sí es competente, más incompetente es usted, coño, usted no es hombre para insultarme en mi cara”.

Quizás les interese lo de Juan Luis. Les cuento que Juan Luis era un hombre de una fortaleza física tan descomual que siendo pescador en canoa se llevaba la canoa al hombro para su casa luego de regresar de la pesca. Lo habitual era dejar la embarcación anclada en el mar o varada en la orilla. Pero no Juan Luis.

Mi tío abuelo Emilio de la Cruz era un hombre enorme, casi un gigante. Todos en el pueblo lo llamaban Emiliote por sus dimensiones físicas. Ante la emoción de ver su gallo perder, Emiliote cayó muerto en plena valla, llenando con su cuerpo interminable todo el espacio del redondel de la gallera.

Pero las singularidades no terminan ahí, por eso y no puedo dejar de contar que Eugenia y Fidel eran los rezadores oficiales de todos los mortuorios, aunque jamás se les vio en misa y cuyas letanías nadie entendió nunca, pero sin la presencia de uno de ellos no se concebían unos nueve días como merecía cada difunto.

Termino con el relato del vale Páez. Jamás supe el nombre real de este señor apellidado Páez a quien todo el mundo llamaba Vale Páez. Este buen hombre llevó una libra de arroz a un convite, que no es más que un conjunto de personas que se reúnen para un trabajo agrícola particular, al ser servido el moro colectivo para el cual cada trabajador había aportado su porción de arroz, Vale Páez advirtió que en su plato no había concón por lo que procedió a preguntar: “Pero bueno, ¿el mío pegó o no pegó? Semejante reclamo dio lugar a una discusión de gran envergadura que entre hombres acalorados por el trabajo y portadores de machetes pudo terminar en una desgracia insospechada. Tal vez en ningún otro lugar del mundo se haya generado una discusión por razones similares.

Estas son solo muestras del ambiente en el cual creció el autor objeto de estos comentarios a quien todos llamábamos Armandito que es un diminutivo del nombre de su padre, aunque oficialmente se llama Sélvido Antonio. Conocí a Armandito cuando mi madre me llevó agarrado de mano y me entregó al padre Daniel, un sacerdote canadiense de la orden de los scarboros que era realmente el padre del pueblo.

Al ingresar como monaguillo o clérigo, como solíamos decir en Miches, me encontré con un gordito algo más joven que yo que ya era el líder entre los que asistíamos al padre Daniel en el oficio de la santa misa. Luego coincidimos en quinto curso y ya nunca más dejamos de compartir las aulas hasta que me marché del pueblo, primero que él y antes de terminar el bachillerato.

Confieso aquí que nunca imaginé a Armandito siendo escritor. Su capacidad para el razonamiento y solución de problemas matemáticos y físicos eran envidia de sus condiscípulos, yo incluido. A Armandito, siempre lo he sabido, le sobran inteligencia y destreza mental para haber sido lo que hubiese decidido ser en el campo académico o de la investigación, sin embargo, por un momento llegué al convencimiento de que, a la gente muy inteligente, como es el caso, a veces le falta un poco de disciplina para someterse al rigor de las aulas.

Estuve convencido por un tiempo de que este era el caso de mi fraterno amigo de infancia, pero para mi asombro, y a partir de ese hecho, empecé a entender, un día me presentó sus credenciales como escritor. Entre él y yo el que parecía escritor era yo que andaba siempre afanando detrás de un librito, ya sea de autor foráneo o extranjero, según las limitadas posibilidades de un pueblo donde no había librería ni biblioteca. Pero el tiempo demostró que detrás del gordito con auras de científico que en ocasiones le corregía la plana a la maestra de matemática o de física, se escondía una vocación para la creatividad literaria insospechada hasta para los que creíamos conocer los resquicios de sus intimidades.

Hoy sabemos que entre los dos monaguillos y entre los dos adolescentes que “diletaban” en el parque frente al mar

Atlántico y a la bahía de Samaná, había un escritor en ciernes, y que ambos nos burlamos de los prestigiadores porque la vocación y disposición para la creatividad literaria la tenía el otro, el insospechado. La prueba está en los magníficos libros publicados y en esta novela que hoy se pone en manos del público, la cual, no me cabe ninguna duda, romperá paradigmas. El autor nos sorprendió a todos con su disimulada vocación y este libro, estoy seguro, tiene la capacidad suficiente para generar reacciones, esto, por distanciarse de modelos y formatos acuñados en el oficio de escribir novelas en la República Dominicana. Pero mejor será que no les cuente mucho del libro, puesto que el programa contempla la intervención de un especialista de alta capacidad en la materia para introducirnos en los recovecos de la obra, y todos sabemos que a los especialistas se les debe guardar respeto. Muchas gracias.

(Palabras pronunciadas por el doctor Antoliano Peralta Romero, ministro de Justicia, durante la presentación del libro ¡Boom!, de Sélvido Candelaria, acto efectuado el 21 de marzo de 2026 en el recinto de la Universidad Autónoma de Santo Domingo en Hato Mayor)

Sobre el autor

Antoliano Peralta Romero