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Tío Lambertus Ferdinard Bryan George, tío Bryan y Norberto James

Tío Brayan

Tío Brayan

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Por: Onorio Montás

Mi querida tía Lavinia, una de los nueve hermanos de mi madre (Lavinia Augusta González Amador†), nacida en 1914, casó con un “cocolo”, tío Brayan, con quien procreó a: Juan Alcides, Julio Lamberto†, Consuelo Migdalia†, Francia Noris, Filadelfia (Fida)†, Bélgica María (Beca), Arturo Enrique, Rafael Antonio (Kele) y César Augusto (Tico)†.

Viví cierto tiempo en los bateyes y conocí de cerca un personaje distinguido del ingenio Consuelo (Consuelo Sugar Company, San Pedro de Macorís), mister Kilbu (Edwin Ingersoll Kilbourne), pues “tío Brayan” era su superintendente de colonias de confianza, después se convirtió en la Azucarera Haina, C.

por. A.. Cuando el ingenio pasó a manos del generalísimo Trujillo, siguió siendo el responsable del batey. Recuerdo la casona asignada al superintendente era la principal del batey Don Juan con un enorme pasillo a todo derredor como galería, a pocos kilómetros del ingenio Consuelo donde había un pequeño ganado que era atendido por un “leal” haitiano que tenía toda la vida con la familia Bryan-González. Solo lo conocíamos por “Lui Pié”. Ordeñaba las vacas, cuidaba los caballos, principalmente el hermoso caballo de tío Brayan y la enorme mula de monta para inspeccionar las colonias. Una de las tareas que teníamos mis primos Kele, Tico y yo era vigilar las vacas para que no comieran “anamú” porque dañaba la leche, desde el olor hasta el sabor, y teníamos que botarla y echársela a los becerros. El anamú tenía un olor muy particular y le impregnaba ese sabor desagradable a la leche. Debíamos además “inspeccionar” y eliminar cualquier planta de anamú que detectáramos; a veces cuando se iniciaba el ordeño siempre esperábamos que estuviera terminando para que nos repartiéramos el “apoyo” del ordeño, mis primos y yo, que era la leche más rica y espesa que se obtiene al final de cada ordeño.

Los traslados de un batey a otro eran una especie de mudanzas de “gitanos” en los que me tocó participar, desde Don Juan hasta batey Monte Coca y batey Verde, hasta que mandaron a tío Brayan al ingenio Montellano en el norte del país, en Puerto Plata, donde fue retirado y falleció al poco tiempo.

“Tío Brayan”, al igual que la mayoría de los “cocolos” trataba a sus hijos y a todo el mundo como “usted”, estableciendo una línea de respeto entre él y su interlocutor, hasta con su esposa tía Lavinia. Era una costumbre inviolable. Recordaba con dos amigos, hijos de cocolos, Mateo Morrison Fortunato y Carlos Mc Coy Guzmán, a quien Julio César Malone, también cocolo y gran amigo, se burlaba de Mc Coy diciéndole que por su segundo apellido, “Guzmán”, era un “cocolo ibérico”. Ambos me confirmaron esa costumbre de los cocolos sobre el tratamiento a sus hijos como una forma de dirigirse a quien le hablaba generalmente como un tratamiento de respeto o distanciamiento. Mateo Morrison me cuenta que su padre no era propiamente “cocolo”, pues venía de Jamaica y no vino a la industria azucarera. Narra en su libro “Good Morning, Mr. Morrison”, un relato sobre el inhumano colonialismo en las Antillas Mayores, pero que la mayoría hablaba inglés. Mister Morrinson se había educado en Inglaterra.

Los “cocolos en su mayoría eran Odfelos (Orden Independiente de Odd Fellows), que es una organización fraternal internacional, no religiosa ni política, dedicada a la camaradería y al servicio comunitario. Recuerdo los domingos y días festivos que eran días especiales donde los hombres vestían con toda formalidad sacos y corbata y las damas sus mejores galas y sombreros; al igual que los guloyas que son el referente folclórico más importante de San Pedro de Macorís y la región del este. Su gran valor histórico y cultural los han convertido en uno de los legados más valiosos de los cocolos que se han transmitido de generación en generación.

Norberto Pedro James Rawling, mi gran amigo…

Norberto, mi hermano “cocolo”, como yo le decía, nos conocimos en la capital, no en el ingenio Consuelo donde él había nacido.

Coincidimos en el liceo Juan Pablo Duarte, en el segundo de bachillerato, alumnos de la consagrada profesora Ligia Amada Melo de Cardona. Una bendición haber sido alumnos de “La Cardona”, quien tenía la virtud de recordar los nombres y apellidos de todos sus alumnos en el segundo “B”.

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James y yo pertenecíamos a una -Célula- yo del 14 de junio (1J4) y Norberto, del MPD, y éramos dirigentes de la Unión de Estudiantes Revolucionarios (UER) junto a Leonte Brea, Ramón Pérez Martínez (Macorís) y Otto Pichirilo. Además, practicábamos “campo y pista” en las instalaciones de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Recuerdo que las extremidades de Norberto eran casi de mi altura.

Luego fuimos a parar al novedoso Liceo Panamericano, dirigido por doña Gracita y Eduardo Melo; un liceo experimental del bachillerato donde Norberto mostraba sus cualidades de pianista para un grupo selecto de amigos (Hoy Museo Nacional de Historia y Geografía y la Cinemateca Dominicana). Vivió con su madre en la calle Montecristi, en San Carlos, doña Dolores Rawlings, que dedicaba a lavar y planchar ropa. Su padre había fallecido. Era jamaicano. Aubrey James, había sido químico azucarero en el ingenio Consuelo de San Pedro de Macorís.

Al iniciar la revolución de abril, Norberto seguía militando en el MPD; yo seguía en el 1J4, pero nuestras relaciones se mantenían inquebrantables. Al morir su madre, doña Dolores, vivió un buen tiempo en una buhardilla en mi casa en la calle San Juan Bosco # 26; trabajó un tiempo en la Compañía Dominicana de Teléfonos como telefonista en las madrugadas, luego logró salir del país en un largo periplo, cambiando hasta de nombre, y terminó becado para estudiar Filología en la Universidad de La Habana, Cuba.

Mi “hermano cocolo” siempre vivió la nostalgia que expresó en su gran poema “Los inmigrantes”:
Al regresar de Cuba en 1979 al cabo de los horrorosos 12 años de Joaquín Balaguer, Norberto inicia otra vida se casa y comienza a trabajar para el Estado dominicano en el ambiente creado por el presidente Antonio Guzmán.

Yo no sabía de su gran amistad ni de la admiración que Miriam Ríos, mi esposa, sentía por él. Luego partió a Estados Unidos para completar un doctorado en Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad de Boston. Allí conoció a una aristocrática de la sociedad bostoniana, joven que se prendó de él hasta sus últimos días. Tras un largos padecimientos de la enfermedad de Parkinson falleció el 7 de enero de 2021.

Elizabeth Wellington (Beth) y Norberto James habían hecho el compromiso de cenar los 24 de diciembre en mi casa con mi familia, se hospedaba donde su padrino de boda en Boston, Massachusetts, Peter Croes Nadal y Joselyn Caminero, compromiso que cumplía cabalmente.

Sobre el autor

DELIA BLANCO

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