Vitruvio, formas y perfección corporal
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Justamente gracias a la obsesión por la forma, quinientos años atrás, Leonardo da Vinci pretendió inmortalizar las ideas de un genial pensador romano del siglo I quien,a pesar de no ser el primero, se preocupó por explorar las concepciones que conectaban lo geométrico, lo corporal y la disciplina arquitectónica.
Hablo aquí de la archiconocida obra El hombre de Vitruvio y de su fuente inspiradora, Marcus Vitruvius Pollio,constructor de guerra de Julio César y autor de los diez tomos que conformaron De architectura. Este imperecedero texto exploró la mecánica y la hidráulica; la astrofísica y la ingeniería militar; pero, sobre todo, hurgó en el significado de las proporciones de las diferentes medidas corporales. La cita a continuación extraída de sus páginas así lo revela: “…la naturaleza distribuye las medidas como sigue: cuatro dedos hacen una palma, cuatro palmas hacen un pie, seis palmas hacen un codo y cuatro codos hacen la altura del hombre…”.
Desde el cuerpo perfecto de la paideia helénica cercano a la divinidad; desde el descuidado cuerpo del medioevo portador del pecado como tentación al espíritu; del corsé de la Europa postrenacentista que torturó la figura femenina, hasta su versión posmoderna de instrumento mostrable, y sobre todo vendible, la geometría proporcional de sus partes ha preocupado a hombres y mujeres que debaten la relación entre la verticalidad angosta (lo esbelto de él) y su horizontalidad esférica (lo no deseable de él) enfocados cuasi obsesivamente en una única medición paramétrica: el peso corporal.
A fin de extrapolar su ideario sobre lo que es proporcional a las consideraciones arquitectónicas, Vitruvio partió del cuerpo estableciendo que para este poseer la perfección debería lograr entrar en un círculo y en un cuadrado superpuesto en el cual el primero representaría al Paraíso, y el último a la Tierra, espacios donde el Hombre se ubicará como ente central, símbolo de unidad y estabilidad del existir universal.“Si un hombre se coloca de espaldas, con las manos y los pies extendidos, y un par de compases centrados en su ombligo, los dedos de sus dos pies y manos tocarán la circunferencia del círculo descrito”, dijo Vitruvio, estableciendo que, así como el cuerpo delimita un contorno circular, puede además encontrarse un cuadrado a partir de él.
La literatura, en particular la poesía, recurre a imágenes geométricas como juego metafórico en el que lo lineal/horizontal (lo cronológico) desaparece para dar espacio a la verticalidad, a la caída gravitacional en la que buscamos el Ser y el interior de las cosas. Lo absurdo y profundo de la imaginación tras la cual aparece el movimiento contrario: el ascenso hacia la superficie que podría ser lo palpable y cotidiano, el amor, o la persecución del sentimiento.
Hablamos de la poesía vertical del argentino Juarroz quien, quizás más que nadie, abrazó aquella idea de Gastón Bachelard de que “el tiempo de la poesía es vertical”. Pudiésemos igualmente meditar sobre el significado del orden esférico en Octavio Paz, “reflexión sosegada ante la esfera henchida de sí misma como una espiga, más inmortal, perfecta, suficiente…”. Es nuestro interés, sin embargo, contextualizar aquellas ideas vitruvianas en el acontecer contemporáneo a partir de una curiosísima reciente investigación médica.
En su número del 9 de junio de 2020, la prestigiosa revista estadounidense JAMA publicó un estudio en el que se comparaban las proporciones corporales obtenidas por Da Vinci a partir del texto de Vitruvio cinco siglos atrás, con las logradas en la actualidad gracias a un instrumento de escaneo corporal tridimensional. Lo hicieron en 65 mil hombres y mujeres sanas que, si bien no procedían de la Toscana del siglo XV, sirvieron de modelo para el análisis antropomórfico de sus rasgos físicos siguiendo al pie de la letra las mediciones del genial pintor.
Para sorpresa de los científicos a cargo de este experimento, el Vitruvio contemporáneo exhibe casi con exactitud la idealización matemática obtenida por Leonardo excepto la expansión de los brazos y la longitud de los muslos. De hecho, el resto de las mediciones obtenidas estuvieron dentro de un margen de diez por ciento el cual, considerando la ausencia de tecnología disponible entonces, podría considerarse en el rango de error. Parecería pues, que en cinco siglos no ha cambiado mucho nuestra constitución físico-anatómica.
Los sociólogos saben, sin embargo, que cuerpo es más que anatomía; es espejo social, objeto de valoración colectiva y signo no sólo de las apariencias, sino también de las relaciones socioeconómicas (de clase) y de control sociopolítico, tal como enunciaron Foucault, Boltanski y Bourdieu. Como muestra, ilustran la relación laboral (física) con la percepción del sujeto de su propio cuerpo: aquel que dependa de la fuerza y del vigor para generar su modus vivendi se preocupará por estos rasgos más que por la belleza, la gracia o la “forma física”. Los últimos inquietarán al individuo con mayor instrucción y posicionamiento social cuya producción económica dependerá más del ejercicio intelectual.
Las consideraciones de Le Breton, otro pensador clave en estos menesteres, aportan pistas sobre la naturaleza del quehacer del cuerpo hipermoderno convertido ya en lugar ¿habitus? deldiscurso social. Entre ellas destacan el que su retórica haya sustituido a la del alma (alma aquí como sentir, pensar) gracias a la moral del consumo; la consolidación de una individualización de la corporalidad cercana al narcicismo en la que la moda y la transformación “estética” dominan; y por último, el que el individuo desee, y sea capaz de modificar el cuerpo y con ello,trastocar su identidad convirtiéndola, ya no en la encarnación de sí mismo, sino en una metamorfosis-construcción manipulable. En un cuerpo ajeno, en suma.
El poeta Antonio Gamoneda dijo que los hechos artísticos son necesariamente hechos sensibles que suponen una física, es decir, un cuerpo: el cuerpo de los símbolos. Las artes, en particular la danza, la plástica y la poesía, han hecho del cuerpo un refugio al cual urge acudir en estas confusas épocas de corporalidad vapuleada.
Si los siglos no parecen haber alterado la fisicalidad del Hombre como sugiere el análisis abordado en los párrafos anteriores, queda el deber de al menos cuidar de ese depósito de piel y órganos que una vez contuvo en sí la figura del alma a fin de que represente la maravilla pensante y sintiente que somos. Ese cuerpo “Patria de sangre/ única tierra que conozco y me conoce/ única patria en la que creo/ única puerta al infinito”, como sentenció una vez Octavio Paz.