Taberna de la gallina gorda

FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
La ocupación principal de los políticos es matar a la gente! ¡Matan en las guerras, matan en las comisarías de policía, matan de hambre con las devaluaciones monetarias, con los paros, encarecimientos, abusos, trampas o arreglos injustos entre grupos de poder! El tipo que hablaba tenía la cara roja; se veía en sus ojos que había bebido mucho. Probablemente llevaba varias horas en la taberna. El recinto estaba lleno de humo de tabaco, gritos y risotadas.

Al entrar, Miklós buscó en las mesas más próximas a la puerta al amigo que le había citado. – No ha llegado aun, dijo para si. Se sentó en la barra y pidió una copa de vino. Con sorprendente rapidez el bartender colocó una copa en el mostrador y la llenó sin derramar una gota. – Aquí está, señor. – Gracias. Miklós levantó los ojos y descubrió que varios hombres lo observaban desde una mesa en penumbra. Detrás de la mesa, sobre un cristal parcialmente esmerilado, destacaba la pintura de una gallina con patas robustas y abundante plumaje. El vistoso cuadro formaba parte de un ventanal que daba a la calle. La gallina tapaba el cuerpo de los transeúntes pero dejaba ver sus cabezas.

Miklós acomodó la silla de manera tal que pudiera apoyarse en la barra, mirar a quienes le miraban y atisbar por encima de la gallina para ver a los que entraban al lugar. – ¿Ha visto el cartel, ahí afuera, anunciando el concierto? Van a tocar la música de un americano llamado Gershwin. Esa Rapsodia que aparece en el programa está más cerca de la fanfarria que del poema sinfónico o de la sonata. ¿Es usted músico? Miklós cayó en la cuenta de que el hombre que preguntaba se dirigía a él.

No lo conocía; y tardó un poco en contestar: – No señor, no soy músico, ni he leído el cartel. – Perdone si le he importunado, dijo el otro con cara de quien ha sido desdeñado. – Estoy esperando a un amigo que estudia en esta ciudad. El viene a menudo a la taberna porque, según explica, queda en el camino a la universidad. Yo no había venido nunca; es la primera vez que pongo un pie aquí. El tipo se dio por satisfecho con la aclaración de Miklós y acercó la silla. – ¿Usted es húngaro? – Si, claro, soy húngaro? ¿Cuál es el problema? – Oh, no, no hay ningún problema; es que conozco un joven húngaro – uno que consume mucha sopa en compañía de una mujer turca -; él dice que los centro americanos que viven en Praga rezan todos los días al Santo Niño; hace comentarios sobre las costumbres de los extranjeros. Y pregunta a menudo ¿Por qué hay en esta época tantos emigrados?

– Los emigrantes actuales son voluntarios. No salen de su país con motivo de guerras, de persecuciones religiosas o étnicas, como ocurría anteriormente. Se van porque quieren irse. No se sienten bien; sea por cuestiones políticas o por asuntos de trabajo, son muchos los que abandonan los países donde han nacido. Suman millones en el mundo entero. Si los reunieran en algún lugar podrían constituir “el tercer país más poblado” de la tierra, después de China y la India.

Migraciones de ese volumen han sido pocas en la historia moderna. – La trata de esclavos movilizó quince o diez y seis millones de personas; pero contra su voluntad y en un lapso de tres siglos y medio. – Así es, tiene usted razón. Ahora es otra cosa completamente distinta; pero igualmente trágica.

– Miklós, aquí estoy. Era Ignaz quien saludaba golpeando suavemente la espalda de ambos hombres. – Sentémonos más allá; ¿tienes mucho tiempo esperando? – No mucho; conversaba con este señor mientras escuchaba opiniones terribles sobre los políticos; parece que a algunos checos no les gusta la música culta norteamericana. Me ha dicho que sorbes muchos platos de sopa y que estás preocupado por las migraciones en el mundo de hoy. – Ah, te ha puesto al corriente de esas charlas a la hora de comer. Para calentarme y volver a la biblioteca me hago servir un plato de sopa de vegetales. Me gusta hacer preguntas a las gentes, saber lo que piensan alrededor de los problemas sociales más conflictivos. A eso también vengo aquí; a veces los problemas grandes son invisibles. Tener una montaña enfrente nos oculta el paisaje, estorba la construcción de la perspectiva. Existen individuos que no distinguen entre el agua de colonia y la leche de magnesia; pero hay otros agudísimos que te dejan boquiabiertos; ven cosas que nadie ve.

El entontecimiento no es general, como afirmaba Ladislao Ubrique. La inteligencia es semejante a la hierba mala: renace en las peores circunstancias climáticas y en las tierras más áridas.

– Conozco a un químico que viene a la taberna los fines de semana. Parece que huye de la mujer. A ella no le interesa la química, ni la literatura, ni las noticias. Sospecho que tampoco “el ejercicio de la sexualidad”; así lo dice el compañero de tragos del químico, un viejo pensionado de lenguaje corrosivo. El químico tiene una mente prodigiosa; está enterado de los cambios y transformaciones experimentados por las ciencias naturales y el pensamiento teórico. Es una pena que sus sabias palabras naufraguen en alcohol en una taberna llena de espías soeces, de jubilados enfermos y deprimidos. Te lo presentaré. Con solo oírle una vez apreciarás su penetración; y sabrás algo del severísimo daño social producido por la acción combinada de políticos y economistas. Praga, Checoeslovaquia, 1993. (M.U/ID).
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