Taberna de la gallina gorda

POR FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
– III –

Dejemos a un lado, Miklós, el fiasco de la policía secreta con la frase de Heraclito. En vez de considerar esa expresión sobre el alma como una simple metáfora, examinémosla con toda formalidad: “El alma es una chispa de la substancia estelar”.

Tú sabes sobradamente que para los antiguos la luna era un cuerpo celeste sin luz propia. Según Anaxágoras, “el sol manda su luz a la luna”. A esta última se la tenía por “una piedra fría”. Digamos, en el lenguaje de hoy, que la radiación solar es fuente de energía. El sol es la estrella central de nuestro sistema planetario. En el sol ocurren explosiones que lanzan al espacio millones de partículas radioactivas. Es lo que los astrofísicos contemporáneos llaman “el viento solar”. Una “chispa” es nada más que una partícula de un incendio mayor. Pero es una partícula portadora de energía térmica. Cuando hicimos juntos aquel curso de literatura comparada nos obligaron a estudiar leyes físicas de la mecánica de Newton. No sabíamos por qué, ni para qué. ¿Recuerdas al sujeto que dictó la charla acerca de la fotosíntesis? ¿Física clásica y biología actual? ¿Qué literatura es ésta? decíamos los dos. El propósito básico era que los escritores, que suelen apoyarse únicamente en conjeturas, no hicieran afirmaciones gratuitas, sin fundamentos experimentales: ¿De dónde sale la energía del sistema nervioso? ¿Del glucógeno de las plantas que resultan de la fotosíntesis y que son alimento de todos los animales? ¿Una chispa de la substancia estelar es suficiente para sostener en el alma la ambición política, la voluntad de acción, la inteligencia teórica, la imaginación artística?

– Vengo a este lugar a oír toda clase de discursos. Algunos estrafalarios e incluso disparatados; otros son divertidos y estimulantes. De vez en cuando escucho opiniones sorprendentes, utilísimas para mis trabajos académicos. No todo lo valioso ha de salir del claustro universitario. Los catedráticos viven “ceñidos al programa de estudios”, cumplen las reglas al pie de la letra. Todos desean ser promovidos: ascender en las categorías profesorales y rangos salariales. Miklós, Kant mismo enseñaba una filosofía en la que no creía. Para que no lo echaran de su cátedra debía explicar a Aristóteles y a los escolásticos. La auténtica filosofía pensada por Kant estaba conectada con los descubrimientos científicos de su tiempo; pero no con las costumbres y “las autoridades” de aquella época. No vengo a beber a la taberna. Tomo una o dos copas de vino para calentarme. Cuando tengo que estudiar varias horas prefiero comer una sopa de vegetales. En realidad, vengo a observar trozos de vida articulados en una sociedad concreta, la de la gente checa.

– Me alegra mucho saber estas cosas y reunirme contigo. Tengo muy pocos amigos en esta ciudad llena de introvertidos y esquizofrénicos. – No es así, Miklós; ya irás conociendo la gente de aquí. En Budapest también hay individuos rarísimos, que parecen sacados de un cuadro cubista. ¿No crees que peor sería si fueran invertidos y oligofrénicos? Miklós abrió la boca en una amplia sonrisa. – Ignaz, en esta ciudad estuvo Panonia. Ella dice que aquí viven y trabajan muchas personas inteligentes, como el químico ese que te ha cautivado. Ahora ella está en Hamburgo y Ladislao está en La Habana. Lo que dices sobre los emigrados, y sobre cómo se articulan las vidas en esta sociedad o en la otra, son dos asuntos terribles. ¿Tu químico ha opinado alguna vez acerca de estas cosas? – Veo que continúas con ese tono burlón. Cualquier día los presentaré; tal vez te conviertas en un cliente habitual de La gallina gorda.

– No seas tan rígido, Miklós; ¿puedes dar vacaciones al razonamiento, a los “hábitos sistemáticos” que te inculcaron en Hungría? Me has dicho que Panonia te recomendó practicar la contemplación durante los fines de semana. ¿Podrías volverte tonto – metódicamente tonto – los sábados y los domingos? Los sabios de la antigüedad tenían en la cabeza un revoltijo: magia, poesía, religión, filosofía, ciencias y técnicas. Después, mucho después, comenzó la tarea “secesionista” que condujo a las especialidades. La ciencia moderna es una mezcolanza tan confusa como el pensamiento antiguo. Copernico, Kepler, Tycho Brahe, y hasta el propio Newton, fueron todos filósofos, brujos y científicos, en una sola pieza; Copernico, quien estudió un montón de disciplinas, retomó la idea antigua de los torbellinos. De revolutionibus procede de los atomistas griegos. Me ha dicho el químico que Demócrito explicaba el movimiento de los átomos mejor que Niels Bohr, pues Demócrito no pensaba que trazaban órbitas fijas. Creía que giraban en torbellinos, que dentro de los átomos y también entre ellos, había choques, roces y contragolpes, amontonamientos y rechazos. Los antiguos llegaron a considerar la posibilidad de que los átomos describieran trayectorias circulares, paralelas y contradictorias. Poco les faltó para formular las “relaciones de incertidumbre” o la mecánica “probabilística” de los cuantos. Siempre ha de haber un técnico, un experto, un sabiondo, un intelectual, un teórico, un brujo, que nos seduzca con palabras elocuentes, que cante la logopea que endulce nuestras perplejidades mayores. Después de oírlos no hay obstáculo para volver – al día siguiente – a las rutinas estúpidas, a las convenciones aceptadas por todos. Praga, Checoeslovaquia, 1993. (M.U/ID).

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