Teatralidad de la cultura

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En la República Dominicana no ha habido una política cultural definida a partir de una estrategia gubernamental específica. Nuestros actuales contenidos culturales son fundamentalmente anacrónicos, simulan un adefesio o envoltorio vacío. Aquí se ha venido desarrollando una amorfa animación de efemérides patrias y un ritual celebratorio que muestra la teatralización de nuestra vida cotidiana. Una teatralización del patrimonio como esfuerzo de simulación del origen, una sustancia que, según García Canclini, crea las bases de las políticas culturales autoritarias. Nuestra patria es un escenario donde todo actuar ya esta prescrito.
En este país nunca se ha desligado la política cultural del interés partidista. La impresión general es que nuestra cultura actualmente está postrada en estado de coma. Herida gravemente de muerte. De ahí que urge reanimarla. Inyectarle nuevos bríos e impulsos. No basta con celebrar frecuentemente eventos poéticos, cinematográficos y teatrales. Una política cultural bien definida requiere de un estatuto simbólico e imaginario. Requiere reinventar nuestra tradición a la luz de los nuevos valores.
Para conservar la tradición en la modernidad la primera estrategia es la espiritualización esteticista de nuestro patrimonio. La segunda es la ritualización histórica y antropológica, sin ningún interés manipulador, así como también la ritualización históricamente transformadora del mismo, bloqueando, por supuesto, su interés manipulador.
La tradición de un pueblo no puede individualizarse por el contenido de sus accidentales experiencias externas o internas, o por su vinculación a los valores que este hereda y recibe pacíficamente. Los modelos no son objetos de imitación o sumisión ciega -como ocurre tan frecuentemente con nuestra cultura con respecto al modelo de vida norteamericana-, sino que preparan el camino para que podamos oír la voz de nuestra propia expresión; son el inicio de nuestra conciencia y de nuestra dialéctica particular: el eterno rebasarse a sí mismo con base en la autoconciencia. La tradición cultural aprovecha las experiencias anteriores, pero las rehace, porque no es una suma, sino una síntesis, una invención.
Cada día se lleva a cabo un asesinato simbólico de nuestra cultura, y a lo que en realidad convidan el desarrollo de muchas de nuestras actividades es al cortejo fúnebre de la cultura. A las masas se las invita a participar, a simular, a jugar con modelos, pero hace algo mejor: participa y manipula tan bien que borra todo sentido que se quería dar a la operación. De este modo, según Jean Baudrillard, una especie de parodia de hipersimulación en respuesta a la manipulación cultural, transforma a las masas, que no debían ser más que el ganado de la cultura, el agente exterminador de esta cultura.
Ahora bien, toda operación sensata de liquidación de la cultura no hace, como es sabido, más que resucitarla. Hay un “hipermercado de la cultura”. Es ya el modelo de toda forma futura de socialización controlada: nueva totalización en un espacio-tiempo homogéneo de todas las funciones dispersas del cuerpo y de la vida social (trabajo, ocio, mass-media, cultura), retranscripción de todos los flujos contradictorios en términos de circuitos integrados. Espacio-tiempo de toda una simulación operativa de la vida social.
Aquí suelen elaborarse programas coyunturales de actividades donde lo popular se une más como algo preexistente, como algo construido. La trampa que a menudo impide aprehender lo popular, y problematizarlo, consiste en darlo como una evidencia a priori por razones éticas o políticas: ¿quién va a discutir la forma de ser de un “pueblo”, o a dudar de su existencia? La formulación de esta pregunta traza una estrategia decisiva que toma en cuenta una nueva perspectiva de análisis. Toma en cuenta la relación de los intelectuales y artistas con la industria de influencia masiva.
El sistema de la nueva cultura es mucho menos rígido que lo que parece a primera vista: depende fundamentalmente de la invención y la creación aunque, a su vez, estas dependen de él; las resistencias, las aspiraciones y la capacidad creadora del grupo intelectual tienen todavía posibilidades en el interior de nuestro sistema. Solo que el Estado no se preocupa ni apoya en lo más mínimo sus actividades. Como casi en todas partes, los artistas dominicanos somos unos parias, desdeñados y proscritos. Más aún, podemos volvernos más perceptivos ante esta realidad y ante los ingredientes de la práctica cultural de los gobiernos, y criticar la resignación ambivalente de muchos de sus funcionarios y burócratas. La nueva corriente cultural acentúa la “vedettización” de las actividades gubernamentales.
El “Estado seductor” impulsa a hacer de la cultura un servicio anexo a la moda. El cálculo costo-utilidad de una inversión cultural no tiene como parámetro el aumento efectivo del gusto o los talentos, en la población y a largo plazo, sino la superficie de exposición mediática. En la propaganda gubernamental, el anuncio de un evento es una imagen de fiesta que refuerza la transferencia simbólica de dominio y seducción.
Esta pretendida tiranía estatal no es signo de poderío, sino de la impotencia gubernamental para preservar un espacio simbólico de legitimidad propia. La prueba: la transmisión de los valores (objeto último de la cultura) es decidida “in fine” por la industria cultural y la ley de la ganancia, no por el propio Estado.
Así, al mismo tiempo que la materia imaginaria privilegiada por el nuevo cauce de la política cultural es la que presenta las apariencias de las principales actividades, la materia informativa privilegiada es la que, finalmente, presenta las estructuras de un consabido espectáculo: el relato de una manipulación anunciada.