Teatro; “Hay que deshacer la casa”, en la Sala Ravelo

Teatro; “Hay que deshacer la casa”, en la Sala Ravelo

Las actrices Gianni Paulino y Giamilka Román en una escena de la obra “Hay que deshacer la casa”.

CARMEN HEREDIA

Asistimos a la Sala Ravelo del Teatro Nacional, traída por el imperativo título “Hay que deshacer la casa”, obra del dramaturgo español Sebastián Junyent, en una producción de Atrévete SRL, dirigida por Manuel Chapuseaux, con la actuación de las actrices Gianni Paulino y Giamilka Román.

Al entrar en la sala, la escena nos aturde, es un caos como la vida misma, una casa en un desorden total, una maraña. Allí dos personajes contrapuestos, las hermanas Ana y Laura, entrecruzan sus caminos y tras muchos años separadas, deciden reunirse en su antigua morada para repartir la herencia familiar y deshacer la casa, última voluntad de la madre recién fallecida.

Ana es la hermana menor, abandonó el hogar a los 17 años, huyendo de un padre dictatorial; Laura, la hermana mayor, ha permanecido en la casa pueblerina junto a sus padres, respetando y conservando costumbres y tradiciones.

Ana duda, no se siente a gusto en aquella casa, pero Laura la convence, inician entonces un recorrido por un pasado que las marcó, y entre recuerdos, confidencias, reproches, risas y lágrimas, las actrices con sus actuaciones, -base estructural de toda puesta en escena-, nos envuelven en una espiral fascinante.

Giamilka Román es “Ana”, corporiza su personaje, con excelente manejo de la voz, y una movilidad desenvuelta, logra proyectar las transiciones. Su actuación es magnífica. Laura, la pasiva, tiene una intérprete excepcional, Gianni Paulino, alcanzando la mejor actuación de su carrera, imprimiendo a su personaje profundidad y dramatismo que se decanta en el soliloquio de evocación del ayer… mientras se escucha el bellísimo y nostálgico “Claro de Luna” de Debussy.

Las hermanas tras apurar varias copas de vino llegan al enfrentamiento, un verdadero debate de actuaciones con pinceladas de un humor relajante, luego, a medida que los recuerdos afloran disminuye el dolor, ambas han sido víctimas, el rencor hacia el padre omnipresente, las acerca, y como paradoja, encontrarán en la soledad que las agobia, la posibilidad de conciliación.

La distribución de la herencia es otro cantar. En medio de la barahúnda donde cada elemento es un referente, destaca el cuadro del padre, el espacio escénico logra el ambiente perfecto, con luces adecuadas para cada situación. Un demiurgo totalizador, Manuel Chapuseaux, pauta el tiempo logrando imprimir un ritmo “in crescendo a la acción”, alternando con precisos momentos de silencio; su mayor logro como director experimentado es haber transmitido a las actrices la intención del autor.

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