Terremoto y rostros de Cristo

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La confusión que crea la desgracia producida por el terremoto de Haití en el alma de muchos creyentes puede llevar a conclusiones religiosas equivocadas. El dolor, la angustia, el destrozo, la muerte  aparecen en los medios de comunicación en tantos rostros desfigurados. Gritos, oraciones y llantos llegan a nosotros y suben hasta el cielo: ¿Cuál es el sentido de todo esto? “¿Por qué lo has permitido, Señor?”

Algunos dan una respuesta demasiado fácil y nos hablan de castigo de Dios. Es cierto que somos pecadores, pero también es cierto que el terremoto no es un castigo de Dios. Entonces sigue la pregunta: ¿dónde has estado, Señor? Parece ser un momento de profundo abandono de la presencia de Dios para los creyentes. Pero de repente miramos otra vez, nos fijamos en otro rostro angustiado, herido, lleno de dolor, y surge de nuevo la pregunta: ¿Dónde estás, Señor? Y escuchamos la respuesta: ¡Estoy debajo de los escombros, en los pasillos de los hospitales, con hambre, sed, desnudo, enfermo, herido! 

La V Conferencia del CELAM en Aparecida nos dice: “Los cristianos como discípulos y misioneros estamos llamados a contemplar en los rostros sufrientes de nuestros hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos: ‘Los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo’” (393).

No tenemos explicación del sufrimiento, no tenemos excusa o racionalización. Pero tenemos fe. Dios está ahora y siempre con los que sufren, con los desamparados, con los que gritan al cielo y a la tierra para que les ayuden, más allá de las fronteras. Dios mismo se ha hecho hombre, ha bajado al último lugar y ha muerto en una cruz por esto, le reconocemos presente en el sufrimiento y el dolor. Muchos se han escandalizado frente a Cristo crucificado y dijeron: “Dios lo castigó” – “¡Qué se salve a sí mismo!”  (Mt 27,40). Y no fue así, Dios no lo castigó. Los hombres, sí lo abandonaron. ¿Cuántas veces los hombres han abandonado a sus prójimos y vecinos? Ahora bien, la historia de Jesús no termina con la muerte. La muerte no puede vencer al amor, y la resurrección confirmó la verdad de Cristo. Y hoy, en presencia del dolor más grande, también confesamos nuestra fe en la resurrección.

El documento de Aparecida nos invita a contemplar en los rostros sufrientes el rostro de “Cristo que nos llama a servirlo en ellos”. No hay que pensar en otros argumentos. Es sencillamente una llamada a servir a aquellos que sufren, para que puedan seguir viviendo. Sólo mirando y actuando con amor podemos encontrar a Jesucristo,  que “no ha venido a juzgar, sino a salvar al mundo”. (Juan 12,47). Mirando con amor lo encontramos a Él, que es el “rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre”. (Aparecida 107). Colaboremos para construir un mundo con más fraternidad y solidaridad, porque esto siempre tiene sentido, y donde hay amor, hay esperanza y vida nueva.