Terrorismo religioso

Terrorismo religioso

OSCAR E. COEN
Al observar atónitos en la TV como dos aviones repletos de pasajeros se estrellaban sucesivamente contra edificios emblemáticos de una sociedad afluente y segura de sí misma, donde se levantaban como expresión de riqueza y poder, ¿cuál fue la reacción generalizada? Acusar a “¡esos ignorantes, fanáticos musulmanes incapaces de diferenciar el enemigo bélico de los civiles inocentes!”.

Luego, al enterarnos desconcertados que no eran tales ignorantes sino profesionales, graduados algunos de universidades reconocidas, y el cabecilla Mohamed Atta, estudiante de arquitectura y técnico electrónico, la sensación de incredulidad  nos dejó desconcertados. ¿Cómo fue esto posible? ¿Jóvenes escogidos, víctimas de un lavado de cerebro? Cuando transcurrido apenas tres años se repite un escenario trágico parecido en Madrid, y meses mas tarde en Londres, y nos enteramos que las investigaciones  preliminares determinaron que los terroristas de los atentados simultáneos en esta ciudad eran jóvenes árabes que provenían de familias acomodadas,  varios nacidos y criados en la propia Inglaterra, donde estudiaron en buenas escuelas inglesas y no mostraban ningún síntoma de inadaptación social, uno se pregunta, ¿qué origina esa actitud de desprecio por la vida, en jóvenes educados que no están enfermos ni deprimidos? El problema central es que estos jóvenes terroristas están dispuestos a morir y matar por el espejismo anacrónico derivado de dogmas religiosos que les fueron inculcados desde muy temprana edad. ¿Son únicos los fanáticos islamistas?

Ancestralmente se ha considerado que el terrorismo siempre tiene, en mayor o menor medida, un componente de religiosidad, aunque no se acepte como intrínsecamente religioso. Por ejemplo: la formación  de la IRA, de innegable influencia católica, se asocia con el conflicto de Irlanda del Norte y sus diferencias con los protestantes; se dice que la ETA nace en España al amparo del clero vasco que siente que su país ha sido víctima de una injusticia histórica; el sionismo judío sentó cátedra en creatividad criminal en las décadas del ‘30 y ‘40 del pasado siglo y su integrismo se mantiene intacto a través de los partidos ultraortodoxos, cuya manifestación más espectacular fue el asesinato de Rabin; las guerrillas marxistas suramericanas se mezclan con la Teología de la Liberación dando pábulo a un Sendero Luminoso que trata de terminar con un sistema corrupto mediante atentados letales; Bin Laden cree que la occidentalización de las prácticas islámicas son la causa de su decadencia política, por lo que la guerra contra EE.UU. es legítima; el nacionalismo checheno, genuino y justificado, es fuertemente islámico…pero vamos a limitarnos a estos ejemplos de la época, por razones de espacio. 

Afincados en este análisis la situación árabe resulta paradigmática, pues al ser un área ausente de partidos políticos, las mezquitas llenan el vacío de la necesidad política, ergo las organizaciones fundamentalistas árabes como Hamas, Hezbollah y la Hermandad Islámica que ofrecen servicios sociales, asistencia medica, orientación y albergue temporal son identificadas en el medio oriente como la verdadera sociedad civil.

Las llamadas monarquías moderadas del Golfo Pérsico, particularmente la de Arabia Saudita, han financiado escuelas fundamentalistas o madrassas, no solo por misticismo, sino que así también logran desviar la atención de su opulencia y de su oprobioso régimen; estas escuelas difunden el pensamiento fundamentalista y se calcula que en los últimos 20 años, de ellas han egresado miles de talibanes y fanáticos musulmanes de todo orden, que identifican al mundo moderno, no musulmán, con mucha desconfianza y equiparan los EE.UU. con Satán.

La conclusión de lo expuesto es inevitable: el problema principal no radica en los mártires, asesinos místicos que potencialmente existen en todas las religiones. No, el gran adversario es la consuetudinaria iniquidad de inculcar fábulas y mitos religiosos medievales como dogmas, en mentes que todavía no han completado su desarrollo emocional ni intelectual, creándoles un estado de ansiedad e incertidumbre que es aprovechado por las organizaciones terroristas que los incitan al crimen. ¿Como a un niño que todavía tiene miedo de quedarse solo en la oscuridad de su propia habitación, le hablas de echarlo vivo al fuego eterno?… Pero, ¡oh maravilla! si crees en todo lo que digo y enseño, estarás redimido y entrarás al paraíso donde para siempre serán complacidos todos tus deseos.

En el caso de los potenciales mártires islamitas, en adición a las gratificaciones psicológicas en su rol de héroes, existen incentivos adicionales pues “súbita e indoloramente el alma del mártir, cuyos pecados son borrados con la primera gota de sangre, acompañada de hermosos pájaros verdes, vuela hasta donde moran Alá y su profeta Mahoma, para vivir felizmente por toda la eternidad acompañado de 72 bellas huríes (supermodelos, para nosotros occidentales)… Y  algo más: para asegurar la aceptación tácita de la familia, al mártir se le concede la gracia de interceder por 50 de sus familiares que podrán también disfrutar para siempre de las bondades del cielo islámico; en tanto, los más cercanos recibirán un estipendio de por vida. ¿Extraña que muchos prefieran la autoinmolación antes que detonar por control remoto?

Al referirnos al terrorismo religioso usamos la palabra fundamentalismo, hablamos de fundamentalismo islámico, católico, protestante o judío pero en el fondo todo fundamentalismo no es mas que un intento de dar respuesta  a una inseguridad existencial. De ahí lo apropiado y la especial vigencia que siempre tendrán las palabras, que al culminar el siglo XX dijo el bien recordado Pontífice Juan Pablo II ante una muchedumbre de más de 10,000 feligreses: “El Paraíso existe, pero no es un lugar físico ni una abstración… sino que es un estado de glorificación”.

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