Testimonio pertinente

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Este relato recoge mi testimonio sobre las horas que viví en Santiago junto a Salvador Jorge Blanco, durante la noche y madrugada del suicidio del presidente Antonio Guzmán.

Debo adelantar que este testimonio es un simple aporte bibliográfico que ofrezco escueta y objetivamente, sin conjeturas, especulaciones o aderezos, sin ánimo de polemizar con nadie. Que el lector o el historiador saque las conclusiones que estime de lugar.

La noche del sábado 3 de julio de 1982, mi esposa Rosa María y yo, siendo aproximadamente las 10:45, regresábamos a nuestro hogar después de haber cenado en la casa de un amigo y justo al abrir la puerta de entrada sonó el teléfono. La llamada provenía de Salvador Jorge Blanco, quien recién llegaba de Santo Domingo. El entonces presidente electo nos invitó a ir a su hogar a fin de conversar un rato a lo cual accedimos de inmediato.

Poco tiempo después de estar en la casa del amigo, en todo momento solos, Salvador, Asela, Rosa María y yo, se produjo una sorpresiva llamada telefónica de Jacobo Majluta informando a Salvador sobre el trágico suceso recién ocurrido en el Palacio Nacional.

Recuerdo perfectamente que Salvador nos dijo que Jacobo le recomendaba salir con discreción de su residencia, que él lo mantendría informado, enfatizando que no había motivo de alarma. Salvador facilitó a Majluta el teléfono de mi hogar y los cuatro salimos hacia alía, mudos y consternados.

Una vez en mi casa, Salvador ordenó al oficial que lo acompañaba, que procediera a reunir a todo el contingente de su escolta, dejada en libertad a su llegada a Santiago, lo cual se materializó con relativa prontitud. Una vez reunidos en mi hogar, Salvador explicó con pocas palabras a los militares lo que estaba ocurriendo, procediendo estos a posicionarse por todo el entorno de mi propiedad. Era ya domingo de madrugada.

Minutos después de radicarnos en mi hogar aquella memorable noche, Salvador recibió una nueva llamada de Jacobo, dándole detalles del hecho. Según nos dijo Salvador, aquel le había manifestado que se encontraba en el Palacio Nacional y que todo estaba bajo su control y que don Antonio había sido llevado al hospital donde se luchaba por salvarle la vida.

Luego, recibí una llamada del General Imbert. Al darse cuenta Salvador de quien era mi interlocutor, me pidió el teléfono, se identificó y le dijo que estaba en contacto permanente con Jacobo. El general sugirió que Salvador regresara a Santo Domingo y que a ese efecto él ponía a su disposición un avión de la base aérea de Santiago. Salvador declinó.

Momentos después, el General Imbert volvería a llamar explicando que un avión de la empresa León Jimenes llevaría a Santo Domingo al doctor Franz Joseph Thomen, amigo íntimo de la familia Guzmán y que Salvador podría aprovechar la ocasión para regresar a la capital. Salvador nuevamente declinó.

Procede expresar, a manera de paréntesis, en beneficio de una óptima compresión histórica, que en esos precisos momentos, las relaciones entre el General Imbert y el presidente electo eran excelentes. El desgaste y deterioro de las mismas vendría mucho tiempo después.

Recuerdo otra llamada de Jacobo Majluta, muy entrada la madrugada, informando el fallecimiento del presidente Guzmán.

Durante esa interminable madrugada se produjeron muchas llamadas a mi persona de familiares y amigos. Según recuerdo, durante esas largas horas, Salvador solamente habló telefónicamente con Jacobo Majluta y Antonio Imbert.

Recuerdo también la breve presencia de dos amigos que accidentalmente pasaron frente a mi casa y notaron los vehículos y el despliegue militar. Uno de ellos fue el doctor Rafael Estévez, quien fue un destacado dirigente de la Avanzada Electoral durante la compañía electoral y el otro don Fabio Jorge, fallecido, amigo personal de Salvador.

Ya entrada la mañana, Salvador nos dijo que se retiraría a su hogar a descansar un poco y que entre las diez y once de esa mañana, nos procuraría para asistir juntos a las honras fúnebres en el Palacio Nacional.

Pasado el mediodía, llegamos directamente al luctuoso acto. Nos recibió en el vestíbulo donde descansaba el féretro el ya presidente Jacobo Majluta, quien nos acompañó a ofrecer nuestras condolencias a doña Renée, Sonia, José María y demás deudos. Luego, en compañía del doctor Peña Gómez, quien a nuestra llegada se encontraba en el Palacio, y de otras personas, nos invitó a pasar al despacho del Presidente fallecido donde vimos, profundamente conturbados, el lugar de la tragedia, cuyos vestigios perduraban aún.

Permanecimos en el Palacio Nacional hasta el traslado del féretro hacia Santiago, tras lo cual nos dirigimos, acompañados del doctor Peña Gómez y otros dirigentes políticos y amigos, a la residencia del presidente electo en la calle Cub Scouts, donde de manera muy informal tuvo lugar un intercambio de impresiones en torno el trágico suceso.

Al caer la tarde de aquel domingo 4 de julio, regresamos a Santiago.

No puedo terminar este testimonio sin afirmar categóricamente que durante los tiempos de la Revolución de Abril, de las negociaciones de la denominada Fórmula Guzmán y hasta años después, nunca hubo rivalidad política entre don Antonio y Salvador, especialmente en esos días heroicos y cohesivos del 65, cuando Antonio Guzmán era la figura más representativa y preponderante de Santiago en la gesta y Salvador Jorge Blanco y Aníbal Campagna, sus más íntimos consejeros.