THE NEW YORK TIMES
Competencia por la verdad en Irak

BAGDAD, Irak.- Es sabido que es difícil obtener información precisa en el caos de la guerra. Pero en Irak, donde casi todas las milicias, partidos políticos y grupos insurgentes tienen su propia oficina de propaganda, la verdad se vuelve más elusiva cada día.

El pasado fin de semana, estalló una tormenta política aquí después de informes de que secuestradores sunitas habían tomado a 150 chiítas como rehenes en Madaen, una localidad al sur de Bagdad. Se dijo que los secuestradores amenazaban con matarlos, a menos que los chiítas aceptaran abandonar Madaen.

Debería haber sido fácil determinar qué sucedió. Se secuestró a personas y se hicieron amenazas, o no.

Pero no ha sido tan simple. Tres batallones del ejército iraquí registraron la ciudad y no encontraron rehenes. Días después, líderes políticos chiítas dieron a conocer fotografías horribles de varias decenas de cuerpos sacados del río Tigris, diciendo que los cuerpos – algunos de los cuales parecían haber sido asesinados semanas antes – eran de los rehenes.

Personajes políticos chiítas siguen insistiendo en su versión de los hechos. Muchos sunitas, mientras tanto, han calificado airadamente las denuncias como ardid tramado para justificar las invasiones de localidades sunitas. Equipos forenses están tratando de identificar los cuerpos – muchos de ellos muy descompuestos – pero no está claro que cualquier cantidad de pruebas satisfaga a alguno de los bandos.

Los reporteros, mientras tanto, se quedan navegando entre lo que en ocasiones parecen ser las versiones sunitas y chiítas de la verdad. No ayuda que los iraquíes – tras vivir décadas con la propaganda del gobierno de Saddam Hussein – tiendan a confiar en las redes que suministran rumores que refuerzan motivos de queja arraigados profundamente en la historia.

“En Oriente Medio, como en los Balcanes e Irlanda, los grupos religiosos y étnicos suprimidos tienen una especie de película de su propia opresión que se transmite en su mente”, dijo Michael Doran, profesor de Estudios Cercanorientales de la Universidad de Princeton. “En momentos de perturbación política, están dispuestos a añadir otra escena a la narrativa pre-existente”.

Irak se ha convertido en terreno especialmente fértil para las batallas en torno a las injusticias reales y las percibidas, dijo Doran, en parte debido a la variedad y relativa sofisticación de algunos grupos involucrados.

Los chiítas de Irak, que fueron brutalmente reprimidos bajo el régimen de Saddam, tienen una narrativa de masacre y opresión que se remonta a la fundación de su religión.

Y desde la invasión de Estados Unidos hace dos años, los chiítas han sido blanco de incontables ataques por parte de los insurgentes, quienes son predominantemente sunitas. Poco sorprende que tiendan a ver cualquier nuevo asesinato dentro del contexto de su legado de victimización.

Los sunitas de Irak, la élite que suministraba a la clase gobernante de la nación hasta la caída de Saddam, tiene su propia narrativ de desplazamiento e injusticia a manos de Estados Unidos. Después de la invasión estadounidense, grandes cantidades se unieron a la resistencia, incluidos hombres altamente educados que establecieron sofisticadas maquinarias de propaganda. Siguiendo un modelo ya usado en la vecina Arabia Saudita, inundaron el Internet con advertencias sobre la profanación de un territorio árabe por parte de soldados estadounidenses. Aparecieron videograbaciones y panfletos que pretendían mostrar la violación de mujeres iraquíes por parte de estadounidenses, y la cruel destrucción de ciudades iraquíes.

Para principios de 2005, los insurgentes habían montado operaciones de prensa a gran escala, dando su propio giro a los hechos cotidianos en una serie interminable de publicaciones en Internet. Aun cuando estuvieran anunciando que habían masacrado a un grupo de agentes policiales iraquíes, el mensaje era regularmente el mimso: se están llevando a cabo atrocidades contra los sunitas de Irak, y el islamismo requería que pelearan.

Mientras tanto, militares y agentes de espionaje iraníes se han filtrado en Irak en los últimos dos años, han dicho funcionarios iraquíes y estadounidenses. Ellos también propagan sus propias versiones de los hechos en Irak.

Todos estos elementos desempeñaron un papel en la historia del secuestro de Madaen.

Poco después de que surgieron los primeros informes del secuestro, miembros de los partidos religiosos chiítas de Irak empezaron a repetirlos y a adornarlos, ante reporteros y miembros de la nueva asamblea nacional de Irak.

Jawad al-Maliki, destacado asambleísta chiíta, dijo a legisladores que las amenazas de los secuestradores sunitas representaban “una especie de purga étnica”. Afirmó que el área alrededor de la ciudad había sido sembrada de minas, y que el ejército iraquí estaba desactivándolas. Otros asambleístas chiítas repitieron historias similares, y el número de rehenes chiítas creció constantemente, de 60 a 80, hasta llegar a 200.

Después de que batallones del ejército iraquí registraron la ciudad y rodearon el área el domingo y lunes pasados, se volvió claro que algunos aspectos de la historia eran falsos. La ciudad no estaba bajo control de insurgentes sunitas, como habían afirmado algunos legisladores. No había minas. Ni se encontraron rehenes vivos.

Aun así, días después, el nuevo presidente de Irak, Jalal Talabani, apareció en una reunión con otros políticos iraquíes para decir que los relatos del secuestro eran ciertos. Habló de las fotografías que mostraban a los rehenes asesinados encontrados en el Tigris, al sur de Bagdad, y esas fotografías fueron dadas a conocer al día siguiente.

Pero funcionarios policiales en el área dijeron que casi todos los cuerpos fueron arrojados ahí a lo largo de varias semanas, antes de que se hablara del drama de los rehenes. En un área donde muchos chiítas de hecho han sido asesinados por sunitas en el pasado, no estaba claro por qué o cuándo las víctimas fueron asesinadas, y por supuesto era imposible decir si los cuerpos descompuestos eran chiítas o sunitas o de algún otro grupo.

Sin embargo, las partes se aferran a su propia versión de los hechos, mientras circulan nuevos rumores.

Falah al-Naqib, ministro del Interior sunita de Irak, dijo que todo el asunto era un esfuerzo por parte de agentes de espionaje iraníes para atizar el conflicto sectario.

Juan Cole, profesor de Estudios Cercanorientales de la Universidad de Michigan, especuló en su página Web que toda la historia del secuestro podía haber sido fabricada por insurgentes del Partido Baath de Saddam, que son hábiles en difundir desinformación.

Los insurgentes, señaló Cole, quieren provocar una guerra entre sunitas y chiítas. Con ese propósito, observó, difundir rumores de un secuestro masivo pudiera ser igual de útil que realmente llevarlo a cabo.