THE NEW YORK TIMES
Con Benedicto XVI renace
orgullo alemán

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POR ROGER COHEN 
NUEVA YORK.- La elección de un cardenal conservador, Joseph Ratzinger, como el Papa Benedicto XVI plantea varias cuestiones doctrinales y sociales, pero también invita a reflexionar sobre un hecho asombroso: El nuevo pontífice es alemán, y ser alemán nunca es algo honrado.

No es honrado debido a la extensión de los crímenes de Alemania en el siglo XX y el perdurable peso de su pasado nazi. Como lo expresa el escritor alemán Peter Schneider: “La carga que el Tercer Reich dejó a las generaciones que siguieron ha sido más pesada de lo que imaginamos. Por supuesto, no somos culpables. Pero nos sentimos responsables”. Como resultado, los alemanes se plantean interrogantes que rara vez se plantean en otras naciones. Entre ellas: ¿Se permite el orgullo nacional?

Cuando viví en Berlín hace cuatro años, Cornelia Schmalz-Jacobsen, miembro del Partido Demócrata Libre, me dijo: “Ni siquiera sobre mi cadáver pudiera decir que estoy orgullosa de ser alemana”.

Pero en formas tentativas, esa palabra – orgullo – ha estado surgiendo en Alemania desde la elección del Papa Benedicto. “El que un conciudadano alemán haya llegado a papa nos llena de una alegría especial e incluso un poco de orgullo”, dijo el Presidente Horst Koehler. Noten el “incluso” en esa frase, y el uso de “un poco” donde otras naciones habrían dicho “inmenso”.

Angela Merkel, lideresa de los opositores democristianos, un partido con nexos con el nuevo papa, habló de “un momento de orgullo” para Alemania. Algunos comentaristas conservadores pensaron que la declaración no fue lo suficientemente lejos. ¿Por qué, se preguntaron, los alemanes no se lanzaron a las calles como los polacos hace más de un cuarto de siglo para festejar a Karol Wojtyla?

La respuesta, por supuesto, radica en parte en el lugar diferente de la fe en los dos países. Alemania es en gran medida laico, y a partes iguales protestante y católica; Polonia es profundamente religiosa y abrumadoramente católica. Pero una celebración polaca y una celebración alemana también lucen diferentes porque se reflejan en prismas históricos diferentes.

Una se asemeja nada más que a la exuberancia eslava, algo inocuo; la otra pudiera ser vista como exultancia teutónica, teñida con un fervor que inquieta al mundo. La República Federal está muy consciente de ello.

Pero esas inquietudes quizá estén aminorando. Como sugieren las referencias al orgullo, y como parece demostrar la elección de un papa alemán, Alemania ha recorrido un larg camino hacia la “normalidad” que anhela.

Los estados normales, después de todo, sienten poco remordimiento al expresar orgullo; Estados Unidos está lleno de él. En este sentido, el ascenso de Ratzinger al pináculo de la Iglesia Católica Romana representa una consagración del logro de posguerra de Alemania. Como editorializó Die Welt: “Esta elección papal es también un gesto de perdón para la nación europea más avergonzada. La conciencia del mundo ha aceptado la expiación alemana”.

No tanto. La prensa británica, bastante predeciblemente, habló mucho de los días del nuevo papa en las Juventudes de Hitler. Muchos de los comentarios británicos fueron mezquinos: Ningún adolescente en la Alemania de Hitler a principios de los años 40 tenía muchas opciones. Sin embargo, las alusiones a la juventud del papa no fueron totalmente inútiles.

Si nada más, reflejaron que en el curso de su vida un alemán podía pasar de ser un servidor – no obstante poco dispuesto e inútil – de un régimen vil responsable de asesinatos masivos industrializados a convertirse en vicario de Cristo en la Tierra.

Esa transformación personal no habría sido posible sin el milagro de la Alemania moderna y la resolución de la “cuestión alemana” que plagó durante mucho tiempo a Europa. Es una transformación que parece demandar, antes de que pase demasiado tiempo, una profunda reflexión papal que nos lleve más allá de lo que sabemos del papel de Ratzinger en el ecumenismo del Papa Juan Pablo II y la notable reconciliación de la Iglesia Católica con los judíos.

Su primera misa papal, que contuvo un mensaje de apertura y reconciliación, fue celebrada el 20 de abril, cumpleaños de Hitler. Esa es una coincidencia. También es una invitación a explorar lo que significa haber vivido una vida alemana en el siglo XX.

La elección del Papa Benedicto XVI, dijo Gary Smith, director de la Academia Americana en Berlín, “permite a los alemanes superar parte de su crónica desconfianza sobre su imagen moral”. ¿Pero cómo usará el papa esta influencia?

Es sorprendete que papas sucesivos hayan provenido del corazón de la tragedia de Europa en el siglo XX: Polonia y Alemania. En cierto sentido, el Papa Juan Pablo II venció la división física de Europa. Pudiera ser que el Papa Benedicto XVI venza la histórica herida síquica del continente, por la cual Alemania tiene una terrible responsabilidad.

Pero no todos los signos son alentadores. El año pasado, Ratzinger dijo a Le Figaro, el diario francés, que Turquía no debería ser admitida en la Unión Europea, porque “Europa es un continente cultural, no geográfico”. Añadió que las raíces que formaron a Europa fueron cristianas.

Esas palabras podían haber provenido de la boca de Merkel u otros democristianos prominentes en Alemania. Pero la exclusión de los millones de musulmanes que ya están en Europa de la supuesta “cultura” del continente y la exclusión adicional de Turquía, son ideas escasamente ecuménicas. Proviniendo de un eclesiástico bávaro conservador, sugirieron una idea casi mística de lo que constituye la esencia verdadera, o pura, de Europa.

El Papa Benedicto es cercano a los democristianos, particularmente Helmut Kohl, y fue invitado a la celebración del cumpleaños número 75 del ex Canciller alemán en Berlín a principios de este mes. No pudo asistir, pero su presencia se sentirá en una elección muy disputada el mes próximo en Rhenania del Norte-Westphalia. El brillo del Vaticano pudiera dar a los democristianos un impulso importante, quizá permitiéndoles arrebatar el control del estado al Partido Socialdemócrata del Canciller Gerhard Schroeder.

Ese giro, a su vez, amenazaría la supervivencia del gobierno de Schroeder. Eso sería interesante. También demostraría que este papa plantea a Alemania cuestiones históricas y políticas que debe enfrentar.