THE NEW YORK TIMES
Crece rechazo a Constitución Unión Europea en Francia

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POR ELAINE SCIOLINO
MONTPELLIER, Francia.- Mientras consumían emparedados de ensalada y grandes cantidades de vino local, miles de franceses deambulaban y discutían cuál es la mejor forma de salvar a Francia. Es decir, salvar a Francia de Europa: la Europa en cuya creación Francia tuvo un papel crucial hace medio siglo.

Pero ahora, afirman los antiglobalización y antiimperialistas, los agricultores y los obreros que atestaron la ahumada sala de exhibiciones de esta ciudad sureña, el 20 de mayo, Europa ha perdido el rumbo. Agregan que podrían ser tratados como traidores e imbéciles por sus oponentes, pero se llaman a sí mismos patriotas.

“Me siento como una estrella de rock”, comentó Jean-Luc Melenchon, un senador socialista de Essonne, mientras era abrazado y besado por sus admiradores por romper con su partido y unirse a la campaña en favor del “no”. “Las personas me detienen en la calle para contarme sus problemas y pedirme mi opinión acerca de la constitución”, señaló. “Les digo que es totalmente monstruosa”.

Una encuesta tras otra pronostican que los franceses rechazarán el tratado constitucional con 458 artículos en un referendo a celebrarse el domingo 29 de mayo. Si eso sucede, el cielo no se va a caer. La Unión Europea, integrada por 25 países seguirá adelante como antes bajo los actuales tratados, y Francia, uno de sus seis fundadores, seguirá siendo uno de sus miembros más importantes.

Sin embargo, el rechazo tendría fuertes repercusiones para Francia y Europa. Sería una humillante derrota personal para el Presidente

Sin embargo, el rechazo tendría fuertes repercusiones para Francia y Europa. Sería una humillante derrota personal para el Presidente Jacques Chirac, quien anunció confiadamente en julio que la constitución sería decidida mediante un referendo popular y no por el Parlamento, y cuyo índice de aprobación personal cayó hasta 39 por ciento, su punto más bajo, en una encuesta de BVA-L’Express dada a conocer el 20 de mayo.

Podría paralizar la toma de decisiones en la Unión Europea durante meses, demorar el acuerdo en torno al próximo presupuesto del grupo, retrasar el difícil proceso de admitir a nuevos miembros, inhibir la capacidad de la UE para proyectar poder como bloque en la política exterior y económica, y posiblemente debilitar aún más el euro y volver más difícil la imposición de disciplina a los niveles de gasto e inflación de las naciones.

Aunque se tome la decisión de continuar la ratificación hasta que todos los miembros decidan qué dirección tomar, la constitución necesita un “sí” unánime para entrar en vigor. En suma, como mínimo, un voto negativo en Francia frenaría el impulso de Europa como una fuerza unida.

Los “partisanos del no”, como son llamados aquellos que rechazan la constitución a ambos extremos del espectro político, celebran desde ahora.

El 20 de mayo se llevó a cabo una reunión de izquierdistas. Llevaban insignias y globos que declaraban que amar a Europa significa votar “no”. Compraron merlot producido por una cooperativa del área con etiquetas especiales que rezaban “no”.

Coreaban al ritmo de “Non, je ne regrette nien” (No, no me arrepiento de nada), entonada por Edith Piaf. Un puñado de trabajadores de la fábrica local de IBM contaron historias de que los empleos se fueron a lugares como Eslovaquia, Filipinas y China.

“Esta es una insurrección democrática”, declaró a la vitoreante multitud Jose Bove, el pastor y líder sindical que es el oponente más notorio de la globalización en Francia.

El mitin fue uno de decenas de actos programados para los febriles últimos días de la campaña con miras al referéndo nacional. El gobierno centro-derechista de Chirac unió fuerzas con el Partido Socialista y otras importantes agrupaciones políticas, con el aparato empresarial del país y con la mayoría de la elite política y económica de Europa, en un desesperado intento de último momento por cambiar la marea.

Al acercarse el día de la votación, el tema se ha apoderado de Francia. Los principales diarios publicaron gruesas secciones con grandes fragmentos de la constitución, junto con comentarios, y los debates sobre el tema dominan la radio y la televisión. Cinco de los 10 libros no ficticios de mayor éxito tratan de la constitución.

La desesperación de quienes desean el “sí” ha creado extrañas asociaciones, incluyendo una presentación de campaña conjunta de dos aspirantes rivales a la Presidencia: Nicolas Sarkozy, líder del partido centro-derechista UMP, y Francois Hollande, dirigente del Partido Socialista.

Gran parte de la elite habla del rechazo a la constitución en términos apocalípticos. Chirac afirmó que Francia “cesaría de existir políticamente en el seno” de Europa, en caso de votar “no”. Cerca de 100 líderes empresariales franceses emitieron un manifiesto en el que afirman que, aunque un voto negativo no causaría un trauma económico inmediato, sería “un grave error” para Francia a largo plazo.

Mario Monti, ex comisionado de competencia de la Unión Europea, advirtió que un rechazo desencadenaría una crisis de confianza entre los inversionistas, que podría convertir a Europa en un “suburbio de Shanghai”. Romano Prodi, ex presidente de la Comisión Europea, fue más lejos, y pronosticó “el fin de Europa”.

No obstante, algunos personajes políticos franceses advirtieron sobre los riesgos de exagerar las consecuencias de un voto negativo, lo que podría distanciar aún más a los electores. “No voy a retratarlo como el Apocalipsis”, habría declarado Francois Fillon, el ministro nacional de educación, ante una reunión en un domicilio privado en las afueras de París. “No les diré que, si no es aprobada, Europa se paralizará y Francia será proscrita de la unión”.

Tanto la izquierda como la derecha han explotado el temor de los electores a que la constitución sea un tratado “ultraliberal”, en el sentido de que veneraría una economía de mercado, despojándolos de sus generosos beneficios de salud, empleo, educación y pensión.

Jean-Marie Le Pen, el líder del ultraderechista Frente Nacional, que se opone al tratado, ofreció otra razón para rechazarlo. Afirma — incorrectamente — que una ratificación significaría la admisión de Turquía a la Unión Europea y grandes oleadas de lo que llama inmigrantes turcos “no europeos”, además de gitanos de Rumania y Bulgaria, y otras “miserables poblaciones nativas del este”.

Asimismo, la campaña subraya otro fenómeno político: la enorme brecha entre la elite francesa y los votantes ordinarios. “Existe hoy una verdadera división en la sociedad francesa entre Francia desde lo alto y Francia desde lo bajo”, asegura Jean-Paul Fournier, el alcalde centroderechista de Nimes, quien apoya la constitución pero cuyos electores votaron en 1992 en contra del tratado de la Unión Europea que dio paso al euro.

Fournier y sus administradores han cabildeado en favor de la constitución en los barrios de toda la ciudad, que padece más de 15 por ciento de desempleo y donde el Partido Comunista y el Frente Nacional son fuertes. En algunos de sus suburbios más problemáticos, el desempleo es de hasta 40 por ciento.

Uno de los desafíos que enfrenta el alcalde es que la constitución no promete nada tangible e inmediato. “Me preguntan todo el tiempo, ¿qué hay en ella para Francia?”, dijo Fournier en una entrevista en su oficina. “El problema es que no puedo decirle a un trabajador desempleado: Si votas por la constitución tendrás trabajo. Estaría mintiendo. Les digo que esta es una visión a largo plazo, para sus hijos y nietos”.

Paradójicamente, algunos líderes sindicales en Nimes favorecen la constitución, afirmando que, a la larga, una Europa fuerte ayudará a los trabajadores franceses. Pero también encuentran difícil convencer a sus filas de que su futuro se encuentra en una Unión Europea modernizada y más racional que, aseguran, traerá la constitución.

“Nuestros políticos han realizado una gran labor para culpar a la Unión Europea cuando las cosas están mal”, afirmó Patrice Couderc, un líder sindical de la región de Grand, “pero nunca la elogian cuando su dinero ayuda a construir un puente o un hospital, cuando impone una mejora en las condiciones de trabajo o la igualdad de derechos para las mujeres. El trabajador, la persona en la calle, no entiende el debate de la elite”.