THE NEW YORK TIMES
Fuerza de la ONU intenta sacudirse de misiones fallidas

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POR MARC LACEY
NAIROBI, Kenia.-
Las Naciones Unidas, agobiadas por su incapacidad para prevenir los asesinatos en masas en Ruanda en 1984 y por fallidas misiones en Bosnia y Somalia, permite a sus fuerzas de paz que monten algunas de las operaciones más agresivas en su historia.

       El cambio ha ido evolucionando durante la última década, en tanto el Consejo de Seguridad adopta la noción de un “robusto mantenimiento de la paz” y rechaza la idea de que la sola presencia de soldados con cascos azules ayude a detener los combates.

       Esto es más evidente aquí, en el Congo, que dirige el mayor despliegue de tropas de la ONU en el mundo. Las fuerzas de paz, a bordo de transportes blindados de personal, enfrentando ataques de francotiradores enemigos mientras avanzan lentamente por escarpados caminos de tierra en la región oriental de Ituri, responden al fuego. Y las tropas de paz rodean las aldeas en los bastiones de las milicias y buscan armas de choza en choza.

       “El fantasma de Ruanda pesa fuertemente sobre la forma en que la ONU y el Consejo de Seguridad decidieron actuar en Ituri”, explicó David Harland, un alto funcionario del Departamento de Operaciones de Paz de la ONU, en Nueva York.

       Un hito ocurrió en el 2000, luego de que los rebeldes en Sierra Leona mataron a algunos soldados de paz y tomaron a cientos más como rehenes. Las Naciones Unidas encargaron una revisión, encabezada por Lajdar Brahimi, el ex ministro de relaciones exteriores de Argelia, que solicitó que las tropas sean desplegadas con mayor celeridad en las operaciones de vigilancia de la paz. “Ninguna cantidad de buenas intenciones puede sustituir la capacidad fundamental de proyectar una fuerza creíble”, aseguró el “Reporte Brahimi”.

       Recientemente, un comandante en el este del Congo, un coronel de Bangla Desh llamado Hussain Mahmud Chludhury, señaló un enorme mapa en su ofician en Bunia, la capital regional, para mostrarles a los periodistas los puntos donde sus tropas persiguen a las milicias. “Aquí, aquí y aquí”, dijo, golpeando el mapa.

       “Si escuchamos que están en alguna parte, nos dirigimos hacia allá”, señaló. “No los atrapamos todo el tiempo, pero tienen que huir. Su moral se desmorona, y desde un punto de vista militar, eso lo es todo”.

       Asimismo, las tropas de paz en Haití usan el Capítulo VII de la Carta de la ONU, que les permite proteger a sus soldados o a civiles inocentes mediante el uso de la fuerza. Las misiones de paz en Liberia, Sierra Leona, Kosovo, Burundi e Costa de Marfil fueron también más allá de la noción tradicional del mantenimiento de la paz en el que los cascos azules ocupan una zona neutral entre ex combatientes.

       Sin embargo, donde la guerra y la paz aparecen más nublados es en el Congo, donde las tropas de paz recibieron un mandato más firme del Consejo de Seguridad en 2993, y donde por lo menos un grupo de derechos humanos se ha quejado por las víctimas civiles.

       La operación en el Congo comenzó como una modesta misión de observación en 1999. Creció drásticamente, y actualmente dirige a 16,500 soldados, pero aún es considerada como escasa de personal por funcionario de la ONU en Nueva York.

       Después de las fallidas misiones de los 90, los países occidentales comenzaron a aportar notablemente menos tropas al extranjero. En 1998, aproximadamente 45 por ciento de las fuerzas de paz pertenecían a ejércitos occidentales. La cifra es hoy menor a 10 por ciento; la mayoría proviene del mundo en desarrollo.

       En el Congo, la mayoría de los soldados de paz son indios, paquistaníes, de Bangla Desh y nepaleses.

       Mientras buscan por los insurgentes que hacen presa de la población ituri, los soldados de la ONU en el este tienen a su disposición tanques, transportes blindados, helicópteros de ataque Mi-25, morteros y lanzagranadas, equipo que es utilizado con intensidad.

       “Podría parecer una guerra pero es el mantenimiento de la paz”, afirmó el teniente general Babacar Gaye, de Senegal, el comandante de las fuerzas de la mayor y más robusta de las 18 misiones de paz de las Naciones Unidas en todo el mundo.

       Recientemente, en un campamento miliciano en Kagaba, las fuerzas de paz hicieron retroceder a asediadas tropas congoleñas y se enfrascaron en una prolongada batalla con combatientes lendu.

       En marzo, luego de una emboscada que mató a nueve soldados de paz de Bangla Desh, las fuerzas de la ONU incursionaron en un atiborrado mercado cerca de Loga, para expulsar a los combatientes que hacían presa de la población local. Asimismo, las tropas de paz llevan a cabo lo que llaman operaciones de “acordonar y buscar”, que son esencialmente cacerías de armas en aldeas remotas.

       Sus oponentes son combatientes tribales que ignoraron el plazo de la ONU, del primero de abril, para deponer sus armas. Se aproxima una última oportunidad para cumplir; después de eso, las fuerzas de paz afirman que actuarán con más vigor.

       En tanto las Naciones Unidas se vuelven más agresivas, muchos combatientes tribales abandonaron sus armas. De los 15,000 combatientes que la ONU estima que operaban en Ituri, cerca de 14,000 entregaron sus armas. Los renegados son feroces, y no muestran deseos de rendirse.

       Las tropas de paz en el Congo no siempre fueron tan agresivas. Durante años, fueron criticadas por agazaparse en sus campamentos mientras se cometían atrocidades en las zonas rurales. Ahora, algunos críticos las condenan por ser demasiado agresivas. Y también denuncian los abusos sexuales contra algunas niñas por algunos soldados de paz.

       Justice Plus, un grupo de derechos humanos con base en Bunia, lamentó que, cuando las fuerzas de paz irrumpieron en el mercado cercano a Loga, algunos civiles pagaron con su vida, cuando la orden de las Naciones Unidas era protegerlos”.

       Mahmud, comandante de Gaye en el este, cuestiona algunas de las insinuaciones de que sus tropas han sido arrogantes. Acusó a las milicias de enviar oleadas de mujeres y niños al frente como escudos humanos durante sus ataques.

       La endurecida postura es elogiada por aquellos en Bunia que recuerdan cuando, hace apenas dos años, era un campo de batalla entre milicias rivales hema y lendu.

 

       Cuando las milicias lendu expulsaron a los hemas de Bunia, en mayo de 2003, Lea Assamba, de 17 años, fue confrontada por hombres lendu armados que la amenazaron de muerte. Dijo que les explicó febrilmente que no era una hema, sino alguien de otra tribu, no involucrada en la locura de los ituri.

       No obstante, los alzados la hicieron sufrir. Mataron a una niña hema que se encontraba cerca, y su cuerpo cayó sobre Lea. La obligaron a equilibrar sobre su cabeza la cabeza cortada de un hombre hema, aseguró. La sangre del extraño chorreó sobre ella.

       Lea escapó, pero se topó con más milicias que merodeaban en el camino. Mataron a algunas personas que se encontraban junto a ella, y se tiró al suelo cuando éstas cayeron. Las personas murieron. La niña, cubierta de sangre, fue dada por muerta.

       “Las cosas no serían buenas si MONUC se fuera”, dijo Lea, usando el acrónimo en francés de la misión de la ONU en el Congo.

       Sin embargo, no lejos de Bunia, suceden aún cosas terribles. Los aldeanos se dan a la fuga. Hombres con pistolas y machetes los persiguen. En medio de todo esto, soldados de la ONU fuertemente armados intentan extender su alcance. Se enfrascan en algo que es casi una guerra, pero también un largo camino hacia la paz.