THE NEW YORK TIMES MAGAZINE-El legado del 1945: un terror es vencido y surge otro nuevo

POR ROGER COHEN
El portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores ruso, Aleksandr Yakoveno, sugirió algo interesente hace unos días. “La tarea de los historiadores es decir la verdad”, dijo. Si tan sólo fuera así de sencillo.

Yakovenko formuló sus agradables observaciones mientras se aventuraba en el campo minado histórico que el Presidente Bush recorrió recientemente durante su viaje a los países del Báltico y a Moscú. En el centro de los explosivos temas confrontados por el Presidente se encuentra este interrogante: ¿Puede crearse una distinción significativa, en términos morales, entre el terror totalitarista comunista y el nazismo?

Vaira Vike-Freiberga, Presidenta de Letonia, ofreció su propia respuesta en una declaración formulad antes del arribo de Bush a su país. La derrota de la Alemania nazi en 1945 no fue una liberación para los estados del Báltico, insinuó, porque “significó esclavitud, significó ocupación, significó subyugación y significó el terror estalinista”.

A diferencia de los líderes de Lituania y Estonia, quienes permanecieron al margen del evento, Vike-Freiberga asistió a las ceremonias en la Plaza Roja para conmemorar el 60 aniversario de la derrota de los nazis. El Presidente ruso, Vladimir Putin, no sorprendió a nadie al evitar toda expresión de pesar por el gobierno soviético de la posguerra sobre los estados del Báltico. Comentando que una disculpa rusa “habría sido agradable”, la Presidenta letona calificó las ceremonias como “surrealistas”.

Y así es. La historia regresa verdaderamente en forma surrealista: en Beijing y en Seúl (donde Japón es el blanco), y en Riga y en Moscú. Es razonable preguntar por qué.

La respuesta es que desenmarañar el enredado legado de la guerra fría es algo que toma tiempo. Esa lucha tuvo sus imperativos, dictados por la confrontación ideológica entre Estados Unidos y la Unión Soviética. La manipulación de la memoria y de la verdad creó una red de confusión que se extiende desde Santiago hasta Stalingrado.

Durante 44 años, la historia en el lado soviético de la Cortina de Hierro no tuvo ninguna relación con la “verdad”, sino que era un ejercicio de glorificación del comunismo. En Occidente, la verdad también pudo ser una víctima. Los 15 años transcurridos desde la caída del Muro de Berlín han ayudado a arrojar una luz sobre las sombras de la guerra fría, pero no las han disipado.

Las disputas de las últimas semanas ilustran las dificultades que aún persisten. Rusia, indignada porque el resultado de su Gran Guerra Patriótica, que tuvo un costo terrible, pueda ser considerada como “esclavitud o subyugación” por sus vecinos, preguntó si dichos vecinos existirían siquiera si el Ejército Rojo no hubiera ayudado a derrotar a Hitler. “Cuando las personas discuten hoy si ocupamos o no el país de alguien, quiero preguntarles: ¿Qué les habría sucedido si no hubiéramos quebrado la columna dorsal del fascismo?”, declaró el ministro de Defensa ruso, Sergei Ivanov. “¿Estarían ustedes ahora entre los vivos?”

Una pregunta justa, pero que no elimina la responsabilidad de Moscú por las deportaciones en masa desde los estados del Báltico, después de 1945. Putin insinuó que la indignación desde Riga hasta Vilinius está dirigida en parte a disfrazar una historia de colaboración con los nazis.

Años de debate no han resuelto la forma en que los terribles gemelos del siglo XX, el comunismo y el nazismo, deben ser contemplados en una escala de maldad.

Tal vez no importa: las decenas de millones de víctimas de las dos ideologías no revivirán y el suicidio colectivo de Europa que le entregó el mundo a Estados Unidos no puede ser anulado. Además, tal vez, cualquier opinión depende de la geografía: desde el punto de vista de los países del Báltico o Ucrania, el azote del comunismo es mucho más palpable que en la margen izquierda del Sena.

No obstante, hay algo perturbador acerca de la actitud rusa desde que Bush insinuó que, aunque 1945 llevó la liberación a Europa Occidental, inició una “dolorosa historia” para otras partes del continente.

Después de todo, actualmente no puede discutirse que el ejercicio del comunismo, sin importar el idealismo de sus orígenes, mató a más de 80 millones de personas en la Unión Soviética, China, Camboya, Europa Oriental, Corea del Norte y Vietnam.

Tampoco puede haber dudas de que el terror, los campos de concentración y todas las liquidaciones en el nombre de la lucha de clases (en contra de los “kulaks” o “reaccionarios”) formaron una parte intrínseca del sistema llevado a su apogeo de terror por Stalin.

De hecho, en simples términos de cifras, la afirmación de que el comunismo fue más sangriento que el nazismo es convincente. Duró más tiempo y su alcance fue mayor.

Pero, debido a que sus crímenes fueron más dispersos y menos visibles para Occidente, debido a que el comunismo ejerció una fascinación tan perdurable en los intelectuales, y a que en realidad el Ejército Rojo ayudó a aplastar al Tercer Reich, el terror de que habló Vike-Freiberga ha parecido siempre menos vívido y menos uniforme en París, Londres o Nueva York que el genocidio de Hitler.

También es cierto que las matanzas desde Ucrania hasta China en el nombre de la lucha de clases nunca se convirtió en los asesinatos industrializados de Hitler y no tuvieron como objetivo la eliminación física de todo un pueblo; una idea y un método que se apoderaron de la imaginación occidental con especial fuerza. El objetivo de los nazis era la exterminación de los judíos, mientras que las matanzas de Stalin fueron consecuencia, en vez del núcleo, de su ideología.

Estas distinciones son reales. Pero aún así es notable que el nazismo fuera juzgado en Nuremberg, mientras que los crímenes del comunismo nunca han sido juzgados por un tribunal internacional. Las consecuentes áreas oscuras crean espacio para que Rusiaopine, proclame sus grandes logros y descarte el dolor que su triunfo infligió.

La comunidad internacional acordó hace cuatro años establecer un tribunal que juzgara un crimen comunista: los 1.5 millones de camboyanos sacrificados bajo la ingeniería social de Pol Pot. Pero estas muertes fueron parte del sucio negocio de la guerra fría, e implicaron a muchos protagonistas, por lo que nunca surgió la voluntad para llevar a cabo el juicio.

Incluso ahora, como demuestran los recientes acontecimientos, la ropa sucia del comunismo no ha sido tendida al sol. La búsqueda de la verdad sigue siendo un proceso inconcluso.