The New York times
Algunos asesinatos jamás se  aclaran a lo largo de la historia

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Por JOHN F. BURNS
LONDRES
¿Quién asesinó a Benazir Bhutto? ¿Cómo lo hizo? ¿Con bala, con bomba, con ambas cosas? ¿Y quién envió al asesino, militantes islámicos vinculados con Al Qaeda, elementos rebeldes del ejército paquistaní o rivales políticos en las elecciones programadas para el 18 de febrero?

Han pasado seis semanas desde el asesinato y Pakistán no parece acercarse a un consenso respecto de los hechos más elementales, lo cual hace más probable que las circunstancias del asesinato de Bhutto se conviertan en grano para los molinos políticos que en ese país giran implacablemente, revitalizando la venganza y la desconfianza que han envenenado la vida pública prácticamente desde la fundación del país en 1947.

Así ocurrió con la muerte del padre de Bhutto, Zulfikar Ali Bhutto, colgado en 1979 y alabado como mártir o condenado como asesino desde entonces. Lo mismo con la muerte del general Zia ul-Haq, bajo cuyas instrucciones fue ejecutado Zulfikar Ali Bhutto. La muerte de Zia ul-Haq en un accidente de avión — achacada indistintamente a militantes islámicos, disidentes del ejército y políticos conjurados (entre los cuales estarían los leales de Bhutto, sedientos de venganza) — sigue siendo parte del morboso tejido de la política paquistaní.

La semana pasada un equipo de Scotland Yard publicó sus conclusiones después de una investigación de dos semanas y media sobre el asesinato de Benazir Bhutto en Pakistán. Los expertos británicos encontraron que “la única causa defendible” de su muerte fue el traumatismo grave que sufrió en la cabeza cuando un atacante suicida detonó su bomba y ella trató de esconderse en su vehículo blindado, golpeándose la cabeza contra el borde de la escotilla de salvamento.

Del examen de las partes del cuerpo recogidas en el lugar del ataque, y del video y las fotografías del asesinato, los investigadores también concluyeron que hubo un solo atacante, no dos. El hombre que hizo los disparos que motivaron a esconderse a Benazir Bhutto, afirmaron, fue también el que hizo explotar la bomba.    Pero son escasas las posibilidades de que estas conclusiones aplaquen la controversia acerca de lo sucedido en el atentado del 7 de diciembre.

Los allegados de la familia Bhutto no perdieron tiempo para presentar objeciones; entre éstas, una destacada es el hecho de que en un sentido importante, las conclusiones de los expertos de Scotland Yard concuerdan con las del gobierno paquistaní: que Benazir Bhutto murió sólo a causa de la bomba y no fue alcanzada por ninguna bala. Sherry Rehman, amiga cercana de Bhutto que estaba con ella cuando fue asesinada, declaró a la BBC que a los parientes y amigos de la asesinada dirigente les parecía “difícil estar de acuerdo” con esa conclusión.

Los británicos entraron en la investigación con varias desventajas importantes, empezando por la grotesca torpeza mostrada por las autoridades paquistaníes en el manejo de la situación inmediatamente posterior al asesinato. No se practicó autopsia ni se le hizo la tomografía al cuerpo; el viudo, Asif Ali Zardari, rechazó toda idea de exhumación, alegando sensibilidades islámicas. Se recogieron muy pocas evidencias forenses en el lugar de los hechos, que pocas horas después del atentado fue lavado a fondo. La principal pista forense está en las radiografías tomadas en el hospital donde Bhutto fue declarada muerta, que muestran sólo la cabeza. En efecto, a Scotland Yard le tocó trabajar con deducciones, no con pruebas.

Y el acuerdo entre el presidente Pervez Musharraf y el primer ministro Gordoin Brown limitó la actuación del equipo británico a establecer la causa de la muerte de Bhutto, no a identificar a sus asesinos materiales o intelectuales.

Musharraf insistió en que eso eran problemas para los investigadores paquistaníes. De ese modo, parecía seguro que cualquier conclusión a la que llegaran los británicos sería descartada por anticipado por los paquistaníes que desconfían del gobierno de Musharraf o que, como ha sido el caso en asesinatos políticos pasados, tratan de sacar capital político de la tragedia.

Pero eso no fue todo. Los británicos llevan una carga considerable de sus tiempos como amos coloniales del subcontinente y rara vez se les considera parte desinteresada. En cualquier trato con Pakistán acerca de asuntos de policía y seguridad, es seguro que se va a poner en tela de duda su buena fe.

Los que es más, Gran Bretaña tiene un problema interno con el terrorismo islámico, gran parte del cual está arraigado en el descontento de jóvenes de origen paquistaní, criados en las mugrosas ciudades del centro y el norte de Inglaterra. Muchos de ellos son la tercera generación de familias que emigraron en los años cincuenta y sesenta. Los atentados de Londres, en los que murieron 52 personas en julio de 2005, estuvieron vinculados con madrasas militantes en Pakistán, que ejercían un poderoso atractivo a los jóvenes británicos de origen paquistaní en busca de su identidad.

Así, los agentes anti-terroristas británicos le han dado prioridad a establecer estrechas relaciones de trabajo con sus colegas paquistaníes.

Todos estos elementos elevan las posibilidades de que, para la opinión pública, nunca haya una resolución a este caso, más bien sólo la mescolanza de alegatos y contrademandas que se está formando. En cierto sentido, esto no es sorprendente: en la batalla que se libra dentro de la élite política de Pakistán por el poder y la riqueza de un país de 160 millones de almas, con un aplastante índice de analfabetismo, la mitología política es un poderoso instrumento, sobre todo cuando implica la muerte violenta de una dirigente populista.

Pero antes de que el mundo occidental emita su juicio, como dirían muchos paquistaníes, le convendría examinar sus propias manipulaciones, en especial el papel que jugó Estados Unidos para poner a Benazir Bhutto en el camino que la llevó a su último mitín en Rawalpindi.  

Durante meses, Washington intermedió contactos entre Musharraf y Bhutto, que apuntaban a permitir el regreso de la dirigente exiliada, ganar las elecciones y darle una fachada democrática al gobierno que, en los aspectos importantes, seguiría bajo el control militar. El plan coincidía con los imperativos de Estados Unidos en su lucha contra Al Qaeda y los funcionarios que lo impulsaron no vieron mucho problema para animar a Musharraf a que le concediera amnistía a Bhutto por los cargos de corrupción surgidos en tiempos en que fue primera ministra.



Dice batalla es contra milicianos islámicos

LAHORE, Pakistán . AP.  Si gana los comicios del lunes, el partido de la líder opositora asesinada Benazir Bhutto debe persuadir a la población  de que la batalla contra los milicianos islámicos es “nuestra propia guerra” y no sólo de EEUU, dijo ayer el esposo de Bhutto.  En una entrevista, Asif Ali Zardari instó a Washington a que implemente más medidas para alentar la democracia en Pakistán y no aclaró si su partido estaría dispuesto a trabajar con el presidente Pervez Musharraf.

Mueren 39 en dos ataques suicidas en Pakistán
PARACHINAR, Pakistán.  AFP.  Dos atentados suicidas dejaron el sábado 39 muertos en Pakistán, 37 de ellos en el perpetrado contra un mitin del partido de Benazir Bhutto, la líder de la oposición asesinada en diciembre, poniendo el colofón a una campaña electoral marcada por la violencia.

Ambos actos despiertan el temor a un incremento de la violencia coincidiendo con los comicios del lunes, una cita trascendental para la imagen de estabilidad que pretende dar el presidente paquistaní Pervez Musharraf.

 El atentado contra el Partido del Pueblo Paquistaní (PPP) de Bhutto se produjo en Parachinar, localidad de las zonas tribales fronterizas con Afganistán  y dejó un balance de 37 muertos y 93 heridos, dijo el portavoz del ministerio de Interior, el brigadier Javed Chima.

Posteriormente, dos personas murieron y ocho resultaron heridas en el valle de Swat, en el noroeste de Pakistán, en otro ataque.