Tiberio Castellanos
Tenaz antitrujillista que luego se destacó por su papel en los matutinos radiales

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POR ÁNGELA PEÑA
Fue uno de los más tenaces luchadores antitrujillistas, soldado entrenado en Cuba que se preparaba para las expediciones de 1959 pero que  no vino por razones que explica extensamente. Es, sin embargo, la historia viviente de la oposición a Trujillo aunque algunos sólo lo recuerden por su voz  pionera de los matutinos radiales de  comentarios o por las pedreas de que fue víctima debido al fanatismo de la izquierda de finales de los 60.  Octogenario, pero lúcido, extremadamente culto, cuenta pormenores de la resistencia a la dictadura que pocos han consignado o que tal vez se ignoran.

Tiberio Castellanos no ha perdido la espontaneidad y el temperamento afable que le atrajeron la admiración y el cariño de tantos coterráneos.  Tampoco esa memoria espléndida que le permite hablar de actuaciones pasadas del Movimiento Popular Dominicano, la Juventud Democrática, el PSP, la clase obrera, y el proceder de sus líderes. ¿Por qué no participó en la gloriosa incursión del 14 de Junio, si estaba alistado para el viaje?

“En los primeros días de enero de 1959,  poco antes del arribo a La Habana de los comandantes de la Sierra Maestra, los dominicanos residentes en Cuba y otros que comenzaron a llegar desde distintos lugares del exilio, nos reuníamos en la imprenta de Pipí Fernández Mármol, en la calle Monte. Asistí a tres o cuatro de estas reuniones. Y fue en la última cuando ocurrió un  pequeño incidente que hizo que nuestro grupito se desligara de la expedición”, cuenta.

Describe el ambiente de los encuentros, “más que de fiesta de borrachera patriótica”, y afirma que “todos íbamos a ser guerrilleros, todos. Quizás alguno  de nosotros conocía,  aunque no lo dijera en voz alta, que en Dominicana, la guerrilla encontraría alguna que otra dificultad que no encontraron en Cuba los vencedores revolucionarios.  Pero había un gran entusiasmo y la convicción de muchos de que había que aprovechar esta oportunidad para ir a pelear a la Patria. Yo también estaba entusiasmado, aunque me impresionaron muy negativamente ciertas expresiones que  juzgué como vocación al martirio, de parte de José Horacio Rodríguez y de Rinaldo Santiago. Tal vez era ese su modo de expresar su valor y su patriotismo. Un modo no tan triunfalista como el mío. Yo por esos días soñaba con la estrella de comandante en mi hombro”.

Castellanos pertenecía entonces al Movimiento Popular Dominicano, “que habíamos formado, años antes, junto a Pablo Antonio Martínez y Máximo López Molina (quienes habían salido del PSP dominicano),  Julio César Martínez, Esperanza Font de Alfau, José Moscoso, Pichirilo Mejía, Andrés Ramos Peguero y yo. A las reuniones en la imprenta de Pipí no asistían ni Esperanza Font, ni José Moscoso, que se encontraban en Venezuela. Tampoco Julio César Martínez, que no recuerdo si ya en esos días había salido para Venezuela. Y Pichirilo, no creo que había regresado de Méjico, donde se había exiliado después que trajo a los expedicionarios de Castro en el bote Gramma. A esas reuniones yo asistía siempre acompañado de Máximo y a veces de Andresito y Oscar Álvarez Tineo”.   “Ocurrió, prosigue,  que  hablando de los planes organizativos del futuro grupo insurgente, Máximo hizo una pregunta. La respuesta  que recibió no fue ni muy amable ni muy política.  Máximo pareció aceptarla o al menos asimilarla. Pero cuando en la siguiente reunión, a una pregunta mía se le dio una respuesta todavía menos cortés y menos amable  que la que habían dado a Máximo, concluimos, Máximo y yo y algún otro que había ido con nosotros ese día, que debíamos retirarnos. Que parecía que había entre los dirigentes del grupo alguna animadversión contra la gente del MPD. Pudo ser una ligera apreciación nuestra. Lo cierto es que nos separamos de  la empresa. Sin insultos. Sin acusaciones. Pocos días después ellos estaban entrenándose en las lomas.  A veces nos encontrábamos en la calle con alguno que había llegado de Nueva York o Venezuela y que iba para el campamento. Recuerdo haber saludado brevemente a Bienvenido Fuerte Duarte, de San Francisco de Macorís. Pero no hablábamos del tema del campamento ni de la futura invasión, salvo el día en que me encontré con Manolo Lorenzo Carrasco que venía del campamento, y me dijo: “Tiberio, esto es un holocausto”.  Algunos meses después, Máximo López Molina y Andrés Ramos Peguero decidieron irse a Santo Domingo y allí se declararon marxistas y fundaron el MPD”.  

Otro caso parecido, relata, fue el de Pipí Ortiz. “Se apareció por La Habana, Porfirio Golivar, compositor dominicano (tiene criollas muy bellas), y algunos exiliados salieron de juerga con él, incluido  Pipí. Entre los más influyentes exiliados de la línea dura se formó el escándalo: “estos exiliados han ido a tomar tragos con un trujillista”. Se creó una especie de pequeño e improvisado tribunal  que decidió sancionar a Pipí,  no invitándolo a las reuniones del grupo. Pero, como fue una reacción bastante exagerada, a los pocos meses el asunto estaba olvidado. Así que, en enero  del 59, Pipí acudió a las reuniones de la imprenta de Pipí Fernández. En una de ellas, al entrar Cilín Maynardi se encuentra allí a Pipí y con cierto enojo protesta porque “este señor había sido separado del grupo de exiliados y ahora se encuentra aquí”. Es que Cilín venía de Venezuela. Había salido para allá en los días del escándalo Golivar. Y al regresar y sin ninguna información  sobre el tiempo post escándalo, se sorprendió de  la presencia  de Pipí. Faltó que alguien, en voz alta, explicara para Cilín y los demás, que el excesivo celo de algunos exiliados había llevado al escándalo aquel. Pero que Pipí Ortiz estaba allí  con el mismo derecho y la misma moral que teníamos todos los reunidos. Como nadie dijo tales palabras ni otras semejantes, Pipí se levantó de su asiento y sin decir palabras se marchó. Y claro, no volvió a las reuniones”.

Fogosos oradores del PSP

Esa es apenas una de las múltiples facetas de Tiberio Castellanos Vargas, aquel joven revolucionario, combatiente, fogoso, que se entusiasmó por la lucha antitrujillista deslumbrado con los discursos del líder dominicano Mauricio Báez y de Salvador García Agüero, dirigente obrero y legislador cubano, cuando estos se dirigían a la multitud en el parque Colón, de Santiago, donde entonces vivía este muchacho de Pimentel que disfrutaba el viaducto de Moca, los caballitos Monclús y que veía pasar con asombro el tren que iba por su calle, de La Vega a Sánchez, de Sánchez a La Vega.

Aquí muchos le recuerdan con cariño y admiración por su cultura amplia, la perfecta dicción, la profundidad de sus análisis, el asombroso dominio del acontecer en una labor en la que prácticamente fue pionero, la radio matutina. Otros tal vez no lo evoquen con la misma devoción. Por alguna actuación posterior a sus luchas contra la dictadura, llegó hasta a ser apedreado en una ocasión en que conversaba con el hoy monseñor Rafael Bello Peguero en la calle Padre Billini. Aunque el ataque estaba dirigido a Castellanos, el sacerdote recibió una pedrada en el ojo derecho y Tiberio varias en la espalda.

Hoy vive otro exilio, pero  voluntario. Reside en Miami desde 1984, luego de veinte años en la República tras su retorno a la caída del régimen trujillista que comenzó a enfrentar activamente desde que participó en una reunión clandestina en la casa de Enna y Fellín Moore donde se formó el Comité de Santiago de la Juventud Democrática. Apenas cursaba el tercero de bachillerato y doña Enna era su profesora de literatura.

“Sobre los acontecimientos políticos del año 1946, que involucraron al PSP y la Juventud Democrática, hay dos libros que creo muy importantes para la comprensión de esa lucha. Uno es “Antinostalgia de una Era”, de Virgilio Díaz Grullón, y el otro “Interludio de Tolerancia”, de Bernardo Vega. Yo no me atrevería a decir “tolerancia”. Pero en ese capítulo de oposición a Trujillo, el régimen se mostró mucho menos violento que en otras ocasiones. No hubo prisiones como El Nueve y La Cuarenta, ni torturas al estilo Johnny Abbes García. No obstante, hubo algunos muertos, entre ellos el dirigente del PSP Freddy Valdés asesinado en San Francisco de Macorís. Algunos caímos presos. Yo pasé tres meses en la cárcel de La Vega. Y luego el exilio”, comenta.

Realmente, añade, “aquella lucha del PSP y de la Juventud Democrática en Santiago duró muy pocos meses. Hubo tres mítines. Me impresionó mucho y supongo que también al resto de la concurrencia, la fogosa oratoria de Ramón Grullón. En otro mitin del PSP, el más aplaudido fue Poncio Pou. Yo lo recuerdo correspondiendo a los aplausos del público con mucha naturalidad y señorío. Hubo un solo mitin de Juventud Democrática, en la parte alta de la ciudad. Aquí pudiera ser que fuera yo la persona más distinguida de la jornada. Fui el maestro de ceremonia, con cierta experiencia locutoril y además, el orador principal del mitin, nuestro compañero Fellín Moore, no tenía, precisamente, la voz muy radiofónica. Recuerdo que entre un orador y otro, yo parafraseé una expresión que en un famoso mitin de la campaña contra la ocupación militar americana de 1916 dijo Rafael Estrella Ureña: “Pueblo, haz como Urso, coge los cuernos del Toro del Norte y clávalos en la tierra”.

Recuerda que Virgilio Díaz Grullón viajó desde Santo Domingo y al darle instrucciones para la manifestación le advirtió: “al presentar a la muchacha (Gilda Pérez) nada de flor de los jardines de Santiago ni de otra cosa parecida, sino, simplemente, la compañera fulana de tal”.

Tiberio Castellanos fue, por otro lado, el mayor vendedor de periódicos de la Juventud Democrática en Santiago, afirmación, dice, que quizá nadie podrá convalidar porque casi todos sus compañeros de lucha, como Rafael Moore Garrido, Federico Pichardo Díaz, Gustavo Adolfo Patiño Martínez, murieron en la expedición de junio de 1959, “a Orlando Bonnelly lo mataron en la guerra de abril y también fallecieron, afirma, Manolo González Franco y Amiro Cordero Saleta. “Creo que la única sobreviviente es Gilda Pérez. Y yo siento un poco de miedo al final de este inventario”.

Los mítines del PSP en La Vega, los procesos judiciales, bofetones, prisiones, condenas, conspiraciones, la vida en la radio desde 1963, su actuación en La Voz de la OEA durante la revolución de abril, el actual retiro en La Florida y sus diferentes trabajos durante el balaguerato, son otros testimonios de Tiberio Castellanos que merecen una segunda entrega.