Tiempo y repetición en “Cien años de soledad”

Literatura

El tiempo, esa aporía de la cual san Agustín decía: sabemos lo que es, pero no podemos definirlo, ha posibilitado muchos discursos. En nuestro mudo Caribe es el decir de la repetición. El tiempo cíclico, como el del mito griego, está más cercano a un factum que a una racionalidad de la historia como progreso. De ahí que las prácticas humanas en el Caribe puedan ser postuladas como repetitivas. En nuestro mundo nada es más recurrente que la violencia y la sangre. Nuestra manera de relacionarnos es una lucha campal por dominar al otro, dominar e imponerse. No hay recodo de la vida donde la voluntad de poder no saque sus garras contra toda libertad del sujeto. Vivimos en el laberinto de nuestra propia violencia sin que se vea fácilmente las soluciones al final de camino.

“Cien años de soledad” como novela metáfora permite pensar en la cotidianidad esos extremos de nuestra vida y recuperarlos como huellas dejadas en la historia, en la representación de las acciones humanas. Un accionar que es, también, prácticas repetitivas de nuestra vida, donde el sujeto que no es del todo ciudadano y en que su propia subjetividad (que es ética y libertad) queda apastado por un mundo instrumental que lo sumerge siempre en lo que no quiere y cual Jonás, regresa, tantas veces y sin quererlo, al lado equivocado de su propuesto destino.

Es la novela de García Márquez, tanto en su discurso como en su forma, una alegoría, la repetición en el tiempo Caribe. Leerla como una metáfora ampliada resulta interesante, pues las repeticiones son constantes y, por esa razón, Macondo es un cronotopo reiterativo que durará cien años y que es, a la vez, una medida cristiana del tiempo, que no deja de tener sus repeticiones (perseculaseculorum). Es ese mundo que no tendrá redención, ni Mesías, sino que lo vivimos como un mundo sin deidad, sin posibilidades de encontrar el Paraíso perdido.

Llama la atención, en el inicio de la novela, el adelantamiento de una acción frente al pelotón de fusilamiento. Es este hecho una práctica que niega la vida a favor del autoritarismo. Muestra el carácter radical de nuestras revoluciones, nuestra historia de sangre (A. Touraine). No es que al cambiar generamos lo nuevo, es que la violencia del cadalso, de nuestras guerras civiles, refuerza el sentido repetitivo del tiempo Macondo, del espacio Caribe, como el tiempo mítico o con su determinismo griego.

El coronel Aureliano Buendía frente al paredón tiene un souvenir de la tarde en que lo llevaron a conocer el hielo, sentido importante de la modernidad que viene a cruzar el tiempo mítico de la aldea macondina. El patíbulo recurrirá en la página 108, para conectar el momento con Arcadio Buendía cuando Remedios anunció que iba a tener un hijo, “hasta Rebeca y Amaranta hicieron una tregua para tejer en lana azul…” Fue en ella la última persona en quien pensó “frente al pelotón de fusilamiento” (108). Se refiere al paredón más adelante en la página 116, para significar que frente a su destino no podía Aureliano entender muy bien las casualidades que lo llevaron a ese punto. Los conservadores eran ya los predestinados, los dueños del poder y la moral y Aureliano, quien simpatizaba con los liberales, no podía entender “cómo se llegaba al extremo de hacer una guerra por cosas que no podían tocarse con las manos” (117).

Más adelante, en la página 135, Arcadio habría de revivir los pasos “perdidos en el salón de clase”, sintió la “nervadura de sus venas y el peso del infortunio”. Pilar Ternera había pagado con sus ahorros la presencia en su cama de la aún virgen Santa Sofía de la Piedad. Se unían, una vez más, el amor loco a los infortunios del poder. El cruel Arcadio, que fuera nombrado jefe civil y militar de Macondo, tuvo una hija con Santa Sofía de la Piedad, luego de sus escaramuzas eróticas en la trastienda.

Frente al pelotón, Arcadio no piensa en la muerte, sino en la vida; todo lo ve de forma nostálgica. Aflicción que es la repetición dolorosa de la memoria. La repetición de un fusilamiento más llega hasta la última voluntad del condenado: la repetición del linaje de la familia; que a su hija innominada de ocho meses la llamasen Úrsula, como su abuela; y a su concebida criatura, si naciera varón, José Arcadio, como su abuelo. Al final, Arcadio no tiene nada de qué arrepentirse. Por otro lado, es poética la despedida de Rebeca que mira por casualidad al muro del cementerio y logra decirle adiós con la mano al condenado. La repetición retorna de nuevo con las encíclicas cantadas por Melquíades y los pasos de la virgen Santa Sofía de la Piedad en la oscuridad del salón de clase. Los hechos se agolpan en la memoria y siente el hijo de Pilar Ternera y José Arcadio ‘los pasos perdidos’ de su joven amante (142-143).

En el marco de la escaramuza de fusilamiento del general Gerineldo Márquez, cuando Úrsula le amenazó con matarlo con sus propias manos si llevaba a cabo el pelotón, el coronel Aureliano Buendía recordó la tarde en que su madre lo llevó a conocer el hielo, como si fuera un instante, tal vez, el más feliz de su vida. El regresado a Macondo después de tantas guerras trataba de “romper el cascarón a la soledad”. Úrsula lo mataría como si hubiese nacido con cola de cerdo y el Coronel, pide finalmente a Gerineldo Márquez que le ayude a terminar con “esa guerra de mierda”. Es en esta parte, y a través del procedimiento del resumen, que la voz narrativa muestra la inutilidad de las guerras, de la violencia repetitiva, la falsedad de la política. Los veinte años de guerra llevaron al héroe a un convencimiento de la inutilidad de sus acciones, pues en la repetición se agota el sentido del accionar humano. Entonces, el presente como mundo vivido pierde significado y el sujeto da un sentido especial al pasado como nostalgia de un mundo mejor, como ocurre reiteradamente en la novela.

A la repetición de los hechos, de las guerras y de los nombres, a las distintas circunstancias frente al pelotón de fusilamiento, podemos agregar el tiempo detenido, como en el caso de la vida de Amaranta; el tiempo se detiene en su casa. Amaranta había sido olvidada en vida y solo recordada con asombro por Úrsula (“todavía está viva”, 252). La matrona entenderá, luego, que “el tiempo estaba dando vuelta en redondo”. Se trataba del momento en que Aureliano Triste intentó ampliar su negocio de hielo y buscar una salida que conectara a Macondo con “el resto del mundo” (255). Tentativa modernizante que rebozaría la copa con la idea de que “hay que traer el ferrocarril”, una palabra que nunca se había escuchado en el apartado pueblo.

En fin, el tiempo repetitivo organiza las acciones en Macondo, solo las visitas de los gitanos, el sentido modernizante, progresista, del patriarca José Arcadio Buendía y la aspiración de Aureliano Triste ponían las notas que cambiarían el ritmo de los tiempos, pero el factum, como la condena del pueblo a vivir cien años de soledad, quedaba en pie.