Tiempos tormentosos

Federico Henriquez Grateraux

El hombre de hoy no dispone de apoyos fijos donde anclar su existencia: ni creencias religiosas, ni convicciones políticas, ni confianzas institucionales.

La fe religiosa ha ido sufriendo sucesivas erosiones colectivas: el racionalismo de los enciclopedistas, la separación de la Iglesia y del Estado, el éxito de la ciencia aplicada.

El “descreimiento” es como una mancha de aceite que el viento dispersa en el agua de un lago. ¿Han perdido la fe algunos rabinos y sacerdotes? Varios escritores, judíos y cristianos, han intentado narrar el drama personal de unos “ministros” cuya vocación se resquebraja.

A los seminarios acuden cada vez menos candidatos para el sacerdocio.

La conducta de sacerdotes pederastas añade escándalos sexuales alrededor de los jerarcas religiosos. La “esperanza en un mundo mejor” se ve frustrada todos los días por el auge de los negocios ilícitos, por el control creciente de “el crimen organizado”.

Quienes dominan los negocios de juegos, narcóticos, especulaciones financieras, ponen al hombre común “contra la pared”.

¿Este “sistema de vida”, puede llamarse orden natural u orden divino? Para los hombres de hoy no hay diferencias esenciales entre un político de izquierdas y otro de derechas; entre un miembro del partido A o del partido B; todos hacen lo contrario de lo que pregonan; todos se enriquecen rápidamente.

No hay semana en la que no veamos a los delincuentes de México matar impunemente docenas de personas; la autoridad del Estado es cuestionada todos los días, tanto en México como en otros lugares. ¿Debemos confiar en los tribunales de justicia? Los periódicos publican noticias sobre jueces venales que son recusados por los propios litigantes; existen jueces que se dedican a liberar narcotraficantes; un productivo negocio ejercido “al margen” de la judicatura.

El hombre de la calle es un inválido.

Como en el célebre poema de Rilke, muchos ciudadanos se preguntan: ¿A quién podemos recurrir? Y ellos se responden: Ni a los hombres, ni a los ángeles.

No pueden mirar al cielo, ni a la tierra, para buscar consuelo a sus tribulaciones. En un mundo lleno de sicarios, donde no son confiables los policías, los jueces, los sacerdotes, los políticos, estamos obligados a sobrevivir. ¿Con qué brújula podremos orientarnos en esta gran tormenta?