¿Tienes una tía Julia?

ÁNGELA PEÑA
Carlos Devis es el director de una edificante página de Internet que se llama Club Positivo. Muchos dominicanos están inscritos en ese correo digital gratuito porque lo que envía Devis son verdaderos mensajes de aliento, esperanza, autoayuda, consuelo, sugerencias para enfrentar situaciones difíciles de todo tipo. Es demandada, sobre todo por personas con enfermedades terminales. “¿Tienes una tía Julia?” es uno de los que más circula:

“La visitaba cuando era niño sólo porque me obligaban. En varias ocasiones preferí aguantarme el regalo de mis padres que ir a verla. Su casa era hermosa, muy bien arreglada, perfecta, demasiado perfecta. La recuerdo recibiéndonos, con la mirada altiva, acercando la cara para besarnos sin tocarnos. Las visitas eran eternas. Solamente hablaba de ella. No nos preguntaba como estábamos, sino cómo nos habíamos portado. Sus historias estaban llenas de acusaciones, reproches y comentarios tales como “la gente no hace…”, “Fulanito hizo esto y debió haber hecho lo otro…” y “así si es muy difícil”. Rara vez hablaba de sus problemas porque quería dar a entender que su vida era casi perfecta. Nunca reconocía un error suyo para no mostrar debilidades. No pedía perdón ya que eso era humillarse. Sus odios eran repentinos, desproporcionados, profundos y eternos. Aun sus elogios estaban cargados de juicios. Eran algo así como: Muy bien… te felicito, al fin…

Cuando alguien sufría las consecuencias de haber cometido un error, decía: “Bien hecho, se lo merece por no hacer lo correcto, ya se lo dije”. Si comentaba acerca de los problemas de su familia, siempre se distanciaba de ellos, librándose de toda culpa.

Lo que no funcionaba con su pareja o con sus hijos se debía a que no le hacían caso a ella, porque ella sabía todas las respuestas.

No era consciente del dolor que su rigidez y arrogancia desataban a sus amados.

Pobre tía Julia. Nadie quería saber de ella. Era el terror de los sobrinos, sus hijos le temían. Tan pronto crecieron se alejaron de ella lo máximo posible.

Sus allegados terminaron aburriéndose del egocentrismo extremo y la rigidez que éste traía consigo. Todos evitaban estar con ella. Ella creía que la gente se alejaba de ella porque sentía envidia de su vida perfecta. Pensaba que le tenían miedo debido a su honestidad al opinar. La tía Julia no se daba cuenta del dolor que se causaba a sí misma y a quienes la rodeaban. Si ella hubiera leído esto, no habría caído en cuenta que es sobre ella.

Ya hace años que murió y algún bromista de la familia dice que desde entonces todos descansamos en paz.

La tía Julia no era una mala persona, su intención era que las cosas salieran bien. Se esforzaba profunda y sinceramente para que el mundo funcionara correctamente, pero estaba convencida de que sólo había una manera: su manera. Pensaba que tener la razón era mejor que cultivar los afectos.

La tía Julia se condenó a vivir aislada, solitaria, amargada, detrás de las barreras de su propia estricta convicción”.

Carlos Devis comenta: “A veces todos somos como la tía Julia, creemos que no hay más que un camino correcto” y pregunta: ¿Qué actitudes de los demás son similares a las de la tía Julia? ¿Disfruta la gente estando con alguien así o le teme a su rigidez? ¿Se amarga más de la cuenta porque las cosas no salen exactamente a su manera? ¿Para qué construir un mundo perfecto que nadie quiere compartir con nosotros?