Tierra alta Pánico en los rumbos de Manatí

POR PASTOR VASQUEZ
Estábamos ya en la postrera agonía de la última zafra, antes de la guerra, cuando llegó esa madrugada el cohen a dar la voz de alarma al pueblo. El cohen era un hombre sospechoso y poco apreciado por los cristianos de la comarca, pero desde el día en que se atrevió a tocar la guitarra de Toñito Suazo, como si él mismo fuera  difunto cantor, la gente le comenzó a tomar aprecio. Y ese día venía el cohen con la fresca, con su mula mojada por el rocío de la mañana y por el sudor de la carrera que le dio este hombre cuando vio aquel fenómeno en la ruta de Manatí.

El adivino, que creo se llamaba Anastasio Díaz, si mal no falla mi memoria, vivía en Cruz Verde o en cualquier otro batey donde le cogiera la noche o donde lo amañaran con sus santerías y donde más fértil fuera la ignorancia para entregarse a la interpretaciones de los sueños, que luego terminaban en un billetito de la lotería nacional. Ese día parecía un monstruo marino, pero salido de agua dulce, por lo menos del lago Manatí, que está de este lado de Rancho Arriba, justo al lado del río Cabón.

Se  decía en la antigüedad -¡cosa de los viejos caray!, que en Manatí vivían indios, personas humanas que tenían todo un pueblo debajo de las aguas. Estaban esos indios allí desde la colonización.

Con una especie de magia habían poblado las profundidades huyendo de los martirios a que eran sometidos por los colonizadores.

“Si a usted se lo lleva un indio, lo devuelven a los cien años, cuando ya toíiiitita su familia ha muerto, pero si usted logra comer con sal sube a la superficie”, eso contó Don Pantaleón, que le decían Su Santidad, el Papa, un día de lluvia en la casa de mi abuelo.

Pantaleón vendía gas en un camión plateado, con un gran tanque brilloso que la gente decía lo había fabricado él mismo con los restos de un avión que se precipitó en un monte de Yamasá y que llevaba allí a unos peloteros.

Manatí se comunicaba subterráneamente con los lagos La Flamenca, La Cenea y La Clara, otras fuentes de misterios y también de indios; pero lo que vio el cohen por esas rutas oscuras no fue precisamente un indio o una india desnuda con un peine de oro.

El cohen tenía todos los cabellos y las barbas mojadas y su caballo parecía imitarlo en todos sus movimientos de nervios.

“!Corra Señor Vásquez, ha pasado algo terrible en el campo 55”!

El cohen se lanzó de la mula y contó trémulo lo que había visto cuando venía de Cruz Verde. Le dieron a tomar ginebra con anamú y le guayaron los pies con hojas de guandules, porque el alma del buen hombre parecía escaparse de su cuerpo.

Después, corrió gente por los rumbos de Manatí. Mi padre envió por el padre Di Lorenzo, que hacía poco había llegado de Roma, y por el teléfono de manigueta, que hacía un ruido infernal cuando las ondas sonoras se ponían en movimiento, llamó al Central Río Ozama, antiguo Ingenio San Luis, que ya casi dejaba de moler, y avisó lo sucedido.

Desde lo de Caña-La-Seca la gente vivía rezando al Divino Creador para que cosa semejante no volviera a pasar.

En los días anteriores había llovido tanto que los caminos de barros se habían convertido en una masa pegajosa que atascaba las carretas cargadas de caña y aprisionaba los bueyes como si se tratara de pequeñitos monstruos enclavados en el interior de la Tierra, enviados para perturbar la paz de la molienda.Mi  padre estaba en una arboleda observando desde lo alto, junto al Padre Di Lorenzo, aquel espectáculo florido, verde, como el verdor de la hiedra, como el verdor de los campos azucareros, pero este verde era más verde que todo lo verde, era un verde-verde, de verdad, puro como el verde del cundeamor, peligroso como la mitología griega, porque por ahí venía el Mayor Santelises con sus tropas a cumplir su promesa. Se dice que en la época del generalísimo doctor Chapita, unas familias habrían sido desalojadas de Manatí y Caña-La-Seca.

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