Tierra alta
Los pasos del General Adón

PASTOR VÁSQUEZ
ceyba@hotmail.com

Era jueves, marchaba septiembre, casi llegaba octubre con su brisa seca, pero mientras tanto una ligera llovizna mojaba el alba y aplacaba el polvo del camino real, por donde andaba presuroso, con sus tropas, el general Marcos Evangelista Adón.

Antes de salir el sol, el general Adón, en su corcel de raza árabe, atravesó una propiedad rodeada de pangola y yerbabuena; llegó a un prado lleno de mandarinas que sus hombres comieron con ansias caninas y luego se dirigió a esa casa exótica, de dos niveles, rodeada de un patio paradisíaco, que se divisaba en lontananza.

Una bandada  de aves sobrevolaron al escuchar el trote de los caballos y los perros comenzaron a ladrar desde una galería que rodeaba la mansión, construida con fina madera y adornada con ventanitas de vidrio.

Del centro de la casa salió esa muchacha, con un vestido de seda, su pelo tejido en trenzas y los pies descalzos. No tendría más de 15 años y su rostro mestizo, moldeado por la genética indígena y africana, se dibujaba una pena reciente.

“!Padrino, Padrino!” “!Qué desgracia, padrino, se lo han llevado, padrino!”, gritaba la muchacha, escoltada por una negra regordeta.

El general Adón había salido de La Estancista, su cuartel general, donde hoy se levanta el pueblo de La Victoria. Por esas tierras andaba el general Pedro Santana, acompañado de un tal Juan Suero, a quien el general Adón tenía que arreglarle una vieja cuenta.

Y el general Santana, en su paso hacia Guanuma, buscando la ruta del Cibao, por la Sierra de Yamasá, había pasado primero que los revolucionarios y se había llevado a su compadre, el coronel Celio Moreno, en forzoso reclutamiento para la causa enemiga.

El general Adón era de ojos pequeños y mirada tristona, rostro fino, pelo crespo y cuerpo de poca carne. No usaba uniforme militar, su atuendo era un traje gris, con un sombrero panamá. En la silla de montar de su caballo llevaba un machete lleno de historia, con cabo de chifle, un trabuco cruzado en sus piernas y un revolver pata de mulo al cinto.

“¿Qué ruta llevaban”, preguntó y la niña le señaló la montaña de Sierra Prieta.

“Van rumbo a Guanuma, carajo, nos detendremos en este lugar para dar tiempo a la llegada del general Luperón, pues nuestras tropas no son suficiente para enfrentar esos salvajes, luego iremos hacia Bermejo”.

El general envió un espía a Guanuma y acampó en casa del compadre Celio Moreno. La niña le preparó tocino con ñame y, mientras comía, el general la miraba con ojos de compasión: “te traeré a tú papito, mihija, tu padrino siempre te ha cumplido sus promesas”.

Y cumplió su promesa, porque días después, cuando el general Gregorio Luperón ya había tomado Bermejo y se había juntado con las tropas del presidente Pepillo Salcedo, obligando a Santana a huir a Monte Plata, el general Adón fue enviado de regreso a su cuartel general de La Estancista para unirse a las tropas del general José María Cabral que pretendía cercal la capital.

El general Adón pasó casi de nochecita por la hacienda del coronel Celio Moreno, su compadre, su fiel aliado. Llevaba un caballo de la rienda, y a los lejos la niña reconoció el caballo y corrió despavorida.

“!Padrino!” “!Padrino!”, ¿Quién lo hizo, Padrino?”.

“Lo hizo la guerra, hija mía, esas son cosas de la guerra.” El general no podía aguantar la pena, y ordenó al teniente Sergio Soriano darle sepultara al cadáver en el jardín. La niña lloraba y lloraba, ahora quedaba sola en el mundo, pues su madre había muerto de una fiebre amarilla en los días de la lluvia.

Bermejo, provincia de Monte Plata, Semana Santa de 1997.

Nota: Cuando era un adolescente escuché esta historia de una hija del hacendado Luciano Adón, hijo del general Marcos Evangelista Adón. Todavía en el 1996, la señora Adón, que creo se llamaba Carmita, vivía en la calle Duarte, frente al Palacio Municipal de La Victoria.