Tierra de cocoteros y palmeras

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Nuestro querido país es una tierra de palmeras y cocoteros. Es muy difícil pensar que alguien nacido en Quisqueya no ame   nuestras palmas  y adore los cocoteros.

Una consideración real que nos está pasando y no nos damos cuenta es que así como perdemos o dejamos que otros nos quiten el país, así hemos estado perdiendo los cocoteros e inclusive los tradicionales palmares con nuestras palmas criollas o reales; los manaclares, los canales o las zonas de nuestros bellos guanos o cacheos. De esto escribiremos más adelante.

Quien o quienes somos responsables de que cada día tengamos menos matas de coco, por ejemplo, esparcidas en nuestras vegas, montañas o zonas costeras.

Tenemos enemigos poderosos que nos han afectado como los ciclones y las importaciones de grasas comestibles subsidiadas en sus países de origen; por igual insectos y hongos que diezman las plantaciones; políticas y políticos que no se duelen del medio ambiente y el cococultor, en fin nuestras amenazas han sido muchas.

¿Quien podrá defender los cocos y la razón de hacerlo?

La defensa de la industria debe ser hecha por muchos, pero no vemos los incentivos para que el productor actual o el potencial se anime a sembrar, cuidar, cosechar y mercadear los cocos de agua, secos, la copra, su crema o aceite.

Hemos visto cómo se ha desprotegido por años la industria del coco, no tenemos políticas agrícolas sostenidas que favorezcan la producción del coco, quizás porque ningún hacedor de políticas piensa más allá de su corto ciclo político y los cocoteros inician producción a más de cuatro años.   

Debemos pensar que necesitamos tener las plantaciones seleccionadas y marcadas por su calidad para de su producción tener los viveros que permitan la siembra de cocos de calidad, sanos y productivos.

Esto no se logra en 4 años que es el ciclo en que piensan los políticos si lo hacen. Si la agricultura de ciclo corto y productos de alto valor tienen dificultades por los costos operacionales, imaginemos lo que significan los costos de la cococultura actual, sin apoyo estatal y una competitividad muy desleal de los excedentes de grasas comestibles, que se originan en otros países con programas de apoyo al maíz o la soya.  Estas distorsiones no nos permiten pensar en los efectos medioambientales que nos beneficiarían con programas de protección y fomento de los cocos y otras palmeras.

Además, en los cocos tenemos un símbolo de la belleza de la floresta tropical, algo que no podemos perder cuando nuestro país tiene una industria turística pujante que los demanda de una multiplicidad de usos: agua de coco, coco ron, leche de coco, pescado con coco, sombreros, artesanías y la belleza del árbol, entre otras bondades.  Imaginemos importando cocos verdes para servir a los turistas agua de coco o un coco con  ron.

Esto al ritmo que vamos, si no tenemos los correctivos hoy, nos llega en una generación humana, pero recordemos que el coco como otras plantas o árboles, requiere varios años para expresarse.

El coco es una planta de una multiplicidad de usos, pero en ocasiones olvidamos que las raíces amarran el suelo lo que nos los protege, que resiste los vientos como la mejor, factores a considerar en programas de reforestación como el Quisqueya Verde y otros.

Sabemos que es fácil postular ideas y hasta conceptualizar, pero nos atrevemos a decir o sugerir que el Estado (Gobierno central y descentralizado), los gremios, la banca y obviamente los productores, si desean sentarse en una mesa redonda y plantearse cosas serias y viables, que favorezcan el desarrollo de la cococultura por todo lo que esta industria representa.

Deben ser planteados incentivos claros que a nuestro juicio vayan  desde la producción de plantas buenas a programas de siembra, limpieza, fertilización, control de plagas y enfermedades, subsidiadas al igual que se subsidia el “subway” de parte de la Capital, que solo cuesta y no genera riquezas o bienestar ambiental.

Reiteramos que estos programas deben ir unidos a una voluntad de producir de parte de la clase productiva nacional, la que cada día está más de capa caída, pero que con los incentivos puede estimularse a sembrar. Nos hemos descuidado y nos estamos descuidando con la producción local. Solo las naciones que protegen e incentivan a sus productores salen del subdesarrollo.

El caso de estimular la cococultura no solo beneficia a los productores, sino a todo el país. Sabemos que es un reto, pero no podemos seguir dejando que nos quiten el país o se nos vayan de las manos los sectores productivos.