Toca poner las cosas claras de una buena vez

Hoy son los plásticos. Ayer los pollos y los huevos. Antes los salamis. Mañana será cualquier otra cosa. Tal vez el cemento, las varillas… cualquier producto podría ser objeto de una nueva prohibición. Haití, lo ha demostrado, está reinventado sus reglas del juego y, al hacerlo, nos obliga a revisar muchas cosas en la República Dominicana.

A pesar de que cada quien es libre de poner sus condiciones y velar por sus intereses, las continuas objeciones haitianas deben analizarse con suma cautela porque, amén de lo mercurial, toca de cerca unas relaciones bilaterales que siempre han  estado matizadas por la hipocresía y el absurdo.

Para nadie es un secreto que la historia, los flujos migratorios y la presión internacional pesan mucho en torno a las relaciones domínico-haitianas. Tenemos muchas deudas pendientes, de uno y otro lado, y en ocasiones eso hace que el asunto resulte aún más complicado. Sobre todo porque, por aquello de que podría verse mal, no hablamos con sinceridad.

     En la República Dominicana nos beneficiamos desde hace tiempo del desorden haitiano y le hemos vendido lo que hemos querido sin   establecer condiciones. Ellos, a su vez, quieren jugar a que nuestra frontera no exista para  cruzar a ganarse la vida.   Es evidente que ha llegado el momento de poner todos esos temas en perspectiva y que decidamos, de cada lado,  qué es lo que queremos. Haití tiene derecho a apostar a su desarrollo y a producir, si eso es lo que hará. Nosotros tendremos que buscar nuevos mercados. También aprender a regular, con eficiencia, todo lo que entra.