Todas las familias felices

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SERGIO SARITA VALDEZ
La novela sigue siendo uno de los géneros literarios más divertido y absorbente ya que ella puede darse el lujo de juntar lo real con lo fantasioso, lo verdadero con lo imaginario, lo cómico con lo solemne, el mañana con el ayer, el aquí y ahora con el no se sabe dónde ni cuándo. En fin, el novelista tiene la libertad de crear personajes ficticios que a uno le parecen figuras conocidas. Pero ese tipo de lectura se torna todavía más atrayente si quien escribe domina ese arte como es el caso de Carlos Fuentes.

El autor de La muerte de Artemio Cruz tiene el don de ser entendido en su tierra natal, México, así como en el resto del mundo de habla hispana. Si devoramos las páginas de La silla del águila, sin duda es porque hemos abonado a nuestros ahorros otras bellezas de dicho escritor como son Los años de Laura Díaz y los Instintos de Inez.

Su más reciente joya novelística se titula Todas las familias felices, la cual tiene el poder de un gran magneto que nos adhiere a sus páginas sin que uno quiera ni pueda separarse de las mismas por lo interesante del relato, así como las analogías que provoca en la mente del lector. Como muestra de lo que decimos vamos a insertar un fragmento que dice: “Justo Mayorca regresó a su asiento. Un Presidente de México no tiene amigos…Todo lo logré porque no tuve amigos. Hizo una pausa y jugó con las migajas del bolillo. Un Presidente de México sólo puede gobernar si no tiene amigos. No hay que deberle nada a nadie”.

En otra parte del libro expresa: “…Yo no hago negocios con mi conciencia, haré lo que tenga que hacer, no sé en este momento qué cosa debo hacer, el asunto es grave y no lo voy a resolver como otras veces despidiendo secretarios de Estado, removiendo funcionarios, culpando a otros, dando a entender que he sido engañado por colaboradores desleales, los Judas de siempre, la mera verdad es que ya me quedé sin colaboradores a los cuales culpar, la bolita cayó en mi número de la ruleta, no es día de distracciones, es día de firmeza interior, debo ser fuerte en mi alma para ser fuerte en mi cuerpo, afuera en la calle, tengo que repetirme a mí mismo que ser Presidente es no deberle nada a nadie y agradecer mucho menos para mostrarme en público como si fuera el sueño del hombre de la calle que es llegar a ser Presidente de México, lo que cada mexicano cree que merece ser, el Jefe, este es país de jefes, sin jefes andamos más desorientados que un perico en el polo norte, eso mero, tengo que ser frío en mi fuero interno para ser caluroso en mi representación externa”.

El termómetro de la cruda realidad social mexicana resalta en la mente del cautivo devorador de hojas cuando se tropieza con esto: “Dinos entonces/ ¿a quién le importa mi muerte? / ¿qué es lo más jodido? / ¿estar muerto? / ¿o estar pobre? / eso deseamos / todos pobres / y para eso que ahora ellos nos tengan miedo / como nosotros se lo tuvimos a los batallones de la muerte”

“Le dieron su acta de defunción en papel color café con marco martillado sello de aguas y el escudo nacional del águila y la serpiente visible a contraluz ¿quién va a morir? yo/ en quince minutos le declaramos muerto, le cuesta mil quinientos pesos/ ¿quién lo certifica?/ aquí tenemos el directorio de recetas médicas, el doctor lo firma aunque no vea el cadáver, serán otros mil quinientos/ ¿tres mil?/ es poco para morir en paz, el nombre del doctor y la cédula de profesión médica confirman la muerte/ ¿de qué voy a morir?/ escoja, puede ser porque se le atoró una espina de pescado en el gaznate/ nunca como pescado/ muy sencillo, la muerte preferida es por infarto, no deja huella”.

Los diferentes capítulos de la entretenedora novela sirven como sombrero para diferentes cabezas. A quien le sirva, que se lo ponga, comentaría un orate.