Todos lo saben

Todos lo saben

Guido Gómez Mazara

Todos lo saben. Creer que desde el gobierno todo se puede, representa el síntoma que caracteriza los que padecen el síndrome de Hubris y/o la enfermedad del poder. Cuentan los estudiosos de la conducta humana sobre el padecimiento propio de los que ostentan una posición dominante, enfatizando en una conducta enfermiza alrededor de inflar el ego y asumirse desde una perspectiva caracterizada por la desmesura.

En sociedades frágiles, la debilidad institucional constituye el ardid por excelencia de los que se resisten a renunciar al variopinto de privilegios sustentados en prácticas de antaño y mecanismo de legitimación, dándole siempre espacios al retardo en capacidad de liquidar sus ventajas. Por eso, el ego desmedido con vestimenta moderna o renovadora que para ser creíble requiere una coincidencia entre el discurso y los hechos. Afortunadamente, la mentira no es sostenible en el tiempo. Así llega el encono y convencimiento terrible del fraude dual de los que propalan cambios sin entender realmente la responsabilidad que implica una verdadera transformación.

Apostar al cambio no se reduce al slogan en tiempos de campaña. La certeza de lo alcanzado representa el compromiso de liquidar manías que, por llevar hasta al hastío a la gran mayoría de ciudadanos, no podemos reproducir. La desgracia de calcar lo que decíamos combatir nos asocia con defraudar la fe de los electores. Y poco a poco, la gente comienza a certificarlo.

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Y error se reitera. Desdeñar los métodos democráticos, simular modalidades de elección sin el consentimiento de las bases, perseguir cualquier asomo de disidencia, entender que las cuotas de empleos están relacionadas con la exclusiva voluntad de los que mandan y estimular a policías del pensamiento siempre en disposición de obstruir al que no pueden doblar por su naturaleza independiente.       

Lo lamentable del afán por obstruir es que gente “joven” se constituya en orquestador de tinglados maliciosos sin pensar que la sociedad observa. En el terreno práctico, conozco de casi todas de las travesuras porque muchos de los que un decreto impide expresarse, me susurran al oído su malestar frente a las maniobras truculentas. Por eso, las aproximaciones y tentáculos, tendentes a desequilibrar el órgano institucional llamado a decidir la ruta democrática de una organización, e intentan cercarlo con mensajes e interlocutores vía colindancias familiares, creyéndose que desde el poder todo es posible. Al final, bien lo dicen las Escrituras “nada está oculto bajo el sol”. La audiencia del 27 será el escenario por excelencia para probar la real independencia.

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