Toga, política y honor

Guido Gómez Mazara.
Guido Gómez Mazara.

Si existe un consenso alrededor de un tema de nación, es el relativo al necesario proceso de reinstauración de la credibilidad del sector justicia. Con una cultura de repartos y protección, todo el tramo de transformación del aparato judicial tiene el gravísimo inconveniente de la resistencia de exponentes de la clase política a fortalecer su verdadera independencia. En el fondo, las disputas esenciales y materia prima de escándalos tienen de trasfondo la urgencia de controlar la selección de jueces, como paso previo y estratégico, a una sospechosa “tranquilidad” en ciudadanos que no pueden someter su patrimonio a escrutinio.
Nada resulta tan sospechoso, en las actuales circunstancias, como el irreflexivo comportamiento de exponentes del Consejo Nacional de la Magistratura(CNM) en el caso de la magistrada Miriam Germán Brito. Auscultar, cuestionar y pedir cuentas a su desempeño no guarda relación con asaltar la privacidad porque las herramientas puestas en escena pueden ser asociadas a la de un aparato investigativo que, desde el Estado, recurre a comportamientos propios de épocas superadas. Además, la falta de solidaridad del exponente de mayor jerarquía y miembro del órgano llamado a encabezar la fase de evaluación revela los cuchillos afilados, pase de factura y retaliación. Por eso, un amplísimo segmento de la sociedad percibe que la “evaluación” era una emboscada estructurada contra una ciudadana cuya visión cuestionadora y disidente contribuye con la noción democrática de la vida institucional.
La reacción ciudadana ante el atropello a la distinguida integrante de la Suprema Corte de Justicia (SCJ) generó una lectura política en la que sin percatarse, el sector oficial, colocó a gente de pensamiento diferente e históricamente enfrentados a coincidir sobre cuestionamientos desbordados, violatorios del reglamento e irrespetuosos cuando tocaron aspectos privados. Así, lo que debió quedarse en una fase de elección, sustitución y ratificación, ambienta una interpretación alrededor del rol asumido por el Presidente Danilo Medina y la conexión, consentimiento y/o real desconocimiento del rudo interrogatorio que si el interés del poder era impedir que Germán Brito permanezca en el poder judicial, existen modalidades menos traumáticas. Ahora, se pone en aprietos al jefe del gobierno porque sacarla del sector justicia, confirmaría la idea de una actuación del Procurador General “consentida” frente a una exponente “molestosa” al poder.
No quiero subirme en la cresta de argumentos infamantes y radicales que pretenden hacer de la vida nacional un lodazal. Darle seguimiento, grabar conversaciones telefónicas e inventariar con enfermiza intención operaciones inmobiliarias reflejan una visión rastrera del debate público. Aquí, lamentablemente, un acontecimiento trágico tendrá que darse para que las discrepancias propias del ejercicio plural no sean asumidas desde el afán por afectar la familia y reputación comercial. Ojalá no lleguemos a una acción sangrienta!
Lo cierto es que existen aspectos que no deben utilizarse como herramientas para el debate. Y la ciudadanía se indignó en el momento en que el escenario del Consejo Nacional de la Magistratura(CNM), sirvió para colocar en el ámbito de lo público una situación del estatus de salud y capacidades de un hijo de la magistrada Germán Brito. Hacerlo es un acto de ruindad injustificable debido a la condición excepcional, desde el punto de vista clínico, y la reacción natural de toda madre responsable, animada a proteger un vástago con todas las características de desamparo surgidas como resultado de su partida al más allá. La interrogante tradicional, es ¿qué pasará con mi muchacho si yo falto?

Guardando las distancias, espero que el paralelismo utilizado no sea deformado, pero hasta una bestia, como Rafael L Trujillo Molina apeló al concepto de “honra ofendida”, al leer la tesis doctoral de Jesús de Galíndez. Para el intelectual español, citar que la fecha de nacimiento de Ramfis Trujillo Martínez ( 5 de junio 1929) constituía un acto de sinceridad académica. Ahora bien, la ira del tirano se activó por insinuaciones desprendidas del hecho de que María Martínez estaba casada con un cubano al momento de venir al mundo su niño mimado. A partir de ese momento, comenzó la persecución que terminó en un secuestro en New York y traslado al suelo patrio para asesinarle.
Sin importar la orientación y naturaleza de la gente, casi todos, reaccionamos igual cuando tocan sin misericordia un hijo. ¿Se entiende?