Tortura y triunfo

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Dan Mitrione, asesor de seguridad de EUA, paseó por la región su capacidad pedagógica. Enseñaba “técnicas avanzadas de contrainsurgencia”. Su presencia dejaba un saldo de muerte y sufrimiento, afinaba los métodos para sostener el autoritarismo.

Aunque antes de Mitrione, existieron muchos Policarpo, Ludovino, Villeta, Abbes, Figueroa, Tunti, Pechito, Frías, Ramfis, los más enterados afirman que Mitrione ideó el plan para exterminar a los líderes de la izquierda dominicana, ejecutado después de abril del 1965. Aprovechó la ambición de la canalla uniformada y la energía de los lumpen. El recuento de esa época está en cualquier esquina. El auditorio disfruta, porque el horror atrae. Espanta y seduce. El libro con su relato se subraya, también se cierra cuando la carga es fuerte. En el cine, rositas de maíz y refrescos, ayudan a soportar las escenas oprobiosas. La ansiedad concluye cuando las bombillas encienden. Se recupera la tranquilidad comentando el abuso como si fuera imaginación del guionista, genialidad del director. Es la candidez que pretende desconocer la realidad y ampara su piedad en la ficción, de ese modo no hay reclamo ni responsabilidad.

La humanidad civilizada ha pasado a disfrutar, como invención, las peripecias de caníbales ilustrados, de forenses asesinos. A comentar con entusiasmo el capítulo de la serie que recrea el espanto, auspiciado y ratificado por cualquier estado, en procura de la salvación de sus ciudadanos.

Foucault transcribe en “Vigilar y Castigar”, una crónica, publicada en la Gazette de Amsterdam, en 1757. Es la descripción del suplicio de Damiens, condenado a “pública retractación” en la puerta de la Iglesia de París. Contiene las reacciones detalladas de la víctima, luego de cada procedimiento vejatorio. Descuartizado, atenazado, quemado, poco a poco, siempre estuvo a su lado, para consolarlo, el párroco de Saint Paul. Foucault usa la referencia para explicar cómo del espectáculo de la pena física, del “aparato teatral del sufrimiento”, el siglo xx pretendió la “sobriedad punitiva”. Sin embargo, durante esa sobriedad ocurrió el holocausto, existieron los gulags, la crueldad camboyana, el garrote vil. Fue la sobriedad de los niños expuestos a cometer crímenes en Centro América, la de los estupros con consentimiento oficial. Ciclo que condenó El Caribe a una larga noche de terror. Época que develó la naturaleza de los militares brasileños, chilenos, uruguayos, argentinos, empeñados en satisfacer un sadismo inagotable. Proliferaron los ejecutores del libreto ideado por criminales eruditos. Esos que pretenden confundir, y a veces lo consiguen, cuando atribuyen la barbarie a los émulos de Pedro Navaja y Correa Coto. Para exculparse, limitan la atrocidad al bajo mundo, a las leyendas del narcotráfico. Frágil andamiaje que los hechos derrumban. Episodios como la fuga de Joaquín Guzmán -“El Chapo”-, los desnuda y ridiculizan las cruzadas que omiten cuan cerca de los centros de poder están los zares del negocio.

El recién divulgado “Informe Hoffman” no sorprende, ratifica. Revela que fue inútil y arriesgado contratar a miembros de la prestigiosa asociación de psicólogos estadounidense-APA-, para asesorar a los encargados del Programa de Tortura, después del 11 de septiembre 2001 y contribuir con el diseño de las “Técnicas de Interrogatorios Reforzadas”-TIR-. No hubo creatividad. Cualquier preso político o común, conoce el ahogamiento simulado, la privación del sueño, quizás no la rehidratación anal. Reiteración de procedimientos usados desde siempre por la CIA y en todos los países. Sólo faltó “el pollo al carbón” creación criolla.

Cuando se trata de EUA, no existen las Comisiones Investigadoras ni las embajadas preocupadas. Tampoco la Declaración Universal de los Derechos Humanos. No rigen Tratados ni Convenciones contra la Tortura.

No hay novedad en el tránsito de las “técnicas” de Mitrione a las TIR, destinadas a los recluidos en Guantánamo y Abu Ghraib. La originalidad ha sido la colaboración entusiasta de los psicólogos. Cualquier coaching avalaría el motivo. Todo está permitido cuando el objetivo es triunfar. Los autores justifican la colaboración. Querían ganarse el favor del Departamento de Defensa y de la CIA. Triunfaron.