Total, pa’ na’

COSETTE ALVAREZ
Mientras más tiempo pasa y más natural luce a los ojos de cada vez más gente, menos entiendo el afán de un buen número de personas que dedican todo su espacio vital y todas sus energías a la consecución de bienes materiales ilimitados, no importa la forma ni la vía, mucho menos a quiénes se lleven de encuentro, aunque esos quienes signifiquen pueblos enteros que, por cierto, a estas alturas luchan por sus más elementales derechos civiles incluyendo asuntos en los que no deberíamos tener que pensar como el acceso al agua, a los alimentos, a los servicios de salud, a la educación, ¡a un mínimo de seguridad ciudadana!

La pobreza es la mejor fuente de riqueza. No hay nada que asegure la riqueza como la pobreza, empezando con la nunca bien ponderada lucha contra la misma frase que, queriendo decir lucha a favor de los pobres, ha sido interpretada como si el favor fuera mantenerlos en su pobreza para que sigan fomentando riquezas ajenas.

Ninguno de los dos estados, ni el de riqueza ni el de pobreza, tienen grandes razones de ser ni de estar. Los dos son tan innecesarios como desgastadores de la vida. Ambos son extremadamente perniciosos para el desarrollo social, político y económico. Ninguno de los dos da paz a quienes viven en sus circunstancias. Los dos proporcionan desvelos, angustias, insomnio, desasosiego, acortan la vida.

Entonces, no se entiende la insistencia de que el mundo continúe dividido entre ricos y pobres, pegando contra la pared a la mal llamada clase media (clase a medias, se le está llamando últimamente), obligándola a desaparecer, conminándola a escoger entre aceptar abiertamente la situación de pobres o saltar al estadio de los ricos, por supuesto, pagando uno de los dos precios, cual de los dos más caros.

¿Cuál es el afán de un individuo o de un grupo en adquirir poder y dinero, dos tenencias tan efímeras, tan devastadoras de la vida propia y de muchas vidas ajenas y, en cada vez más casos, tan generadoras de escándalos, cuando menos tan lesivas al buen nombre, sin contar con el número alarmante de congéneres afectados? No es que hagan demasiada falta, pues lo que está a la vista no necesita espejuelos, pero ¿cuándo tendremos estadísticas del número de pobres y empobrecidos por cada rico o enriquecido en el planeta?

Si me dijeran que los ricos no se enferman, que no se mueren, ni los matan, que pueden llevarse sus riquezas a la otra vida, quizás entendería sus ambiciones y todo lo que ellas implican. Si me demostraran que existe siquiera un hilito de unión entre el poder y la gloria, no estaría aquí sentada divagando sobre el tema. Hasta ahora, lo que hemos tenido por los siglos de los siglos, es la constancia de que absolutamente todos y cada uno de los humanos que ha hecho aportes a su especie, ha muerto en la extrema pobreza.

Hay menos delincuentes entre los poderosos que entre los marginados porque, efectivamente, hay mucho menos ricos que pobres en el mundo.  Ahora, midamos los delitos por su magnitud y no por su número, y sumémosle el hecho real de la ceguera judicial, la acción policial y la actitud de la sociedad misma que, increíblemente, ha adoptado la idea de que los pobres son delincuentes per se, mientras deja un amplio beneficio de dudas al origen de las riquezas a las que también, en términos generales, aspira.

Y a nosotros, los del medio, se nos va la vida agarrados a un clavo ardiente para no sumirnos por completo en una pobreza que no nos deseamos aunque ya vivimos en ella, y sin arrojarnos al precipicio que genera riquezas, en el que probablemente no sobreviviríamos por falta de entrenamiento.

Todo lo que deseamos es la tranquilidad, la seguridad de cubrir nuestras necesidades, de contar con los servicios por los que pagamos, de salir a la calle o permanecer en nuestros hogares sin temores bien fundados, sin hostigamientos, sin molestias; que nuestros derechos dejen de ser lujos o privilegios, cumplir con nuestros deberes con gusto porque vale la pena; que se nos quite la vergüenza ajena y hasta la propia.

Entre aterrorizados y hastiados, va a ser muy difícil adelantar siquiera un paso. Parece más seguro que nuestra parálisis nos lleve hacia atrás, muy atrás. Y el panorama está tan nublado que no se alcanza a ver el día ni la hora de recomenzar, por lo que no luce cierto aquello de que “e’ pa’lante que vamo”.

Paréntesis. Permítanme decir al gobernador de Santiago que le quedó precioso su papel timbrado, pero no sé si será lícito ocupar más de una pulgada de cada papel oficial con el lema de campaña de su partido. Es el único que he visto, pero dudo que sea el único que lo ha hecho. Ese papel y esa tinta la pagamos nosotros, sin ser consultados y bajo presión.

Y, créame, señor gobernador, que e’ pa’lante que vamo, tal como las ciguapas. Eso, que todavía no sabemos del credo ni la mitad y probablemente nunca nos enteraremos más que de las mentiras – no verdades – a medias sobre los actos a los que se han atrevido nuestros gobernantes, nuestros representantes, los llamados a protegernos, durante por lo menos el más reciente decenio, si bien hay indicios  – no necesariamente esperanzas – de que pronto nos enteraremos con qué nos han idiotizado.

Seguiremos, y queremos seguir, informados sobre los que se roban un pollo para comer, los que matan a las mujeres por pasión, los abusos sexuales en los barrios hacinados, y todo eso que incrimina a los pobres. Pero nunca sabremos con más certeza ni mayor propiedad que la de un chisme de salón o de un bochinche politiquero qué han hecho nuestros sectores de poder durante los últimos años ni a qué nivel de riesgo nos han llevado, ni lo que nos costará rescatar este país, sus pertenencias y sus habitantes.

Queremos saber qué han ganado con eso, cuál ha sido la finalidad. Los perjuicios están claros. Desconocemos –y no somos capaces de imaginar– los beneficios. Por eso, tienen que decodificarnos tantas incidencias raras que llaman la atención y nos alejan de un avance, una paz que nos urge, que nos merecemos y que nos deben.