Trenzar el pasado, el presente y el porvenir

FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
Kaplan manifiesta varias veces su hostilidad a la religión, a los entusiasmos nacionalistas y a lo que llama “agitación étnica”.  En esto sigue una regla vigente en el mundo de hoy: cerrar los ojos a las más abruptas realidades de la psicología social.  No basta que un hombre “quiera” que no existan creencias religiosas o identidades nacionales para que, inmediatamente, desaparezcan esas “aberraciones ideológicas” o “residuos míticos” de la antigüedad.  Sobre estos conflictivos puntos hay que decir que “la antigüedad” no tiene necesidad de “retornar”, puesto que nunca se ha marchado. 

Los palestinos siguen siendo palestinos y los judíos son tan judíos como siempre.  Los musulmanes se echan en tierra, en todas partes, tan pronto escuchan el llamado a la oración desde los minaretes de las mezquitas; y los judíos creyentes abandonan sus actividades habituales al caer la tarde del viernes, como lo han estado haciendo desde los tiempos bíblicos.  Lo más razonable seria tener presente esa conducta reiterada durante milenios.  Así haríamos honor al “pragmatismo” que el venerable Tucidides, según Kaplan, “introdujo en el discurso político”.

Kaplan admira a Winston Churchill y nos hace el justo elogio de sus ejecutorias durante la Segunda Guerra Mundial.  Dice: “Churchill el archicolonialista es indisociable del Churchill que se enfrentó solo a Hitler.  El lenguaje llamativo, apasionado y rítmico que inspiró a los millones de personas que le escucharon por radio en 1940 esta omnipresente en las paginas de The river war”.  Es pertinente recordar a Kaplan que cuando Churchill ofreció a su pueblo “sangre, sudor y lagrimas”, recurrió a la ética cristiana del sacrificio, la misma que Maquiavelo “consideraba hipócrita”. Cuando Kaplan hace el comentario a los libros de Tito Livio, afirma: “Aníbal contra Roma muestra una versión antigua de patriotismo: el orgullo por el propio país, sus estandartes e insignias y su pasado.  Leyendo a Tito Livio uno entiende por qué en Estados Unidos el hecho de exhibir la bandera en el Día de los Caídos y en el 4 de julio es un acto virtuoso y por qué el orgullo nacional es un requisito previo para la política exterior churchilliana”.

Quiere decir que el patriotismo de las grandes naciones imperiales es perfectamente justificado; no así el de los países pequeños, mirado casi siempre como un obstáculo a la “integración  económica regional” o un rechazo al “nuevo orden global”.  El patriotismo de los pueblos pequeños es tildado de chauvinismo decadente o de insensato aislacionismo.  En los Estados Unidos se usa la palabra jingoísmo para designar la pasión patriotera, la “alteración fanática del sentimiento patriótico”, una de las definiciones de “nacionalismo” acuñadas por los tratadistas contemporáneos del derecho publico.  El profesor Ernest Gellner, nacido en Chequia y británico por nacionalización, escribió un libro citado hoy mil veces: Naciones y nacionalismo.  En esa obra, a juicio del redactor del Times Literary Supplement, se demuestra que “el nacionalismo es hoy un principio” insostenible de “la legitimidad política”.  Dice el propio Gellner: “Debemos rechazar ese mito: las naciones no constituyen una versión política de las clases naturales; y los estados nacionales no han sido tampoco el evidente destino final de los grupos étnicos o culturales”.

Todos aceptamos fácilmente que el hombre es un ser natural, un miembro más del reino animal; más difícil es admitir que el hombre es un “animal histórico” hecho de pasado, de recuerdos comunes, de comidas comunes, de canciones comunes, con participación comunal en una lengua y en unas costumbres.  Se oye a menudo decir que esta y aquella practica, sexual o alimenticia, es antinatural o “contranatura”.  De muchos higienistas se dice que viven “abrazados a la naturaleza”.  Pero en asuntos históricos, sociales o políticos, lo más pernicioso no es cometer actos contra – natura sino contra – historia.

La identidad de los pueblos es “persistente y mutante”; pero la persistencia es prolongada y la mutación lentísima.  Kaplan como podemos ver, retrocede sobre sus huellas al insistir en una “virtud pagana” que contrapone a la virtud cristiana.  Se agarra a los pensamientos de Isaiah Berlín y a su imagen de Churchill: “La categoría dominante de Churchill, el único principio organizador de su universo moral e intelectual, es una imaginación histórica tan viva y extensa como para encerrar la totalidad del presente y la totalidad del futuro en el marco de un pasado rico y multicolor”.  Kaplan concluye sus reflexiones sobre Churchill en que este “no se hacia ilusiones” porque la mayor parte de su vida la pasó leyendo y escribiendo sobre historia y experimentando directamente las guerras coloniales del Reino Unido como soldado y periodista.  Por eso, sabia cuan intratables e irracionales eran los seres humanos.  Como todos los sabios, pensaba trágicamente: creamos normas morales con el fin de medir nuestras propias insuficiencias”.  El pensamiento trágico es, desde luego, arrollador e ineluctable.  Se opone al pensamiento racional moderno tanto como la ética pagana a la moral cristiana.  ¿Es posible fundar la política exterior de los EUA en el desprecio de todas las normas defendidas por los “barones de la erudición”?  ¿No seria una tragedia, continental o universal, el desdén de las particularidades nacionales, de los sentimientos religiosos, de los intereses económicos regionales?  ¿No significa eso olvidar largas y detalladas enseñanzas de la historia antigua?  ¿Puede conservarse el poder mundial solo mediante el uso de las armas?  La prolongada influencia del imperio romano no se debió únicamente a su fuerza militar; también a sus técnicas administrativas, a sus reglas de derecho, al poder persuasivo y al prestigio de la cultura y la lengua  latinas.