Trenzar el pasado, el presente y el porvenir

FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
El “centro de gravedad” del libro de Kaplan está en los capítulos V y VI, titulados respectivamente: La virtud maquiavélica y Destino e intervención. Estas secciones son importantes porque en ellas cristalizan dos asuntos básicos: una “ética política” y la justificación historiológica de la intervención militar de los Estados Unidos en cualquier lugar del planeta.

A este respecto Kaplan escribe: “El cristianismo trata de la conquista moral del mundo, mientras que la tragedia griega trata del choque de elementos inconciliables. Como Maquiavelo manifiesta con crueldad, pero también con precisión, el progreso suele derivar del daño ajeno. Al decidir dónde intervenir, los políticos tendrán que poner esas verdades difíciles al servicio de los objetivos de largo alcance de Washington”; (….).

Este punto de vista Kaplan lo expresa desde el segundo capitulo, dedicado a Winston Churchill, y luego lo expande en los capítulos siguientes, hasta llegar a la “línea ecuatorial” del ensayo, constituida, como ya he dicho, por los apartados cinco y seis. De un importante ensayo del profesor norteamericano Paúl A. Rahe acerca de la conducta de los políticos ingleses durante la Segunda Guerra Mundial, Kaplan saca estas palabras: “Los contemporizadores dieron rienda suelta a sus sensibilidades morales a un alto precio; eran más amables que sensatos. Al negarse a cometer el más mínimo pecado, incurrieron en un error mucho más grave”. Es preferible, pues, cometer algunos pecados personales y que los resultados colectivos sean “virtuosos”. No olvidemos que la “virtud cristiana” es individual: se salva el alma de cada persona, en tanto que la “virtud maquiavélica” es pública, atañe a la sociedad en general. Para salvar el grupo es menester perpetrar programáticamente numerosos engaños o trapacerías individuales.

Kaplan explica que hoy en día los Estados Unidos no afrontan los mismos peligros que en los años treinta. Ya no existen amenazas de las enormes dimensiones que caracterizaron la Segunda Guerra Mundial y la consiguiente Guerra Fría. Nos dice que en nuestra época hay que “enfrentarse con pequeñas guerras sucias”, como en los últimos años de la era victoriana. Una y otra vez Kaplan insiste en que “una buena política se mide por su eficiencia, no por su pureza”, según la expresión de Raymond Aron. Kaplan estima que la filosofía de Tucídides y de Sun Tzu –dos personajes de la antigüedad que vivieron convencidos de que la guerra no era “una aberración”– ha sido prolongada en el siglo veinte por Aron y José Ortega y Gasset. Para estos pensadores la guerra es “inherente a la división de la humanidad en estados y otras agrupaciones”. El hombre es un animal pugnaz. Sun Tzu primero, Tucídides después, y luego Von Clausewitz, Aron y Ortega, todos coinciden en que la guerra es un hecho fundamental de la vida humana. La política es la continuación de la guerra “por otros medios” y no al revés: que la guerra sea la continuación de la política por otros medios extraordinarios. El fenómeno primigenio es la guerra, que, a juicio de Ortega, es el remedio de las cosas que no tienen remedio. La política es una guerra un poco menos costosa y quizás con menor efusión de sangre. En este punto Kaplan recurre a la etimología del vocablo chino “an”, que se traduce generalmente como “paz”, pero que “en realidad significa “estabilidad”.

Desde la más remota antigüedad china, o a partir del mundo griego de la Edad de Pericles, o de la Florencia renacentista de los Médicis, Kaplan salta acrobáticamente en un “trapecio histórico” hasta nuestra época: la política de la primera administración del Presidente Clinton “de hacer depender la renovación de la posición comercial de China como una de las naciones mas favorecidas exclusivamente de una mejora de los derechos humanos en aquel país no fue virtuosa; no porque la política fracasara en su intento de lograr una mejoría en los derechos humanos en China, sino porque estaba claro desde el principio que fracasaría”. Una “política virtuosa” fue la del rey Hussein de Jordania, que gracias a unos “actos antidemocráticos” pudo salvar “su reino de unas fuerzas que habrían sido más crueles que él mismo”. Y de igual manera actuó el asesinado líder de Israel Itzaak Rabin. Ambos emplearon “sólo la violencia justa y no más”.

Kaplan reconstruye intelectualmente la “exégesis” de Maquiavelo sobre los valores morales del cristianismo, en conexión con las practicas políticas: “Puesto que el cristianismo alababa a los dóciles, permitía que el mundo fuera dominado por los malvados: prefería una ética pagana que elevara el instinto de conservación a la ética cristiana de sacrificio, que consideraba hipócrita”. Muchos sacerdotes partidarios de la teología de la liberación han sostenido que la “inacción y la mansedumbre equiparadas con la bondad”, a la manera de Nietzsche, contribuyen a la opresión de las masas populares. Este mismo argumento fue empleado por Jean Bertrand Aristide en Haití al proclamar el fracaso de la “Misión de la Cruz”, su propia comunidad religiosa.

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