Trenzar el pasado, el presente y el porvenir

FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
Las opiniones de Kaplan acerca de la buena conducción política no ofrecen fisuras a la interpretación del lector. Se presentan en bloque, de manera inequívoca, acompañadas de ejemplos extraídos de la política actual y de la vida de gobernantes contemporáneos.  He aquí una muestra: “Para Maquiavelo, la virtud es lo contrario de la rectitud. Con su machaconería incesante acerca de los valores, los republicanos y demócratas de los Estados Unidos parecen menos pragmáticos renacentistas que eclesiásticos medievales, porque dividen de manera beata el mundo entre el bien y el mal”. En el empeño de ilustrar los problemas de las libertades públicas y de la preservación de los derechos humanos, Kaplan explica: “El ideal de Maquiavelo es “la patria bien gobernada”, no la libertad individual.

Es posible que a veces la “patria bien gobernada” sea incompatible con un medio de comunicación agresivo, cuya búsqueda de la “verdad” puede dar lugar a poco mas que informaciones molestas y fuera de contexto, por lo que el riesgo de denuncia puede persuadir a los lideres para concebir nuevos métodos de discreción. Cuanta más “moralidad” exijan los barones de la erudición en situaciones complejas en el extranjero, donde todas las opciones son malas o implican un gran riesgo, mas “virtu” necesitarán nuestros lideres para engañarlos”. 

El periodista Kaplan ha recorrido una gran parte del mundo en el ejercicio de su profesión de comunicador y articulista de Atlantic Monthly Review. No obstante, expresa francamente sus reservas frente a la prensa libre y recomienda a los dirigentes: “Así como los sacerdotes del antiguo Egipto, los oradores de Grecia y Roma y los teólogos de la Europa Medieval socavaron la autoridad política, también lo hacen los medios de comunicación. Si bien el recelo del poder ha sido fundamental en el credo estadounidense, los presidentes y jefes militares tendrán que tomarse un respiro en el acoso de los medios de comunicación para enfrentarse a los retos de la toma de decisiones en décimas de segundo en las guerras futuras”. La Iglesia católica canonizó a Tomás Moro y además le designo santo patrón de los políticos.  Enrique VIII, coronado en 1509, decapitó al autor de Utopía en 1535.  Un régimen “estable”, que pudo desafiar al Papa y fundar su propia Iglesia, sacrificó al canciller de Inglaterra por razones doctrinarias, intelectuales o de “disidencia” política. Utopía es un libro dedicado a preguntar que puede hacerse desde el poder en beneficio de la sociedad.  Tomás Moro es quien inaugura la “política de bienestar publico” y la contrapone a la de puro poder o razones de Estado, típica de Maquiavelo. Estos dos hombres representan dos caras de la moneda política en curso hoy en día. Se dice que Maquiavelo comenzó a escribir El Príncipe en 1513, el último año que vivió el Papa guerrero Julio II; Tomás Moro publica su libro en 1518. El Príncipe fue publicado cinco años después del fallecimiento de Maquiavelo. El florentino  no murió decapitado, como Tomás Moro, pero sufrió prisión y torturas.

Kaplan no vacila en condicionar o suprimir la libertad de pensamiento – que incluye su expresión y difusión por varios medios, entre ellos la imprenta -, si la practica de estos derechos interfiriera con “los objetivos de largo alcance” de Washington.  Tampoco parece tener dudas sobre el valor político que, en ciertas ocasiones, pueden tener los procedimientos antidemocráticos. En cuanto a las posibles alianzas con lideres totalitarios o absolutistas, escribe: “La anárquica situación que comparten Costa de Marfil, Nigeria, Pakistán, Indonesia y otros lugares de la actualidad puede ser peor, de modo que los políticos estadounidenses, en vez de andarse con cumplidos y condenar los elementos francamente autocráticos, no tendrán mas remedio que trabajar con el material disponible. En Indonesia, por ejemplo, obligar a los nuevos gobernantes a que segreguen todavía mas a los militares – antes incluso de consolidar su poder y sus instituciones –  probablemente conduciría al sangriento hundimiento del país y no a una democratización rápida”. Los problemas de Costa de Marfil – dicho sea de paso –  se parecen a los de la República Dominicana y Haití. Y la cuestión de la participación de los militares en la política es hoy asunto común a varios países hispanoamericanos. Los distingos entre civiles y militares son en los Estados Unidos de América cada vez más tenues a la hora de tomar decisiones.

Kaplan nos dice, con palabras del profesor de Harvard Samuel P. Huntington, que “la distinción política más importante entre países concierne no a su forma de gobierno, sino a su grado de gobierno.  Las diferencias entre democracia y dictadura son más pequeñas que las diferencias entre aquellos países cuya política encarna el consenso, la comunidad, la legitimidad, la organización, la eficacia y la estabilidad y aquellos países cuya política es deficiente en estas cualidades”. Esta opinión de Huntington, reafirmada por Kaplan, puede abrir las puertas en esta región a la instalación de “tiranos eficientes”, útiles para mantener el orden en sus respectivos países pero inofensivos para los Estados Unidos de Norteamérica.