Tres fulgurazos para José Ramón Peralta

Tres fulgurazos para  José Ramón Peralta

UNO
El discurso teórico suele convertirse en obediencia y taciturnidad. La política es, particularmente en países como el nuestro, el ocultamiento del verdadero pensamiento, la sustracción en el habla de las reales intenciones, el escamoteo cínico de lo que nunca se deja conocer. Por eso, siempre lo he dicho, para entender los procesos políticos y a los líderes que lo encarnan, es mejor leer prácticas y no discursos. Un solo acto puede derrumbar un edificio de palabras. Abandonarse, aunque sea únicamente un segundo, a la fiera descripción del ejercicio de su propia práctica, es un trance consciente y encarnizado de negarse a sí mismo. Tal cual es el esfuerzo del renombrado ministro de la Presidencia, José Ramón Peralta, cuando intenta sustentar el danilismo en un plano ideal. Danilo Medina no encarna una idea ni un pensamiento. Ni en el PLD hay lucha de ideas, o algún proyecto social. Simplemente las castas se desplazan, y es por eso que el Comité político ha terminado siendo un mojón histórico, reducido a la aceptación de lo que la dinámica del grupo económico que financió el proyecto presidencial que el danilismo imponga.
DOS
Cuando Leonel Fernández salió del gobierno, los líderes del PLD habían perdido ya la introspección, abandonándose al disfrute del lujo y la riqueza. Eran incapaces de salir de su particularidad restringida. Desconocían todo aquello que en la boca del maestro prefiguraba un ideal, se había borrado ante sus puertas. Ya no encarnaban un proyecto social, Juan Bosch era un cadáver perfumado en un armario, al cual sacaban de cuando en vez con sahumerios y mirra olorosa. Sobre el país había caído todo el cinismo implacable que da armas a la impunidad, y las instituciones asumieron el vivo símbolo del rechazo y la denegación. Todo el tinglado de la dominación se movía con ardor sin la menor norma. Y sobre ese andamiaje se montó Danilo Medina. Si Leonel Fernández gobernó para los poderosos, y para el círculo de nuevos millonarios surgidos de su propia gestión de Estado; Danilo Medina gobierna, fundamentalmente, para el grupo económico que vino desde fuera del PLD, y financió su proyecto político, y se transformó en una casta opuesta a la de Leonel Fernández. Dice José Ramón Peralta que “el danilismo es una realidad, y que en lo que respecta a la reelección esa realidad actuará según lo que convenga al pueblo”. Pero el fundamento de la relación de esa “realidad” es el poder, empinado sobre las dádivas y el uso instrumental de los fondos públicos. José Ramón Peralta no tiene nada en la cabeza que se parezca a una idea, lo que describe es la memoria del manejo de las plebes (el pueblo separado del poder); el dominio que se ejerce sobre ellas con las dádivas que reparten desde el gobierno. Un comerciante hablando desde el poder reproduce su propia práctica exitosa, gozándose en su práctica del dominio de las plebes (el pueblo separado del poder), como una manada moldeable por la miseria material y moral que nos agobia.
TRES
José Ramón Peralta es un modelo acabado de lo que no debía ser la práctica política en este país. Únicamente en un país en el cual la idea de la democracia encarna una plutocracia desvergonzada, un hombre como él es un “líder” político. Su discurso y su práctica han quedado al desnudo, y si Danilo Medina carece de una propuesta ideológica que lo justifique, José Ramón Peralta lo que lo mueve es otra cosa, muy alejada de esas plebes (el pueblo separado del poder) del cual él siempre construye un estereotipo. Roland Barthes dijo que “el estereotipo es la figura mayor de la ideología”. Y si José Ramón Peralta es un “líder” es porque éste no es un país, sino un calvario, una nada.

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