Tres poemas desde cuarentena

Tres poemas desde cuarentena

Nodigas adiós a Bérgamo

Bérgamo es la provincia más afectada por el coronavirus en Italia.
Los hornos crematorios funcionan 24 horas al día, pero su capacidad máxima es de 25 difuntos por jornada. El Ejército lleva ataúdes a incinerar a otras localidades. Periódico El País, España.

No digas adiós al antiguo barrio alto
a la Città Alta, al Museo Donizetti,
Palazzo della Ragione y a la Piazza Vecchia
a la Basílica di Santa Maria Maggiore
y a la gran Cappella Colleoni,
volveremos en verano.

Huyes de las cámaras mortuorias
de los vehículos militares que transportan la muerte
por las estrechas calles adoquinadas.

La ciudad alta y baja
unida en dolor y muerte
por el funicular.

De repente, a medianoche son tantos los muertos
sin oficiantes ni ceremonias
solo los crematorios operan con crispación continua
hija del fuego generado por el coronavirus.

Los partes de muertes son boletines de guerra
todo es inútil, las ilusiones también
no llores, Bérgamo quedó atrás;
adelante van los ancianos en féretros color caoba,
sin funerales, sin despedidas estremecedoras
sin decir adiós a Bérgamo.

Detrás de las persianas y ventanas, los familiares
contemplan el colapso, son tantos los muertos,
saben que mañana ellos también dejarán atrás la primavera.

La pandemia no escucha ruegos ni lamentos
no hay espacio para la esperanza
todos perdemos a Bérgamo.
Sin embargo, todo pasará, la primavera
y vendrá el verano.

Para entonces nos aguarda un renacer,
se marchará el virus con sus coronas
y volveremos a la fuente Contarini
—antiguo foro romano—
a beber agua desde la boca de sus esfinges
en el corazón de la ciudad medieval
en la Plaza Antigua.

Poema de
Denis Mota Álvarez
22 de marzo, 2020.

Crónica en cuarentena

Amanece, el sol se enciende desganado
caliento mi piel con sus rayos
en el patio sobre la rama del mango de mi casa
unas tortolitasse pelean o talvez hacen el amor;
no tengo planes, iré agendando la rutina
y aun así el día arranca lento, indetenible.

Un poco de café, el diario impreso,
—a pesar de las malas noticias—
me produce un poco de alivio,
es el diario en sí, el olor a tinta
y el gramaje del papel,
rutina análoga que no superaré
en mi condición de dromedario
en este confinamiento urbano.

Abro la Rayuela, capítulo 9
“y la Maga se colgó del brazo de Oliveira
y se apretó contra su impermeable que olía a sopa fría.
Etienne y Perico discutían una posible explicación del mundo
por la pintura y la palabra”.

Aquello ahora me resulta aburrido.

Me aparto de Julio Cortázar
y selecciono el cd de la Mozartmania de Waldos de los Ríos
y lleno la casa de alegría, espanto el aire denso y el silencio
con la Serenata No.13 en sol mayor
es Eine Kleine Nachtmusik en mi corazón,
una buena amiga para tiempos difíciles.

Los ojos y las manos están cansados de hojear páginas hacia la izquierda
releo al griego Constantino P. Kavafis, quien me aconseja:
—“y dile adiós, a la Alejandría que pierdes”.
Regreso a Macorís del Mar al regazo de Carmen Natalia
quien izó sobre el mar el poema labrado en fuego verbal
—“El hombre vive con los ojos fijos en una victoria”.

De aquellos versos canónicos, fértiles a la memoria insomne
que se erige en almanaque de los tiempos,
Netflix me tiende el puente entre mi encierro, que arrincona
yun exterior que me viene dado en diodos orgánicos

—intermitentesemisiones de luces—
(distantes del misterio del azogue en los ojos de Borges y sus laberintos).
Diodos que salvan de una muerte prematura.
Viajo de incógnito bajo sospecha a una historia de un matrimonio
con dinero sucio y amor, una chica de dragón tatuado
que me saca por un par de horas de esta casa de papel
y así sobrevivo cotidianamente al tiempo perdido
arrellanado en un sillón de viaje global por la constelación Netflix.

Desde el segundo nivel donde vive mi hijo,
los nietos, Carlos e Isabel llegan alegres,
retomamos de nuevo la lectura de las aventuras
de Alicia en el país de las maravillas
con el compromiso de leer
—dentro o fuera de la cuarentena—
a Blancanieves y los siete enanitos
y al final, la Caperucita Roja.

De vuelta y solo en esta casa
que habré de dejar para siempre,quién sabe cuándo,
miro la noche, afuera el toque de queda,
sé que la ciudad está desierta
una patrullera policial
se desplaza veloz por mi calle
y el rumor de gente
aún pervive en mi cerebro.

El celular no ha sonado en toda la tarde.
Lo tomo y llamo a Carmen, La Migue,
Abil, Martha, Raúl, Margarita y Manolo
cada quien tocada y tocado por el eco del virus,
y responde el dolor, el miedo y la espera incierta
y a René no le guardo rencor por haberse mudado
al otro lado de la vida, vainas de él.

Camino a la cocina, una lonja de queso espera,
paso frente a un espejo y veo a un señor viejo
con bata a rayas, colores vino, marrón y negro
despeinado, largas y enmarañadas barbas,
(falto de barbero) lo sé cansado y temeroso de los días
por cortesía le sonrío, una sonrisa triste, apagada,
pero, aunque me parezca extraño, quien responde
desde el espejo, podría ser yo, ¡sí, soy yo!
y entonces la angustia me ahoga
pienso en los meses que vendrán
unos tras otros,hasta la próxima primavera
en esta soledad de bifronte: amor y Roma.

Finalmente, voy al botiquín por el dispositivo
de medir los niveles de azúcar en la sangre
me puncho el dedo anular de la mano izquierda, todo bien
y tomo de la nevera el inyector de insulina
y me pincho en el muslo izquierdo,
me dirijo hacia dormitorio
me acuesto, apago la lámpara, cierro los ojos,
pongo la mente en blanco, me voy lentamente
y sueño con el templo de los asambleístas de Dios
al doblar de la esquina, profético su canto
me despierta dentro del sueño y miro,
desde lo alto, el paisaje urbano
poblado de gente, y en la mañana cuando despierto,
reinicio la rutina en cuarentena.

Denis Mota Álvarez 26 de marzo, 2020.
Los Frailes, SDE

Toque en la ciudad colonial

 Espejo de agua
cristales de luz ondulante
cuelgan sobre la tarde
miro desde la ventana
el laberinto de la calle despejada
del tráfico bostezante
en la memoria luminosa
del fuego hiriente del pirata Francis Drake
con la tea en la mano
saqueando la capital de Las Indias.

La ciudad se erige
sobre los rasgos de una raza perversa
y una decadencia de espíritu,
apenas unas sombrillas naranjas
cobijan el asfalto
movidas por piernas
de mujeres que se fugan,
evaden el retén de un tiempo
indiscreto como la muerte;
que huye hacia la noche;
pienso que es preciso
que escampe
y se airee el paisaje urbano
y el mar y el cielo retomen el azul
que se extiende, pared y techo
de la zona colonial
en toque de queda
encallada en esta tarde
gris metal.

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