Tributo a Luis Terror Días, grande, grandísimo

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POR MIGUEL D. MENA
Es de Piedra Blanca y del Cibao y de la isla dominicana y del Caribe. En la final del Mundial de fútbol, se tomaba prestado el “baila en la calle de noche, baila en la calle de día”, y aunque los chinos no se enteraran, los de Bonao tal vez. Hablo de Luis Terror Días, el músico más amplio y variado que hayamos los dominicanos alguna vez tenido. Por sus manos y su voz han salido todos los ritmos folklóricos locales, y mucho más: rock, punk, reggae, blues, jazz.

Guitarrista, compositor, intérprete, es todo un duende, un cronopio si es que refinamos la figura. Dice gustar de Edgar Allan Poe y tener la mayor colección de carros de los años 50 y 60.

Viene de los más profundo del campo y ha alcanzado las alturas himaláyicas de la vida, sus durezas y sus encantos, el fervor de una muchachada que siempre lo sigue, porque sólo así tiene que ser y estar quien lo oye, dispuesto a la pasión, a tirarse sobre la grama y respirar lo verde que aún nos queda.

Toda la buena música que se ha tocado en esta Isla desde 1974 ha pasado por sus manos o por su lado. Lo suyo ha sido un marcar el rumbo de nuestras raíces y sacarle filo a los árboles para escribir la letra que da vida.

A finales de los 70, cuando nadie se enteraba o no quería enterarse de lo que era bachata y la reducía despectivamente a “música de amargue”, ahí estaba él con su guitarra Duarte arriba, con su pasión María Montez, construyendo mitos, rescatando figuras, haciéndonos esta tierra más habitable, haciendo desbordar lo que alguna vez estuvo detrás de Jarabacoa y que por perezosos no pudimos advertir.

Su vida ha sido la de la mayoría de los dominicanos de mitad del siglo XX. Nació en la loma en 1952, vino a la capital en 1970 a estudiar sicología, en la UASD se encontró con el sociólogo Dagoberto Tejeda, arrancando al poco tiempo con “Convite” y todavía sin visos de que nos quedemos tranquilos.

Los estudios fueron dejados, luego de Convite vino Madora, porque el sonido de los cueros y el mundo acústico llega hasta un punto donde la creatividad se esclerosa.

En 1980 hay un salto a Nueva York, dos años después la experiencia y el coraje son suficientes como para presentarse en pantalones cortos en Casa de Teatro, en el Aula Magna de la UASD, hablándonos de la yuca y de Andresito Reyna y recordándonos que Mamá Tingó y Pichirilo murieron, que la Isla es también la calle Juana Saltitopa y también Cacibajagua.

En aquellos años, a mediados de los 80, surge su grupo, el Transporte Urbano. Juan Francisco Ordóñez estará en la guitarra, Héctor -Papito- Santana en el bajo, Duluc en los cueros y Guy Frómeta en la batería. Un par de años después Santana recibe una iluminación camino a Damasco y Meter Nova asume el bajo, mientras que Duluc al final parará en Japón.

Podría decirse que el rock comienza y no deja de mantenerse en sus alturas gracias al Transporte Urbano. Ordóñez es un guitarrista sin temor a las aguas, que sólo con un tono está dispuesto a arrancar y cuídate si a la vuelta no te sale con algún gemido de Carole King, porque ahí la cosa se pone como para coger ruta. De Frómeta mejor no decir mucho, mejor dejarlo con esa capacidad de administrar los sonidos de la banda, de exprimirle todos los sonidos tranquilos e intranquilos a una batería que parece volase, sin tener que ser el centro aunque sí un punto del cual partir y llegar a cada instante. Peter Nova es la tercera cumbre, o la primera o la segunda, preferible no sacar cuenta. El Nova es un bajista metalizante, duro, también con capacidad para hacer sus arpegios, que sabe estarse tranquilo, como Jaco con Jimmy Page, y como Pastorious con Joni Mitchel.

La deuda de la música dominicana y sus músicos es enorme con él. Sergio Vargas interpreta “Marola”, “Las vampiros”, Fernandino Villalona ha lanzado al cosmos el “Baila en la calle”, pastel del que hasta Shakira ha comido y también en Madrid, en Montevideo, Copacabana. Dionys Fernández y El Equipo popularizó “El Guardia del arsenal”, mientras Wilfrido Vargas hizo de “La pringamosa” una de las razones de sus éxitos tan temprano. Los principios de Juan Luís Guerra están marcados por sus aires, por el interés en los guloyas y San Pedro de Macorís y la bachata que en sus manos fue rosa pero que en la del Terror fue roja, azul, negra, el arcoiris completo.

Sus composiciones pasan de centenares. Ni él mismo se recordará de todas. Andan en casetes, en copias piratas, en videos de los grandes, de los que mucha gente no se recuerda pero estarán ahí, por lo menos en mis neuronas estarán unos cuantos.

Sus temas salen del mismo campo dominicano, de las noches urbanas, de los meses de nieve neuyorkina y desbarajustes en el INVI y alegría y momentos tranquilos en Ciudad Nueva.

Le canta al amor con tanta fineza como asume la visión más profunda sobre nuestros barrios, la sequedad de los patios, la miseria de los barrigones, la pasión con que se asumen los yaniqueyes de Boca Chica y la yagua bajando de la cordillera.

Señoras y señores, con ustedes, Luis Terror Días.

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